El papa Francisco toca su crucifijo mientras lo conducen a través de la multitud durante su audiencia general inaugural, en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, el miércoles 27 de marzo de 2013. Francisco pidió el miércoles que se ponga fin a la violencia y los saqueos relacionados con el golpe de estado del fin de semana en la República Centroafricana, en su primera apelación de ese tipo por la paz desde que se convirtió en papa. (AP foto/Andrew Medichini)

 

Roma empieza a sentir el frío del invierno que se acerca, pero esto no ha sido impedimento para que miles de fieles de todo el mundo hayan acudido una semana más a la plaza de San Pedro para la audiencia general con el papa Francisco.

Como cada miércoles, el Santo Padre ha recorrido la plaza con el papamóvil para saludar y bendecir de cerca a los peregrinos. Entusiasmados, los presentes coreaban el nombre del Pontífice y le acercaban a los niños para que recibieran una bendición especial.

La catequesis de hoy la ha dedicado al sentido de la Puerta Santa, aprovechando que estamos en el umbral del Año de la Misericordia. De este modo, en el resumen hecho en español, el Papa ha explicado que es “una puerta que se abre en la Iglesia para salir al encuentro de aquellos que por tantas razones se encuentran lejos”. También las familias –ha recordado– están invitadas a abrir sus puertas para salir al encuentro de Jesús que nos espera paciente, y que quiere traernos su bendición y su amistad. “Una Iglesia que no fuera hospitalaria o una familia cerrada en sí misma sería una realidad terrible, que mortifica el Evangelio y hace más árido el mundo”, ha advertido.

Asimismo, el Santo Padre ha indicado que “la puerta abierta nos habla de confianza, de hospitalidad, de acogida. La puerta es para proteger pero no para rechazar, y además no puede ser forzada, pues la hospitalidad brilla por la libertad de la acogida. Jesús siempre llama, siempre pide permiso”.

Al mismo tiempo, “la puerta debe abrirse frecuentemente, aunque sólo sea para ver si hay alguien que espera y que no tiene el valor ni la fuerza de llamar”, ha precisado.

Finalmente, ha observado que “en el evangelio de san Juan, Jesús se compara con la puerta del redil, en el que encontramos seguridad. Una puerta por la que podemos entrar y salir sin temor”. La Iglesia –ha concluido– debe colaborar con Cristo como el guardián del que habla el evangelio, escuchando la voz del Pastor y dejando entrar a todas las ovejas que Él trae consigo.

A continuación, ha saludado a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Así, ha invitado a pedir a la Sagrada Familia, que supo lo que significa encontrar una puerta cerrada, “que ayude a los hogares cristianos a ser un signo elocuente de la Puerta de la Misericordia, que se abre al Señor que llama y al hermano que viene”.

Al terminar los saludos en las distintas lenguas, el Pontífice ha dedicado unas palabras en especial para los jóvenes, los enfermos y los recién casados. Para los jóvenes ha pedido que Jesús encienda en ellos el deseo de amarlo con todas las fuerzas. A los enfermos ha deseado que “los gloriosos sufrimientos de los santos Pedro y Pablo den consuelo y esperanza a vuestra ofrenda”. Finalmente, a los recién casados, ha exhortado a que sus casan “puedan ser templos del Amor del que nadie podrá nunca separarnos”.

Pasado mañana se celebra la Jornada Mundial de los derechos de la infancia. Por eso, el Santo Padre ha querido recordar que “es un deber de todos proteger a los niños y anteponer a cualquier criterio su bien, para que no sean nunca más sometidos a formas de esclavitud y maltrato. “Espero que la comunidad internacional pueda vigilar atentamente las condiciones de vida de los niños, especialmente donde están expuestos a la reclutación por parte de grupos armados; como también pueda ayudar a las familias a garantizar a cada niño y cada niña el derecho a la escuela y a la educación”.

Asimismo, el Papa ha señalado que el 21 de noviembre la Iglesia recuerda la Presentación de María Santísima en el templo. De este modo, ha invitado a pedir al Señor “por el don de la vocación de los hombres y de las mujeres que, en los monasterios y en las ermitas, han dedicado su vida a Dios”. “Para que –ha pedido– las comunidades de clausura pueden cumplir su importante misión, en la oración y en el trabajo silencioso, y que no les falte nuestra cercanía espiritual y material”.

Zenit

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