(Foto: Internet )

San Pedro dijo y con todo aplomo, a Jesús: <<Iré contigo hasta la muerte>>. Y Pedro, a las dos horas, cayó rotundamente, cobardemente, jurando que jamás había conocido a Jesús.

Pedro había puesto la fuerza en sí mismo, en su convicción, en su palabra.

Por eso cayó. Es que no estaba ahí la fuerza. Pero… atención… Pedro recibe el Espíritu Santo el día de Pentecostés, y se lanza con toda valentía a la predicación Evangelio.

A Pedro ya no le importan los azotes. ni le importa la muerte.

La Fortaleza: he ahí un fruto de la actuación del Espíritu Santo.

Y es otro fruto del Espíritu Santo: la Constancia en el bien.
En un momento dado sabremos cumplir con el deber, sabremos decir la verdad, sabremos perdonar, sabremos… cualquier cosa. Pero… cumplir SIEMPRE, decir SIEMPRE la verdad, perdonar SIEMPRE… ser CONSTANTES en el bien… <<eso no sale de nosotros>>. Lo sabemos por experiencia. Y es que la constancia es un <<fruto>> del Espíritu Santo.

Otro fruto del Espíritu: La finura.
Lo nuestro es hacer las cosas a medias, más o menos, a grandes rasgos, a bulto. Pero ser finos en el amor, en el trato con unos y otros, en el deber… <<no nos sale>>. Es un fruto del Espíritu Santo.

El gozo: otra manifestación del Espíritu.

No hablo de la risa, que cualquier chiste pueda provocar. Ni del goce pasajero y barato que fácilmente se va. Hablo del gozo sereno, profundo, interior, que se manifiesta en un rostro alegre, equilibrado. Gozo en el placer y en el dolor, en la prosperidad y en la adversidad, en la diversión del domingo y en el trabajo del lunes. Ese gozo no es obra humana: es fruto del Espíritu Santo.

La sociedad, el hombre abandonado a sí mismo, ya hemos visto lo que produce: suciedad en los negocios y en la vida; impureza en el pensamiento y en la acción. <<Lo animal>> en el hombre ha pasado a primer plano. Eso es lo que hombre sabe producir. Pero la limpieza, la integridad, la castidad, la continencia, la pureza… es un fruto del Espíritu Santo.

Y es también fruto del Espíritu Santo la bondad, la mansedumbre, la grandeza de ánimo… y todo lo noble, todo lo grande, todo lo bello. Sin el Espíritu Santo no podemos dar un paso hacia el auténtico bien. Hará falta, pues, que en el Espíritu busquemos la luz y la fuerza, si queremos ser lo que quisiéramos ser. En Él está la luz. En Él, la fuerza.

<< La vida interior sigue siendo el modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo. Hace falta silencio, recogimiento, lectura, reflexión, oración. Sin esto no podemos mantenernos cristianos. La cita para el encuentro con Dios está fijada dentro del alma. Es necesario experimentar su presencia, sentir su llamada.
Estamos casi siempre fuera de nosotros mismos. Nos cuesta reflexionar y orar. es necesario dar a la vida interior su puesto en el programa de nuestra vida agitada… y un puesto principal>>

Pablo VI

Despertar
Escribe: Fraternidad Sacerdotal, San Juan de Ávila

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