Con el paso del tiempo cualquier observador atento de las celebraciones litúrgicas habrá constatado un fenómeno generalizado que se está convirtiendo en algo normal puesto que ha disminuido alarmantemente, el número de fieles que acceden al sacramento de la reconciliación.

Las celebraciones sacramentales (bautizos, bodas, funerales), para muchos asistentes, se han convertido en actos sociales. La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios, ha sido constante a lo largo de los siglos. Siempre ha enseñado que para comulgar, es necesario estar en gracia de Dios, es decir sin pecado grave.

En la encíclica del Papa San Juan Pablo II ecclesia de eucharistia  el sumo pontífice ha dejado clara la enseñanza oficial de la Iglesia expuesta en el Catecismo, y en el Código de Derecho canónico en donde expone que  “la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

Es importante afirmar que muchos de los que se acercan a comulgar no reúnen las condiciones necesarias para hacerlo.

Esta praxis está llevando a una trivialización del sacramento principal de la Iglesia y a un falseamiento de la conciencia de muchos bautizados. Los responsables directos de cada celebración eucarística (abusos, sacrilegios etc.) son los ministros ordenados, obispos y sacerdotes, que presiden las mismas.


Redacción: Paz Estéreo