El papa Francisco eligió su nombre inspirado en el Pobre de Asís y a él vuelve en su reciente encíclica, Laudato si.

El Pontífice nos recuerda que aquél santo “es amado también por muchos que no son cristianos”. Es el creyente más universal. Su persona y su poesía integran el patrimonio de la humanidad.

San Francisco vivía en una “maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo”. Invitaba a las flores a cantar y alabar al Señor. Para él, la familia humana se extendía a toda la naturaleza.

Para nosotros, los elementos naturales, como la soja y el petróleo, son simples instrumentos.

El santo tenía otra visión, que no ignoraba la categoría de lo utilitario, sino que lo integraba en las dimensiones de la bondad y la belleza.

Como aclara el papa, “la pobreza y la austeridad de San Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio”. La clásica “pobreza franciscana” es más profunda que la ropa simple. No es exclusiva de los franciscanos sino de todos los que soñamos con un futuro para nuestros nietos.

El santo de Asís percibía la dimensión del “misterio” en las creaturas, lo que nos abre a lo trascendente. Quería que en el jardín se dejara una parte sin cultivar para tener siempre presente la belleza de lo natural.

Nosotros somos más prácticos y deforestamos a lo grande para no desperdiciar terrenos cultivables.

La selva virgen va dejando de ser virgen para aumentar la lista de las maltratadas. Reclamamos que “Ni una menos”, pero no se nos cae una lágrima por las selvas golpeadas.

El santo y el papa no nos invitan a un romanticismo trasnochado. Desean que construyamos sobre roca, no sobre arena. Alemania y Japón, poco después de la guerra se levantaron a lo más alto porque poseían una cultura del trabajo. Otros países, llenos de recursos naturales, no terminan de salir del pozo por carecer de esa cultura. Esto no es romanticismo.

La encíclica ha recibido algunas críticas, en parte razonables. Un político católico de los Estados Unidos sostuvo que este documento no contiene dogmas de fe y que los papas se han equivocado muchas veces. Le damos la razón.

Alguno afirma que la religión no se debe entrometer en las cuestiones científicas. Pero en este caso no es la religión la que se interesa, sino la ética universal, la sabiduría de la humanidad.

El papa Francisco no pretende reemplazar a los científicos sino recordarles que el humanismo solidario tiene una palabra que decir en el desarrollo de la ciencia y la tecnología, como se vio en la fabricación de armas nucleares o en los experimentos para lograr la clonación humana.

El papa les propone ahora a los científicos que, además de estudiar la naturaleza, la contemplen con los ojos de Francisco de Asís, como una hermana y una madre. Esto lo vivimos con los animales domésticos, pero nuestra casa es más grande.

Ignacio Pérez del Viso

Sacerdote jesuita

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