(Foto: Internet)

No tengo derecho a saberlo todo sobre las personas a las que amo.

A veces me gustaría desentrañar todos los misterios de mi vida. Saberlo todo. Tenerlo todo claro. Vivo en una época en la que cuesta vivir con misterios. Todo ha de verse. Todo ha de tocarse. La admiración ante lo que no conocemos desaparece.

Creo que perdemos algo queriendo desentrañar todos los misterios de la vida. Mi propia alma es un misterio inmenso que no acabo de descifrar.

Una persona rezaba: “Te entrego de nuevo el misterio de mi vida. Invisible. A veces tanteando. Con las cuerdas humanas que me atan a tu corazón. Con mi anhelo de vivir mi vida según la tuya. Enséñame tu amor sin medida, sin pensar en mí. Sin pensar en mi tiempo. En mi deseo humano. Sí a dejarme el corazón por los caminos como Tú”.

Los misterios de mi propia alma. Soy un misterio para mí mismo y me olvido. O pretendo saberlo todo. Encasillarme para no perderme. Pensar que soy de una manera cuando soy de otra.

Quiero tener certezas en lugar de dudas. Verdades absolutas en lugar de creencias. Quiero sentir que lo sé todo de mí. Que he descifrado todos mis enigmas. Y así me pierdo por los caminos queriendo ponerle un nombre exacto a mi vida. Encasillada. Presa.

Quiero que otros me digan cómo soy. Me niego a aceptar misterios en mi propia vida. Me cuestan los misterios. Lo que no controlo. Lo que no abarco. Lo que no entiendo. Lo que no sé.

Quiero arrodillarme ante el misterio de mi alma. Sin pretender conocerme del todo. Sin querer saberlo todo.Sólo así podré aceptar el misterio de las personas a las que amo.

No quiero desentrañar todo el misterio de su vida cubierto por un velo de pudor y privacidad.

Cada persona es un misterio. Y a veces me puedo mover por su alma sin respeto, queriendo entrar en sus partes más sagradas.

El misterio del alma es sagrado. El misterio de las vidas de las personas que a veces puedo desparramar por el mundo. Como si todos tuvieran derecho a conocerlo todo.

Queremos sacar conclusiones. Interpretar cómo son los demás. Los encasillamos. Nos sentimos seguros al creer que los conocemos de verdad, hasta lo más hondo. Olvidamos el misterio. Violamos la confianza. Desvelamos lo más sagrado de su vida. Desnudamos su intimidad.

¡Qué peligroso es no cuidar el misterio de las personas! No tengo derecho a saberlo todo sobre las personas a las que amo. No tengo derecho a forzar que abra lo más sagrado de su alma.

Tengo que aprender a arrodillarme ante el misterio sagrado de su vida. Me detengo ante el misterio. Callo. Espero. Agradezco a Dios por poder ser testigo de su presencia misteriosa y sagrada. Sin querer conocerlo todo, saberlo todo.

 


(Contenido: Aleteia.org)

COMPARTIR