Reflexiones 

Hace algunos días me encontraba saludando a los fieles que se acercan después de la misa y uno de ellos me preguntó si podía dedicarle algunos minutos. Me contó que no le encontraba sentido a su vida y a las cosas que hacía y necesitaba un consejo para reorientarse y volver a su casa en paz. Me vino a la mente aquella frase de santa Teresa “nada te turbe, nada te espante…solo Dios basta”. Muchas veces no le encontramos sentido a las cosas, por miedo, por ignorancia, o en la mayoría de los casos porque Dios no es el centro, no es nuestro bien supremo y por lo tanto no nos damos cuenta de este regalo maravilloso que es la vida.

Lógicamente la persona que me hablaba comenzó a hacer una lista de fracasos y proyectos fallidos a lo largo de su vida; estaba cansada, y no prestaba atención a lo más elemental, por ejemplo, a comer o dormir bien. Cumplía con los compromisos en el trabajo, trataba de responder a las necesidades de su hogar, su esposa, sus hijos, etc. Pero lo más sorprendente es que nada lo alegraba, nada lo entusiasmaba y quizá una de las causas más fuertes de su “sinsentido” era que no podía sobreponerse a su “baja estatura”; sí, así es. En sentido metafórico, no había estado a la altura en su hogar; no disponía de tiempo para dialogar con ellos, buscaba complacerlos con muchas cosas, pero, cuando los problemas afloraban entonces hacía lo del avestruz: escondía la cabeza en la tierra, es decir, le asustaban tanto los problemas, que prefería hacerse el “loco” y simplemente dejaba que pasara el tiempo, pensando que “el tiempo lo arregla todo”. En el trabajo, de igual manera, al sentirse “seguro” totalmente, no arriesgaba en los negocios, en las decisiones dudaba mucho y si el camino era fácil entonces por ahí buscaba la manera de terminar las cosas y al final dejaba pasar oportunidades que nunca volvieron a repetirse.

Frente a todo esto, le decía que todos nosotros estamos en este mundo no por casualidad o por un accidente; estamos porque fuimos pensados por Dios desde siempre, y nos llamó por nuestro nombre para que viviéramos para Él y para que todos los días nos dejáramos amar por el Amor que es Dios nuestro Padre. Cuando Zaqueo, el de la parábola que nos detalla el evangelista San Lucas, se encontró con Jesús de Nazaret, su vida dio un giro total: supo cuál era el valor de su vida y de sus bienes – descubrió un bien más grande y trascendente – y decidió compartirlos con los más pobres, su alegría se contagió con los de su casa, a la cual había llegado la “salvación” y se convirtió en un fiel discípulo del Señor. Solo Él puede darle sentido a la vida, solo cuando Dios esté en el centro y sea nuestro supremo bien, entonces comenzaremos a darle su justo valor a las personas y a las cosas. Hay que llegar a decir como San Pablo: “todo lo puedo en aquel que me fortalece”.

 

Carlos Cardona Pbro./ Director Estación Radial Paz Estéreo


Reflexión: Carlos  Cardona Pbro.  

 

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