Hoy Jesús está en Jerusalén en los días previos a su pasión y pronuncia unas palabras que quieren darnos esperanza. Son las palabras que abren este tiempo de Adviento.

 

Audio Mons. Flavio Calle Zapata Arzobispo de Ibagué.

Me conmueve pensar en el miedo de Jesús y en su obediencia al Padre en esas horas. Me impresiona algo que yo no hago, pero sueño. Sabe ya lo que va a suceder en su vida y sigue haciendo cotidianamente lo mismo. Para mí eso es signo de una profunda paz interior. De un arraigo hondo en su Padre.

Cada día va al templo a predicar. Públicamente, frente a todos los que buscan matarlo. Cada noche se va con los suyos a Betania, a reposar en el amor de unos amigos. Y a rezar al huerto de los olivos, para pedir fuerza, para recibir el abrazo de Dios Padre.

Pienso mucho en su corazón en esos días y me ayuda para pensar en mi corazón en este Adviento, ante los dolores de la guerra que nos inquietan. Miro a Jesús y su miedo tan humano.

Pienso en su decisión de amar hasta el extremo. De perdonar. De dar todo de sí mismo. Su sí cotidiano se hace roca en Getsemaní dentro de unos días.

Hoy Jesús habla en la explanada del templo, como cada día, en esa espera tensa hasta su prendimiento. Buscan matarlo. Es curioso escucharlo al comenzar el Adviento. Es para decirnos que Jesús vino en Belén, y volverá. Ese es el sentido de este pasaje hoy.

Jesús nos dice: “Volveré. No os dejaré solos nunca. Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Es la promesa de que vendrá de nuevo. Ya vino en Belén. Ya vino y tocó la tierra con sus pies humanos, haciéndonos capaces de tocar el cielo.

Me impresiona mucho que Jesús quiera en esos días antes de su pasión, dejarnos la promesa de su vuelta. Piensa en nosotros.

 

Eso es lo que hoy nos dice: “No temas Vendré. Estoy contigo, a tu lado, sosteniéndote en tu camino, no me he ido, estoy cerca siempre. Pero este mundo pasará y vendré a buscaros para llevaros conmigo”.

 

Me gusta esa palabra de “No temáis, se acerca vuestra liberación”. En ese “no temas” reconozco a Jesús en tantos pasajes. A veces cierro los ojos al rezar y me imagino que me dice lo mismo: “No temas“.

Cuando camina sobre las aguas. Cuando el Ángel anuncia a María. Cundo los pastores oyen el anuncio de Belén. “No temáis. No temas. Porque estoy contigo”.

Esa es la promesa de Dios, la que repite mil veces desde que el ángel se lo dijo a una niña muy pura de Nazaret. “No temas porque estoy contigo. Porque soy Yo. Porque no te dejo. Porque eres mi hijo amado y mi mirada no se separa de ti”.

Me gustaría escuchar eso cada día. No tengas miedo. No quiero olvidarlo. Todos tenemos tantos miedos. No pasa nada. Jesús también los tenía.

Es el miedo a perder el amor, el miedo a lo desconocido, el miedo a la injusticia, el miedo al odio, el miedo al pecado, a lo que no controlo, a la muerte, a la enfermedad, a perder la libertad.

Decía el padre José Kentenich: “La crisis de nuestra época estriba en una inseguridad y desamparo extraordinarios y globales. La bondad paternal de Dios no podía oponer resistencia a la debilidad reconocida y aceptada de sus hijos”.

Todos tenemos miedos, y eso nos hace humanos. Pienso en el miedo de Jesús estos días de Jerusalén. Por su madre. Por los que ama. Por la tierra entera. Por los enfermos. Por su soledad.

Hoy Jesús nos habla del futuro. Habla en el templo, que en ese momento parece el centro del mundo, como tantas cosas nos parecen ahora el centro de nuestro mundo. Y pasarán. ¡Cuántas cosas que ahora nos inquietan pasarán y serán olvidadas!

Jesús hoy nos dice que vendrá de nuevo. “Volveré siempre. No os dejaré solos. En medio de dificultades, persecuciones, injusticias, en el temblor del mundo, de vuestro corazón, allí estaré siempre. Tened ánimo”.

La venida de Jesús siempre libera, nunca da miedo. No queremos saber cuándo ocurrirá exactamente lo que dice. No queremos saber cuándo vendrá exactamente. Confiamos. Dios siempre da paz, esa es su señal.

El lenguaje apocalíptico tan difícil de comprender está lleno de esperanza. Dios siempre nos calma, siempre cuida, siempre sostiene, siempre da, nunca quita. Y mientras tanto, ¿cómo esperamos?

Adviento es venida y es espera. Miramos la cuna vacía en una cueva vacía. José y María comienzan su camino a Belén. Buscan un hogar. Como nosotros que también queremos un hogar. Muchas veces perdemos la confianza.

 

Una persona rezaba: “Hoy he visto tu cuna vacía, la he mirado y no estabas allí. Tendría que ser motivo de esperanza, pero me he sentido vacío. He recordado que te pedí llegar con mucha humildad a Navidad. Me has recordado mi nada. Va a ser lo único que podré darte esta Navidad. Mi nada que me cuesta. Te entregaré el dolor de no poder a veces aceptarla, el dolor que me provoca ser consciente de ella, tomar conciencia cada vez que interiormente me elevo creyéndome digno de amor humano o digno de ti. Tan vacío mi yo, como lo está hoy tu cuna. Quiero despertar para velarte, para estar contigo al pie de esta cuna vacía”.

 

Hoy me siento vacío y espero. Puedo darle a Dios mi nada. Lo que soy y sueño. Lo que pierdo y lo que poseo. Jesús me dice que volverá. Que llenará la cuna vacía de mi jardín, de mi alma.

Me pide que espere, que sea valiente. Que esté despierto. Que esté alerta escuchando mi corazón. Viviendo con un estilo diferente. Que no se embote mi corazón con las cosas de este mundo, con los apegos que tengo, con las preocupaciones de la vida.

A veces me agobio tanto por lo inmediato que el corazón se bloquea para lo importante. Quiero ver a Dios en mi rutina. Hay un sentido más allá de mi cotidianeidad. Hay un rumbo. Un amor que me conduce más allá de mi preocupación de hoy.

Vivir con sentido es lo que da paz al alma, raíces a mi jardín. Saber que mi vida está sostenida, que va hacia un lugar. Dios pronuncia mi nombre. Hay alguien que vela por mí. Esa es la espera del Adviento.

 

Yo confío. Dios confía. Yo espero. Él espera. Yo velo. Él me vela. Vendrá a encontrarse conmigo, a liberar la tierra de injusticia y de dolor. Me da tanta esperanza…

 

Hoy quiero pedirle, al inicio de este Adviento, que me enseñe a esperar confiando, orando, a despertar el alma para verlo en mi vida y en los demás: “Ven Señor. Toma mi miedo. Toma mi vida tal como es. Toma mi corazón para que habites en él y pongas de nuevo tus pies en este mundo que te necesita mucho”.

Quiero aprender a amar mejor en este Adviento: “En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos”. 1 Tesalonicenses 3, 12- 4,2. Que mi Adviento sea siempre progresar en el amor a Dios y a los hombres.

 

 

Aleteia

 

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