Ascensión: la remota isla entre África y Brasil que contiene lecciones para el futuro del medio ambiente

Foto: La Isla de Ascensión es un terreno volcánico ubicado en medio del Atlántico entre Brasil y Angola / Derechos de autor de la imagenSTEVE_IS_ON_HOLIDAY/GETTY IMAGES

Desde el mar, la volcánica Isla de Ascensión se ve como si estuviera ardiendo.

Por: Diane Selkirk

BBC Travel

Un enorme oleaje que se forma en el Océano Antártico explota en la escabrosa costa de ceniza y arena, dejando un rocío colgando en el aire como vapor.

Tierra adentro, todo está cubierto de lava negra y piedra rojiza. Es un paisaje inhóspito que una vez le dio a la isla el poco atractivo descriptor de «el infierno con el fuego apagado».

La neblina que se concentra alrededor de la cima más adentro en la isla completa la ilusión de humo.

Sobre un trasfondo cataclísmico de cráteres inactivos, depósitos piroclásticos y domos de lava, la Montaña Verde de 859 metros de altura es una rareza frondosa en la isla carbonizada: su floreciente bosque nuboso es testamento tanto de la ingenuidad de los humanos, como de la resiliencia de la naturaleza.

Plantado en una desolada cumbre hace unos 160 años, el bosque que comenzó como un capricho ha empezado a atraer la atención de científicos en todo el mundo.

Al cambiar las ideas tradicionales de la conservación, la Montaña Verde ofrece la esperanzadora idea de que los ecosistemas hechos por el hombre pueden mejorar nuestro medio ambiente.

A medida que el clima causa estragos en los paisajes y está conduciendo a daños catastróficos -como los recientes incendios en Australia- la floreciente jungla en Ascensión impulsa el argumento de que quizás podemos regenerar un bosque utilizando conceptos de este remoto, y a menudo olvidado, lugar.

Isla milenaria

La Isla de Ascensión se originó en el Océano Atlántico hace casi un millón de años.

Localizada a la mitad del camino entre Angola y Brasil, la isla obtuvo su nombre cuando fue redescubierta por Alfonso de Alburquerque el Día de la Ascensión en 1503. (Fue vista por primera vez por Joao da Nova en 1501).

Durante mucho tiempo estuvo ocupada solo por aves nidificadoras y tortugas verdes que realizaban el trayecto de 5.000 km desde Brasil para reproducirse.

Sus primeros habitantes humanos llegaron en 1815, cuando la Armada Real Británica se instaló allí para vigilar a Napoleón, quien estaba aprisionado a 700 millas náuticas al sureste en Santa Helena.

Ascensión se convirtió en una parada útil para los barcos.

Pero durante su visita en 1836, Charles Darwin destacó la falla más obvia de la isla: su falta de árboles, su «horrorosa desnudez» que la hacía un lugar difícil para vivir.

El botánico Joseph Hooker, inspirado en las teorías de su amigo Darwin para convertir el árido panorama en un jardín, ideó un plan: sembrar plántulas de todo el mundo, árboles que pudieran atrapar la neblina e incrementar la precipitación sobre la quemada isla para convertirla en un lugar habitable.

El plan fue un éxito. En 1860, John Bell, el horticultor de la isla, supervisó la siembra de unos 27.000 árboles y arbustos, lo que resultó en el desarrollo de suficiente tierra para cultivar cosechas.

Visita al bosque de Darwin

La oportunidad de visitar el extravagante y poco conocido bosque de Darwin, junto con la promesa de frambuesas y bananas frescas en medio del océano fue lo que llevó a mi familia a Ascensión, una isla que ahora tiene una población de unas 900 personas, principalmente miembros de las fuerzas armadas de Estados Unidos y Reino Unido y sus contratistas civiles.

Tras dejar nuestro velero anclado en Clarence Bay, condujimos el auto rentado en Georgetown por Nasa Road y a través de un brillante paisaje lunar pasando por un club nocturno, un campo de golf, flujos de lava y cráteres volcánicos, rodeando burros silvestres que buscaban alimento en un desierto de mezquites y tunas.

Eventualmente comenzamos a subir la Montaña Verde.

Aquí, la severa luz del sol se suaviza con la neblina y posteriormente con la lluvia. Después, el camino nos llevó hacia un bosque de casuarinas y acacias que parecía haber surgido directamente de Australia.

Desde allí manejamos por una densa jungla de bananas, jengibre, sabinas, frambuesas, café, helechos e higueras.

Después de estacionarnos seguimos en bicicleta y a pie por un trayecto fresco y nublado.

Cubierto de coníferas y pinos, los descendientes de algunas de las plántulas que Hooker aconsejó transportar a Ascensión desde jardines botánicos de todo el mundo, el bosque se siente engañosamente antiguo.

Según los principios ecológicos tradicionales, esta mezcolanza de pasto y helechos endémicos combinados con más de 300 especies no indígenas nunca debería haber evolucionado en un próspero ecosistema.

Se cree que los bosques complejos necesitan millones de años de cuidadosa autoselección para desarrollarse.

Pero el ecosistema hecho por el hombre en la Montaña Verde, donde las especies introducidas y las plantas de la isla parecen haber evolucionado juntas, no cumple ese paradigma.

No es ni jardín, ni tierra silvestre.

Ecosistemas novedosos

«Lo que ves en la Montaña Verde es algo que los investigadores tradicionales nunca se hubieran detenido a mirar», me dice Dave Wilkinson, profesor de ecología de la Universidad de Lincoln, Reino Unido.

«Debido a que está completamente dominado por especies no nativas, no hubiera tenido ningún interés».

«Los ecologistas tradicionalmente se han enfocado en las partes naturales, no en las cosas que no se supone que deben estar allí. Esas cosas son consideradas malas», agrega.

Hasta hace poco, la conservación tenía que ver con deshacerse de las especies invasoras y permitir que un paisaje regresara a lo que era antes de que la gente se involucrara.

En la aislada y desarbolada Isla de Gough, 2.000 millas náuticas al sur, el ratón doméstico ofrece un ejemplo clásico de los errores que se cometen cuando los humanos se involucran con el medio ambiente.

En su libro, The New Wild, Why Invasive Species Will Be Nature Salvation, el autor Fred Pearce describe cómo los ratones domésticos llegaron a la isla en los barcos y después, «durante décadas de aislamiento», los ratones mutaron y se volvieron carnívoros.

Ahora consumen una tonelada de aves marinas al día, amenazando a la población local.

Durante una visita a la Isla de Ascensión en 2004, Wilkinson pensó en esta perspectiva de «lo natural frente a lo invasivo».

«La mayoría de los que ven el bosque dicen ‘bueno, esto es muy raro’, y después siguen estudiando las tortugas o las aves marinas», señala.

Pero Wilkinson no pudo seguir como si nada. «La Montaña Verde es un ejemplo muy drástico de algo muy común: en gran parte del mundo, las especies no nativas son una parte funcional del ecosistema».

Wilkinson estudió la idea más a fondo en su controvertido ensayo de 2004 para la Revista de Biogeografía «La Parábola de la Montaña Verde», en el que desafía la teoría de que las especies introducidas no pertenecen al lugar.

Y establece el argumento de que los ecosistemas hechos por el hombre, como el de la Montaña Verde, pueden jugar un papel crítico en nuestro futuro.

Durante los siguientes años esta idea ganó apoyo, y en 2006 el término “ecosistema novedoso” fue desarrollado por el reconocido ecologista Richard Hobbs para describir lugares como la Montaña Verde, que han sido irreversiblemente cambiados por la intervención humana, y quizás no necesitan ser reparados.

Resiliencia

Anna Backström, ecologista senior del Grupo de Investigación de Ciencia ICON, de la Universidad RMIT en Australia, dice que los que proponen el enfoque del ecosistema novedoso tienen una visión pragmática de la conservación.

«El concepto ofrece más flexibilidad», explica.

Dadas las realidades del cambio climático, el impacto humano y la pequeña cantidad de fondos usualmente disponibles para la conservación, piensa que aceptando los cambios que los humanos han hecho, es más manejable la restauración.

«El paisaje no tiene que revertirse a lo que era», afirma. «Lo que deseamos es solo diversidad y equilibrio».

La idea de que el servicio que ofrece un ecosistema, como control de inundaciones, secuestro de carbono o polinización, es más importante que la condición pristina de un bosque se ha vuelto más ampliamente aceptada.

A medida que los ecosistemas quedan en caos debido a los incendios, tormentas o enfermedades causados por el cambio climático, es más importante la resiliencia que ninguna otra cosa.

«Si un grupo de plantas sobrevive, y algunas de ellas no son indígenas, no queremos arrancarlas», dice Bäckström. «La diversidad en el ecosistema es más importante que el origen de una planta».

Y además, Wilkinson dice que el enfoque de ecosistema novedoso permite a los ecologistas tener en cuenta algunas de las fuerzas que podrían formar los ecosistemas del futuro.

«Hace 20 años los encargados de la conservación nunca hubieran considerado plantar una especie no nativa, pero ahora conocemos el valor de tener una mezcla de árboles en un lugar, para que cuando ocurra un patógeno de árboles, un incendio o tormenta no perdamos absolutamente todo», indica.

Con un enfoque de ecosistema novedoso, los conservacionistas tienen la libertad de reconstruir con especies resistentes a la sequía un terreno inundable que se ha secado, o replantar un paisaje destruido por un incendio con plantas que prosperan en una región cálida.

Está bien experimentar para crear algo nuevo

Lo que esto significa es que el experimento de la Montaña Verde, donde se juntó a plantas de distintos lugares y después de alguna forma prosperaron, puede quizás repetirse.

Esto nos dice que vale la pena mirar más de cerca las ideas controvertidas, como la de China de plantar miles de millones de árboles para contener el desierto, o la de Australia de presionar a la gente a que siembre plantas y árboles no indígenas que sean resistentes a incendios.

La novedosa idea de Darwin y Hooker nos demuestra que en lo que se refiere a la supervivencia, en ocasiones está bien experimentar para crear algo nuevo.

Lo que más me impresionó cuando me detuve en la neblinosa cumbre de la Montaña Verde, al mirar sobre las áridas tierras bajas hacia el mar, fue notar que en la ecología tradicional nunca hubiera existido una Montaña Verde.

Incluso Hooker llegó a a arrepentirse del bosque y del daño que le hizo al ecosistema nativo de Ascensión con la introducción de plantas que eventualmente compitieron con el escaso desarrollo que había allí.

Pero afortunadamente, nunca hubo tanto interés en desenterrar la Montaña Verde.

Y después pasó el tiempo y el encargado de conservación de la Isla de Ascensión, Stedson Stroud, descubrió que el helecho alpino de Ascensión que se pensaba estaba extinto, en realidad había sido exterminado por las nuevas plantas, y que otras plantas nativas de la isla en realidad habían crecido mejor gracias a las especies que habían sido introducidas.

«La Montaña Verde demuestra que puedes recuperar los ecosistemas»

Wilkinson dice que en los últimos cinco o 10 años, ha habido un cambio de pensamiento que ha llevado a que los conservacionistas comiencen a ver el accidente de la Montaña Verde como algo positivo.

«Es un bosque tropical en un lugar que no solía tener un bosque tropical. Estamos acostumbrados a ver lo opuesto, bosques tropicales que son destruidos y después desaparecen».

Wilkinson afirma que, aunque probablemente no podremos crear una Montaña Verde para cada incendio o cada peste o patógeno que destruya un bosque, Darwin y Hooker nos dejaron algunas claves para construir un mundo más resiliente.

Vivimos en una época de cambio climático acelerado, en el que la enfermedad se mueve más rápido que la evolución.

Basta mirar la velocidad de la covid-19 en el mundo, dice.

«La Montaña Verde demuestra que puedes recuperar los ecosistemas o potencialmente colocarlos en lugares donde no estaban antes en un menos de un siglo».

No serán tan diversos como los bosques tropicales que han estado allí durante miles de años. Pero existirán.

Lee el artículo original en inglés en BBC Travelé


Tomado del portal BBC Mundo