Beatriz Sarlo: “Muerto Borges, Saer es el escritor más grande de la literatura argentina”

Foto: El origen. El escritor Juan José Saer en un recorrido por Serodino, el pueblo de Santa Fe donde nació. / David Fernández

Hace quince años moría el gran autor santafesino. La crítica, que fue su amiga, lo describe como bromista y gran discutidor.

Por: Adriana Muscillo

Clarín (Ar)

«Con la lluvia, llegó el otoño y, con el otoño, el tiempo del vino”. Estos fueron los últimos trazos que Juan José Saer dibujó en su novela final, que quedó inconclusa y a la que llamó La grande, justamente porque sería la más larga, ya que en ella reuniría a todos los personajes que poblaron su extensa obra y que, aunque él no lo reconociera, reflejaban de alguna manera a los que había conocido en su Serodino natal. Saer murió hace quince años, el 11 de junio de 2005 y era otoño.

“El turquito transgresor”, “Juani”, “el más rebelde de su generación”, “discutidor algo agresivo” pero, también, una de las plumas más relevantes de la literatura de habla hispana del siglo XX, Juan José Saer tenía horror de convertirse en un best seller, detestaba a algo llamado “público”; no a la gente, no a los lectores, sino a la noción de «público» como aquel que puede comprar o no una obra y, de alguna manera, determinar si esa obra es buena o no lo es. “Detesto al público, ¡que reviente! (…) El público es un chantaje que blanden los estafadores, los que dicen que escriben para el gran público”, había bramado en una entrevista.

Amante como era del cine, sostenía que un film de Scorsese o de Coppola no era necesariamente mejor que uno de Tarkovsky (Andréi – 1932-1986). Del mismo modo, valoraba a autores como Gustave Flaubert, que no habían gozado de una gran repercusión en su vida y, sin embargo, su obra trascendió mucho más allá de la de muchos de sus contemporáneos muy vendidos en su época. “Quien crea que talento y éxito tienen una relación necesaria no conoce el oficio”, sostenía. No creía en la novela “enciclopédica” sino en relatos fragmentados. “Mi punto de vista es a partir del mundo imaginario que he construido en mis libros (…) Como un reflector que está todo el tiempo girando y allí donde ilumina un objeto interesante o impactante o misterioso, ahí capta, en cualquier lugar, puede ser en lo inmediato o en lo más lejano, hay algunos cuentos que transcurren en la terraza del narrador y otros que transcurren en la luna”, definió alguna vez.

Hijo de inmigrantes sirios, nació el 28 de junio de 1937 en Serodino, provincia de Santa Fe. Como escribió alguna vez el poeta Rainer María Rilke, la patria es la infancia. En toda la obra de Saer aflora su propia “patria” personal.

Para recordar al gran escritor argentino que vivió y desarrolló gran parte de su obra en París, Clarín conversó con la ensayista Beatriz Sarlo​, que mantuvo, con él, una amistad muy estrecha.

-Sobre el Saer escritor se escribió mucho y se sabe mucho. Pero, ¿cómo era él como persona, como amigo?

-Él, como persona era lo menos alejado de la solemnidad y de la intelectualidad, que pareciera ser la marca de algunos escritores. Le encantaban las bromas de un chico de sexto grado, yo recuerdo un viaje en tren desde mi casa en Cambridge, con (el director de cine argentino y pareja de Sarlo) Rafael Filippelli hasta Londres. Se pasaron todo el viaje haciendo chistes de los que se hacen en la escuela primaria, ese tipo de humor de alguien que después sabia manejar una ironía perfecta en su literatura, es el que Saer practicaba en la vida cotidiana. Las conversaciones elevadas de los intelectuales le aburrían mortalmente, eso no significaba que con Saer no se pudiera discutir a un autor de manera encarnizada. Una noche, en mi casa en Cambridge, hubo una discusión. Estaban Alan Pauls, Vivi Tellas, Rafael Filippelli y yo y hubo una discusión encarnizada sobre teatro y sobre principios estéticos pero, a la mañana siguiente, como si nada.

-Entonces es cierto eso que dicen que era un gran discutidor…

-Era discutidor pero no en la vida pública con desconocidos, sino entre amigos. En una reunión, así como uno puede poner un buen vino, le encantaba también que hubiera una buena discusión. Pero se discutía menos de literatura que de temas políticos o ideológicos. La discusión podía comenzar en un tono calmo y, a las cuatro horas, estaba verdaderamente encendida, era un discutidor algo agresivo por momentos, a mí me gustaba mucho discutir con él porque yo también soy una discutidora agresiva. Por lo tanto, nos llevábamos muy bien y, al día siguiente, todo se había desvanecido absolutamente. Fue una amistad donde las discusiones eran alimento del afecto y la admiración que yo sentía por Saer y del cariño que seguramente él sentía por mí.

Era muy crítico del llamado boom latinoamericano y especialmente de la obra de García Márquez. Concretamente dice, en una entrevista, que reconoce el valor de Cien años de soledad pero que después se volvió un escritor muy comercial… Saer era un lector extremadamente exigente. Y era exigente porque lo era con su propia literatura, no por competencia sino porque tenía un nivel estético muy alto. Los escritores del boom latinoamericano, en general, no le interesaban. García Márquez no le interesaba para nada, ese tipo de narrativa, muy abundante en acontecimientos. Y en general, dudo mucho que haya terminado de leer algún libro de él.

-En el año 2000 dijo sobre un joven escritor de nombre Michel Houellebecq, que estaba emergiendo y que había publicado en Francia su segundo libro «Las partículas elementales», que le había parecido “malísimo” y “desagradable”, ¿hablaron sobre eso?

-Ni le pregunté. Yo conocía muy bien sus preferencias y sabía que la literatura de Houellebecq no podía gustarle a Saer. Una literatura aparentemente con algún nivel de experimentación pero pensada para lectores del mercado, es algo que estaba verdaderamente muy lejos de sus gustos. A mí ni se me hubiera ocurrido preguntarle por Houellebecq. No hablábamos de esa literatura con Saer, pero si yo tengo que decir que pensaba Saer sobre Houellebecq, lo puedo decir sin preguntarle. Se trataba de una literatura muy generosa con sus lectores, novelas muy legibles, con muchos acontecimientos y personajes y con una escritura correcta mientras que Saer era un escritor que recurría a la poesía.

-Claro, además, la literatura de Saer tiene ese arraigo con lo local, su pueblo en la provincia de Santa Fe, sus personajes, el colectivo, la esquina, las calles, la cervecería…

-Saer es un escritor de la zona, no hay que olvidar que el primer libro se llamó En la zona, él funda literariamente esa zona, en poesía uno podría decir que del otro lado del río, en Paraná, la funda Juan L. Ortiz (poeta 1896-1978) a quien Saer admiraba mucho, él se considera un escritor de esa zona, en todas sus novelas hay algunas escenas que transcurren allí, en una región que es la ciudad de Santa Fe. Por ejemplo, en Glosa, esas 20 cuadras, o el río que bordea Santa Fe y las parrillas. Esa es su zona literaria, no es para nada una representación realista sino que es la zona en el mismo sentido que, en las orillas de Buenos Aires fue la zona de Borges​. Ni Borges hizo una representación realista de Buenos Aires ni Saer propone hacer una representación realista de esa zona de Santa Fe.

-¿Imaginaba Saer que se iba a convertir en uno de los más grandes?

-Muerto Borges, es el más grande la literatura argentina, y yo diría uno de los grandes de América Latina y muy considerado en Europa, principalmente en Francia e Inglaterra. Él ya sabía, él tenía esa confianza, por supuesto que no lo iba a manifestar, per aun cuando no lo leía nadie, tenía una confianza absoluta en el valor de su obra.

PK


Tomado del portal del diario Clarín (Ar)