Cuando la sequía creó los ‘campos de concentración’ en Brasil

Foto: Cementerio del ‘campo de concentración’ en Senador Pompeu, en el estado de Ceará: ni siquiera los cadáveres de los migrantes se enterraban con los demás. Henrique Kardozo

Miles de personas que huían del hambre en el Estado de Ceará, en el nordeste del país, en 1915 fueron confinadas para que no llegaran a la capital, Fortaleza. A finales de julio serán declarados patrimonio histórico

Por: Marina Rossi – Senado Pompeu / Brasil

EL PAÍS (ES)

Concepción atravesaba de prisa el Campo de Concentración. A veces una voz la atajaba:

—Señora, una limosnita…

Ella sacaba un níquel de la bolsa y seguía de frente, con paso ligero, huyendo de la promiscuidad y del mal olor del campamento.

¡Qué incomodidad, atravesar aquel hacinamiento de gente inmunda, de latas viejas y trapos sucios!

En la novela El quince, la escritora Rachel de Queiroz (Fortaleza, 1910) narra la sequía histórica de 1915 que castigó el nordeste brasileño y describe parte de lo que fueron los llamados campos de concentración de la sequía. Aunque no fueran campos de exterminio, como los que se crearían poco después en Alemania, los campos de concentración diseminados por el Estado de Ceará a principios del siglo XX tenían al menos un objetivo equivalente a los de los nazis: aislar a la población indeseada, la “gente inmunda” que intentaba sobrevivir a la sequía huyendo a la capital.

De esos campos, que en el siglo pasado encerraron el hambre, la miseria y las enfermedades, poca cosa ha quedado. El único municipio que todavía mantiene ruinas de aquella época es Senador Pompeu, una pequeña ciudad de casi 30.000 habitantes a 270 kilómetros de Fortaleza. Y si antes era símbolo de la pobreza, hoy el lugar se prepara para ser declarado patrimonio histórico. El nombramiento oficial por parte del Ayuntamiento debe realizarse con toda la pompa y distinción hacia finales de julio.

El primer campo surgió en Fortaleza en 1915. Por aquel entonces, la capital del Estado de Ceará ostentaba una élite de intelectuales y empresarios que todavía recogían los frutos del boom de la exportación de algodón del siglo anterior. Pero junto a esa eufórica burguesía, llegaban a la ciudad también retirantes, migrantes que huían del hambre, potenciado por la gran sequía de 1877. El aumento de habitantes elevó Fortaleza a la séptima población urbana más grande del país en la entrada del siglo XX. Así, también llegaron las medidas higiénicas.

En la zona oeste de la ciudad, el gobernador Benjamin Liberato Barroso construyó el primer campo, denominado Anegadizo. Teóricamente, la propuesta inicial era albergar a los refugiados, ofreciéndoles las mínimas condiciones para sobrevivir. Duró todo el 1915, y se desmanteló en diciembre. Pero ese no sería el fin de la historia. En el nordeste hubo una nueva sequía en 1932 y, esta vez, se crearon siete campos dispuestos estratégicamente por todo el estado en rutas de migración, impidiendo que los retirantes llegaran a la capital. Los construían cerca de las vías del tren, por donde intentaban llegar a Fortaleza. En las estaciones, los interceptaban y los llevaban a los campos, con la promesa de ofrecerles trabajo. Sin ninguna otra opción, seguían la ruta.

Frederico de Castro Neves, profesor de Historia de la Universidad Federal de Ceará, recuerda que también se crearon campos alrededor de alguna obra estructural, que atraía mano de obra. “El campo estaba vinculado a una obra pública, una oportunidad de trabajar”, explica. Y Senador Pompeu era uno de los municipios que seguían esa regla. La compañía inglesa Norton Griffiths & Company se estableció en la ciudad en la década de 1920 para construir la represa del embalse de Patu. Las obras se interrumpieron en la década siguiente y solo quedaron los edificios, como la casa de la administración, el ambulatorio, la estación de tren y la casa de las máquinas, las pocas ruinas que hoy quedan de esta historia.

Alrededor de esta estructura vivían, en chabolas, los migrantes azotados por la sequía. “En esta ventana, se hacían colas por un puñado de comida”, explica Valdecy Alves, un abogado nacido en Senador Pompeu y que se autodenomina “militante de los movimientos sociales”, al llegar a la casa que era la sede de la antigua administración de la compañía. “La comida era un puñado de harina, un terrón de azúcar moreno, sal, café tostado en sangre de buey para aumentar la cantidad de hierro y, a veces, una galleta”, dice, bajo un sol de castigo, en medio de las ruinas.

Se vestían con sacos de harina, les rapaban la cabeza y vivían sometidos a unas condiciones de higiene y limpieza extremadamente precarias. Se morían a montones, de hambre, sed y enfermedades. Los azotados por la sequía vivían tan al margen de la sociedad, que ni siquiera sus cadáveres se mezclaban con los de los demás. Por eso, a pocos kilómetros de la casa de la administración se construyó un cementerio solo para esas víctimas. “No se mezclaban con los demás muertos de la ciudad”, cuenta Alves.

Pero, con el tiempo, las almas de esas víctimas se consideraron divinas. “Todavía hay gente que viene al cementerio a pagar una promesa”, cuenta Alves, señalando el muro blanco que hiere la vista bajo la luz del sol. “Todos los años viene alguien y pinta el muro como pago de alguna promesa”. Las almas de la represa, como se las llama, son homenajeadas en la Caminata de las Almas, una romería que tiene lugar cada mes de noviembre desde 1982.

“Senador Pompeu no es Auschwitz”

De lejos, Senador Pompeu es como cualquier municipio del interior. La vía férrea que todavía está activa cruza el centro comercial de la ciudad y la gente camina por las calles de adoquines. Las ruinas que quedan de las 12 casas que construyó la compañía inglesa están alejadas de la ciudad, en una especie de otero que da a lo que solo en la década de 1980 se convirtió en el embalse de Patu.

Los campos existieron por un período corto de tiempo, de solo un año: de principios del 1932 a principios del 1933, cuando volvió a llover. Pero la cuenta fue muy alta. Por la dificultad de encontrar registros oficiales, es complicado precisar la cantidad de personas que murieron en aquella época. El profesor Frederico de Castro Neves calcula que, en enero de 1933, cuando solo quedaban cuatro de los siete campos, vivían en ellos unas 90.000 personas. “El mayor de todos fue el de Buriti, en el sur del estado, en la región de Crato. Allí llegaron a vivir 60.000 personas”, dice. Pero la historiadora Kênia Sousa Rios, también de la Universidad Federal de Ceará, relata en su libro Isolamento e poder – Fortaleza e os campos de concentração na seca de 1932 (Aislamiento y poder: Fortaleza y los campos de concentración en la sequía de 1932) que solo en el campo de Ipu, en el oeste del estado, se registraron más de mil muertes entre 1932 y 1933.

Sin embargo, Castro Neves resalta que, a pesar del nombre con que se conoce esa historia, no se pueden comparar los campos de concentración de Ceará con los de Alemania. “Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se descubrió lo que sucedía en la Alemania nazi, la expresión se contaminó con la idea de campo de exterminio”, dice. “Pero Senador Pompeu no es igual que Auschwitz. Aquí, la gente recibía asistencia, que era precaria, discutible, pero era una asistencia médica”, afirma. “A la gente no se la obligaba a ir al campo, con violencia, aunque se intentaba mantenerlos allí aislados”, pondera.

La declaración de patrimonio histórico se une al estreno de una película, lo cual refuerza la importancia de Senador Pompeu en la historia de la sequía en Brasil. El largometraje Currais (Corrales), de Sabina Colares y David Aguiar, mezcla documental y ficción para contar, por medio de seis personajes, las historias de los campos de concentración.


Tomado del diario EL PAÍS (ES)