‘Donde nadie me espere’: la nueva novela de Piedad Bonnett

Foto: zendalibros.com

ARCADIA habló con la escritora sobre su más reciente novela, que se lanzó ayer miércoles en el Gimnasio Moderno de Bogotá.

Piedad Bonnett acaba de publicar con Alfaguara su novela más reciente, Donde nadie me espere, una historia sobre búsquedas muy personales de gente que se siente por fuera, que no encaja del todo. La novela es el retrato de alguien que se hace muchas preguntas y termina congelado por sus propios razonamientos. El dolor es de nuevo un vehículo para narrar lo humano.

“Creo que pude publicar antes mi primer libro, pero el miedo me paralizó”, me dijo sentada en una poltrona de la biblioteca de su casa mientras servía té en dos tazas. Minutos antes había recogido con premura las hojas impresas de un concurso literario en que fue jurado. Me mira inquisitivamente detrás de los anteojos, clava su mirada directa mientras hablo. Está interesada en los demás, en la gente joven que se le acerca. Piensa largamente antes de responder, hace del silencio un lenguaje.

Una vez mencionó que tiene desde la niñez mirada de poeta ¿Cómo es eso?

Yo creo que sí hay una mirada de poeta, y en general hay una mirada de escritor. El escritor siempre está como saqueando la realidad a ver qué es lo que le sirve de ella para hacer una cosa con sentido. Pero la del poeta es distinta porque en lo más pequeño descubre siempre una potencia poética, hay promesa de poesía en cada descubrimiento.

¿Cómo se descubrió la poesía?

Puede ser en la cosa más pedestre, yo creo que ese es un tema de asociación. Los poetas siempre estamos haciendo asociaciones de carácter simbólico. A partir de lo concreto se emana una idea más general. Aunque eso pasa en todo proceso creativo, porque creo que el artista en general está haciendo lo mismo. Pero en el poeta hay una cosa enfática de lo trascendental, de aquello que se va a poder decir de una manera muy sintética. El poeta apunta a la síntesis. Creo que esa mirada la tengo porque de lo contrario no habría escrito tanta poesía. Pero no estoy segura de que eso sirva para explicar por qué un poeta escribe novelas. Lo que pasa es que a veces el lenguaje de la poesía no sirve para lo que queremos decir. Entonces, de todas maneras, yo sí considero que todo arte debe tener un trasfondo poético. Que no es lirismo, no es ornamento del lenguaje, sino es esa potencia simbólica que hay en la poesía. Yo aspiro siempre a la poesía, pero no como lo malinterpreta la gente que se imagina que un texto poético es un texto alambicado. No como eso que la gente llama poético, sino una fuerza de comunicación simbólica. Eso sería.

¿En una novela como Donde nadie me espere también hay fuerza poética?

Yo espero que sí porque los escritores que amo, los amo precisamente por eso. Por eso amé a Proust desde muy joven. Me encontré con que Isak Dinesen tiene una gran potencia poética. Por eso me gusta un tipo como Bohumil Hrabal, porque es poeta. Escritores que parecen muy prosaicos como Truman Capote o Carson McCullers también. Me aburren las novelas donde ocurren muchos eventos.

¿Qué persigue usted con la escritura?

Está muy desprestigiado el concepto de que la literatura ayuda a sanar. Pero yo creo que la literatura a mí me ayudó siempre a sanar o a sustituir. Huir también, en la adolescencia cumplió ese papel. En la universidad como me eduqué en épocas de activismo político y me hice rápidamente una mujer de izquierda, marxista, a los 19 años ya lo era. En esa época entró el componente sociológico a mi escritura, por eso me alejé de la poesía en ese momento y me concentré más en la narrativa. La poesía volvió afortunadamente. También la poesía que me interesaba era esa, la más combativa, César Vallejo y una parte de Neruda. La universidad me permitió asociar esas dos cosas, la del mundo más íntimo: la literatura como refugio y la literatura como arma de combate, por decirlo de algún modo.  Luego me interesó el fenómeno de la palabra en sí. Me interesó la historia misma de la poesía, el devenir del lenguaje. Todo eso finalmente era la pasión de siempre. En ese punto la literatura dejó de ser simple consuelo y se convirtió en un arte. El arte de hacer lo mejor que podía con las palabras que tenía. Sobre todo, tratando de que entre lo que me imaginaba y lo que lograba hubiera una brecha cada vez menor, eso es lo que uno persigue. De esa manera la literatura se convirtió en muchas cosas: una pasión, un vicio, una manera de vivir. Algo que nunca dejó de ser fue un refugio, cuando tengo conflictos imagino siempre mi escritorio, ese es el lugar donde siempre voy a parar, es mi asidero. Creo que los escritores siempre tenemos un almacén de cosas pendientes. Ya sé, por ejemplo, que con mi infancia saldé cuentas en tanto a la escritura. Ahora hay otras cosas que empujan, porque la vida es dinámica, afortunadamente. Aunque eso parezca una obviedad, cada edad trae sus necesidades expresivas. Somos en el tiempo básicamente y por eso transformamos nuestro lenguaje.

¿Qué ha cambiado en la escritora desde De círculo y ceniza hasta Donde nadie me espere?

Esas son dos vertientes. No puedo decir que primero fue la poesía y luego la novela. Tengo claro que vengo de la poesía. Ahora lo que creo que ha cambiado es mi voz, abandoné el romanticismo de la poesía inicial. Fui quitándome de encima lo sentimental que venía de cierta ingenuidad literaria. Creo que los últimos tres libros (Las Herencias, Explicaciones no pedidas y Los Habitados) trabajan muchos temas, pero tienen un hilo conductor de fondo que es el dolor de la tragedia, la conciencia de que la vida puede ser muy cruel. En esos tres libros mi palabra se volvió más seca y un poco sentenciosa, aunque no me gusta mucho la lectura de esta forma. Fui encontrando en mí posibilidades distintas de expresión a través de una poesía que aspira más a lo esencial, sin desprenderme de la imagen porque creo que ahí está mi fuerza expresiva. En la novela todo es completamente distinto, lo que he hecho es un camino de búsqueda con éxitos y fracasos. Tengo conciencia en ese camino que me gusta más o menos. Y lo único que podría decir a favor de mi faceta de novelista es que he sido honesta en esa búsqueda; que no trato de ser novelista solo por serlo, sino que en mí hay unos temas que me impelen a la novela. No he podido eludir ese llamado a la novela, y si hoy dejo de escribirla después de Donde nadie me espere, voy a estar tranquila, y no porque crea que lo que está escrito es gran cosa, sino porque ya no la necesito. Lo que nunca quisiera es que la poesía me abandone.

En “Profesión de fe literaria” Borges asegura que “toda literatura es autobiográfica” ¿Cuánto hay de usted en Donde nadie me espere?

Lo que hay de mí en ese libro no es por supuesto la historia. Lo que me motivó a escribir una novela así es mi cercanía emocional a problemas que están ahí planteados. Tengo una relación de toda la vida con la gente joven en la universidad, siento una debilidad especial por la gente joven. Para completar aquello tuve que lidiar con este dolor de la vida de Daniel que, en pleno comienzo de la juventud, ve que llega una amenaza aterradora a su vida. Ese dolor personal me hacía intuir el dolor en mis estudiantes. Por otro lado, el tema de la indigencia es muy anterior a todo esto, es decir nunca fui ajena a este drama. Un indigente siempre atrae mi mirada y me lleva a hacerme preguntas. Sobre todo ¿en qué momento se dio esa inflexión?

En cuanto a la construcción del personaje principal de la novela, ¿fue retador construir un protagonista hombre?

El miedo constante con una persona con una enfermedad mental es que desaparezca, entonces creo que en el fondo de esta novela está ese miedo, aunque ese no sea para mí el centro de la novela. Siempre se me han acercado jóvenes con conflictos y el tema de la desadaptación me interesó mucho. Con la muerte de Daniel tuve mucho más claro que la sociedad induce a la gente joven a unos esfuerzos desmesurados, y que esa edad entre los 22 y los 32 es un tiempo muy duro de definiciones. Así que hay mucha gente que de alguna forma le aportó al personaje sin que esta sea una historia particular. Todo esto me llevó a construir un personaje que no conozco. Este personaje me dio muchísimo trabajo, por la brecha generacional y también la cuestión de que sea un personaje masculino. Pero creo que de eso se trataba. Nunca imaginé que quien hiciera ese proceso fuera una mujer.

¿Por qué la narración en primera persona?

La verdad durante toda la novela me planteé si volver y escribir desde la tercera. Lo que me gustó mucho de la primera persona es que me permitía poner esa voz en una frontera. Me interesó mucho la perturbación que me permitía la primera persona. Quería construir una percepción del mundo fantasmagórica, cierta paranoia.

Desde esa perspectiva ¿podría acercarse un poco el personaje al abordaje que hace Foucault sobre la locura y la normalidad?

Sí, es un poco como en Los habitados, escrito desde la perspectiva del herido por la disociación. Estos personajes, mucho antes de Daniel, me dolían profundamente; un tipo como Van Gogh o una mujer como Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Hölderlin caminando descalzo en invierno de una ciudad a otra. El tema del caminante me interesó mucho. Cuando viajo y veo muchachos al borde de la carretera caminando con cierto frenesí, andando hacia ninguna parte. Siempre me he preguntado ¿Qué pasa ahí? Todo eso es al final la frontera.


Redacción Paz Estéreo. Con información de la Revista Arcadia

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