Evangelio del día: martes 13 de diciembre de 2022

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21,28-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Meditación
“Un «corazón arrepentido» que sabe reconocer los propios pecados es la condición fundamental para encaminarse por la «senda de la salvación». Entonces el «juicio» del Señor no dará miedo, sino que dará «esperanza».
Con estas palabras el Papa Francisco concluye una de las enseñanzas de la parábola que presenta el hoy el evangelio. Bien lo dice el salmo 50 “un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias”; la vida cristiana no es una carrera de perfectos, que nunca caen; al contrario, es un camino en el que cada día estamos llamados a renovar esa conversión que nos hace encontrar con la misericordia que renueva, perdona y abre a la oportunidad de algo nuevo. No se trata de llegar a un alto conocimiento de las cosas sagradas, de una práctica espiritual perfecta; estamos en camino, tantas veces escuchando lo que el Señor le decía a san Pablo: “Mi gracia te basta en tu debilidad”. No escondemos nuestra fragilidad, no negamos que somos barro. Buscamos al Señor para que el nos levante y sane nuestro corazón herido por la desobediencia. Pero, no cediendo a la arrogancia de la seguridad en nosotros mismos presentándonos con una imagen de perfección que se lanza a juzgar al hermano.

Como explicaba el Papa Benedicto XVI, “Con esta parábola Jesús reafirma su predilección por los pecadores que se convierten, y nos enseña que se requiere humildad para acoger el don de la salvación. También san Pablo, en el pasaje de la carta a los Filipenses nos exhorta a la humildad: «No hagáis nada por rivalidad, ni por vanagloria —escribe—, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismos» (Flp 2, 3). Estos son los mismos sentimientos de Cristo, que, despojándose de la gloria divina por amor a nosotros, se hizo hombre y se humilló hasta morir crucificado (cf. Flp 2, 5-8)”.
El tiempo de Adviento que estamos viviendo se convierte en un tiempo favorable para renovar la gracia del perdón; acercarnos al sacramento de la Confesión es celebrar la misericordia del Padre, al que como el hijo menor le decimos: “he pecado contra el cielo y contra ti”, y a cambio recibimos el abrazo que nos devuelve la gracia. Bien nos hace recordar la fórmula de la absolución que el confesor pronuncia: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

P. John Jaime Ramírez Feria