Evangelio del día: martes 27 de diciembre de 2022

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,2-8
El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús
Meditación
Sigue resonando en esta Octava de Navidad la alegría por la celebración del misterio del nacimiento del Señor, como nos lo dice el prólogo del Evangelio según san Juan: “La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros… Y hemos contemplado su gloria…” (Jn 1, 14). En este contexto de júbilo celebramos la fiesta del apóstol y evangelista san Juan que nos invita a vivir la experiencia de la intimidad con el Señor y a creer con generosidad.
Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago, era pescador y en un día en el que remendaban las redes a la orilla del lago de Galilea, el Señor se acercó y lo llamó “ven conmigo y te haré pescadores de almas”. Ante aquella mirada de amor, Juan no pudo resistirse a la Palabra y, dejándolo todo, lo siguió. Dentro del grupo de los doce, Juan tuvo un papel muy importante. Junto a Pedro y Santiago presenció los más grandes milagros de Jesús: la Transfiguración, la resurrección de la hija de Jairo; estuvo allí en la agonía de Cristo en el huerto de los Olivos, fue testigo de la pasión del Señor y estuvo al pie de la cruz en donde recibió a María como madre; “hijo he ahí a tu madre”. El Domingo de la resurrección, fue el primero en llegar al sepulcro vacío, vio y creyó. Nos enseña la tradición que Juan se encargó de cuidar a María Santísima; se le representa con un águila al lado. San Epifanio señaló que San Juan murió hacia el año 100 a los 94 años de edad.
Celebrar la fiesta del apóstol San Juan nos conduce a reconocer, en primer lugar, la necesidad de vivir nuestra fe desde la perspectiva y como discípulos amados que nos dejemos encontrar y apasionar por el Señor y su evangelio. Sin esta experiencia, la fe se convierte en algo circunstancial u opcional, una fe que se quebranta en la prueba incapaz de ver la acción de Dios. Ser discípulos amados es ponernos en camino tras el Señor, la Palabra hecha carne que nos concede la gracia de contemplar su gloria. Ser discípulos amados es escuchar con corazón abierto la Palabra que da vida y edificar nuestra existencia sobre la Roca que es Jesucristo. Ser discípulo amado es abrirnos a la novedad de la fe para recostar la cabeza en el pecho del Maestro, permanecer firmes en la Cruz, alegrarnos en la resurrección y acoger a María como madre en nuestra casa. Vivir la condición de discípulos amados nos abre a la contemplación del misterio de Dios y del hombre.
En el contexto de esta Navidad la fiesta del apóstol San Juan es un llamado a acoger a Jesús haciendo vida en nosotros su Palabra. Por ejemplo, en los escritos joánicos encontramos una insistencia a amarnos como hermanos como el Señor nos ha amado; “amémonos unos a otros porque el amor viene de Dios; quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor”.
Que estos días de fiesta, podamos contemplar el misterio de nuestra salvación, desde el corazón de María que supo acoger en su vientre la Palabra eterna del Padre Dios.

P. John Jaime Ramírez Feria