Juan Pablo II, un santo y su familia

Foto: Vatican Media

La fe inquebrantable en el Señor, la devoción a María, el sentido del sacrificio y el compromiso con el prójimo, incluso poniendo en riesgo la propia vida. Karol Wojtyła encontró en su familia todo lo que luego desarrolló en su vida y de manera extraordinaria en su pontificado

Alessandro Gisotti

En su «servicio al Pueblo de Dios», San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Las palabras del Papa Francisco durante la canonización de Karol Wojtyła y Angelo Roncalli, el 27 de abril de hace seis años, encuentran hoy un significado especial al acercarse el centenario del nacimiento del Santo Papa polaco. Celebrar el inicio de su vida terrenal, de hecho, nos lleva naturalmente a querer «conocer» a su familia, a tratar de descubrir cuál era el «secreto» de sus padres, para quienes la semana pasada comenzó la fase diocesana de su Causa de Beatificación en Polonia. Incluso sólo leyendo los datos biográficos esenciales de su madre, Emilia, y su padre, Karol, de quien tomó su nombre, comprende cuán profundamente influyó su testimonio en la personalidad del futuro Pontífice. En efecto, se puede afirmar sin duda que algunos pilares del ministerio sacerdotal y luego pastoral del Arzobispo de Cracovia, primero y luego del Obispo de Roma, se establecieron ya en los primeros años de su existencia en Wadowice, el pequeño centro del extremo sur de Polonia, donde nació el 18 de mayo de 1920.

«En tu blanca tumba florecen las blancas flores de la vida. Oh, ¿cuántos años han desaparecido ya sin ti?». Estas conmovedoras palabras dedicadas a su madre, en un poema escrito en Cracovia en la primavera de 1939, subrayan el drama que para el joven Karol Wojtyła representó la muerte de su mamá, ocurrida cuando el futuro santo tenía sólo nueve años. Emilia, cuya salud era débil, había completado su embarazo en medio de mil dificultades, a pesar de que los médicos le habían aconsejado que no continuara con él. Su físico se había visto severamente comprometido, tanto que los nueve años posteriores al nacimiento de su hijo se caracterizaron por continuas hospitalizaciones y un constante debilitamiento de sus fuerzas hasta su muerte.

La defensa apasionada de la vida humana, especialmente todo en condiciones de fragilidad – uno de los rasgos distintivos del ministerio petrino de Wojtyła – encontraba por lo tanto una savia inagotable en el amor materno. Es natural pensar que la figura, muy querida para él, de Gianna Berretta Molla, a quien beatificó en 1995 y luego canonizó en el año 2004, le recordara el ejemplo de su madre que, para defender la vida de su hijo, sacrificó la suya.

Es significativo que los ciudadanos de Wadowice hayan dedicado a Emilia Kaczorowska Wojtyła una obra a favor de las mujeres que, a pesar de las dificultades, custodian el fruto de su maternidad: la Casa de la Madre Sola. “Estoy agradecido – afirmó Juan Pablo II durante la visita a su tierra natal en junio de 1999 – por este gran don de su amor por el hombre y su preocupación por la vida”. “Mi gratitud – continuó – es más grande aún porque esta Casa lleva el nombre de mi madre Emilia. Creo que la que me dio a luz y rodeó mi infancia con amor, también se ocupará de esta obra”.

Tres años después de la prematura muerte de su madre, otro dolor sacude a la familia Wojtyła: la trágica muerte, con sólo 26 años, de Edmund, el querido hermano mayor a quien Karol miraba con admiración. Una figura excepcional que ha sido recordada durante este período marcado por el heroísmo de tantos médicos y enfermeras que arriesgaron sus vidas para tratar a pacientes con coronavirus. Siendo un prometedor médico de guardia en Cracovia, Edmund perdió su vida en 1932 por atender a un joven paciente con escarlatina, una enfermedad para la que no existía ninguna vacuna en ese momento. El joven médico sabía lo que podía ocurrirle, pero como el Buen Samaritano no hizo cálculos a su favor, sino que sólo se ocupó de socorrer al prójimo necesitado. Su muerte, como contó muchos años después, fue un shock para el futuro Papa por las dramáticas circunstancias en las que ocurrió y también porque había alcanzado una edad más madura que cuando perdió a su madre. El ejemplo de ese «mártir del deber» que fue su hermano quedó grabado en la memoria de Karol Wojtyła para siempre. Fue Edmund quien lo animó en sus estudios, le enseñó a jugar al fútbol y, sobre todo, a cuidar de él, junto con su padre, después de la muerte de su madre.

Con sólo doce años, Karol se queda solo junto a su padre, un militar de carrera del ejército polaco. Un hombre bueno y riguroso, con una fe inquebrantable a pesar de las muchas tragedias personales que vivió, que «acompañó» al único hijo restante hasta la edad adulta, a la consolidación de su personalidad enseñándole, en primer lugar a través de la conducta de vida, algunos principios como la honestidad, el patriotismo, el amor a la Virgen María, lo que se convertiría casi en el segundo ADN de Karol Wojtyła.

Es conmovedor el retrato que, siendo ya Obispo de Roma, hizo de su padre en una conversación con su amigo el periodista André Frossard. «Mi padre –comentó Juan Pablo II – fue admirable y casi todos mis recuerdos de mi infancia y adolescencia se refieren a él». El Papa señalaba entonces que los muchos sufrimientos que experimentó en lugar hacer que se encerrara en sí mismo lo abrieron a «inmensas profundidades espirituales». «Su dolor – es el recuerdo del futuro Santo – se hacía oración. El simple hecho de verlo arrodillado influyó decisivamente en mis años de juventud». Una influencia también en su vocación sacerdotal.

En el libro autobiográfico Don y Misterio, publicado significativamente en el 50º aniversario de su sacerdocio, recuerda que con su padre «no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo para mí fue de alguna manera el primer seminario, una especie de seminario doméstico». Y en el libro-entrevista Cruzar el umbral de la esperanza recuerda que su padre le dio un libro en el que había una oración al Espíritu Santo. «Me dijo que la recitara a diario – le confió a Vittorio Messori – así que desde ese día, he estado tratando de hacerlo». Entonces comprendí, por primera vez, lo que significan las palabras de Cristo a la samaritana sobre los verdaderos adoradores de Dios, es decir, sobre los que lo adoran en espíritu y en verdad».

Los años de madurez fueron decisivos para su total entrega al Señor y a la Madre. Karol y su padre vivían entonces en Cracovia, donde el joven estudiaba en la universidad cuando estalla la ocupación nazi. Los sufrimientos de su familia se entrelazaron y se fusionaron con los de la patria polaca, convirtiéndose en uno solo. A la edad de veintiún años, el futuro Papa también pierde a su padre, que murió en una fría noche de invierno el 18 de febrero de 1941, quizás el día más doloroso de su vida. Karol Wojtyła está solo en el mundo. Y sin embargo, gracias al amor, al ejemplo, a la enseñanza de aquellos «santos de la puerta de al lado», como diría Francisco, que fueron sus padres y su hermano, sabe que hay una esperanza que ninguna enfermedad y ni siquiera la muerte pueden abrumar.

En el largo camino de su existencia, en su peregrinar por el mundo anunciando el Evangelio, Karol Wojtyła siempre tuvo a su familia con él. Al igual que su madre, defendió la vida con valentía. Como su hermano, se gastó por los demás hasta el final. Al igual que su padre, no tuvo miedo, porque abrió, es más, abrió de par en par las puertas a Cristo.


Tomado del portal Vatican News