La canoa, el lenguaje de los jóvenes, el tacaño y otras curiosidades

Foto: Paola Benjumea / Archivo EL TIEMPO

El autor realiza un divertido viaje por la historia de algunos vocablos de nuestra lengua.

Por: Juan Gossaín

EL TIEMPO

Estuve a punto de caer desmayado. No era para menos.

Recuerdo perfectamente que era el día de mi cumpleaños. Ya me habían llamado varios amigos y parientes. Era muy temprano, al amanecer, y entonces prendí el computador para ver qué estaba pasando en el mundo.

Lo primero que encontré en mi correo electrónico fue aquel bendito mensaje que no he podido olvidar. Era muy lacónico, no tenía remitente y me hizo pegar un brinco del susto. Solo decía esto: “Don Juan, deseo que ojalá hoy se mate…”.

Me quedé con la boca abierta y viendo un chispero. En mis adentros se atropellaban las preguntas: ¿será una amenaza?, ¿es una broma de mal gusto?, ¿por qué alguien puede querer que me muera?, ¿qué significan esos puntos suspensivos? No salía de mi asombro. Confieso que estuve a punto de llamar a la Policía.

Pasaron como diez minutos. En esas estaba, muerto del pánico y de la confusión, cuando sonó de nuevo la campana del computador y apareció el resto de la frase en minúsculas. Decía así: “…rialicen sus sueños, sus ilusiones y sus esperanzas”.

Solo entonces comprendí lo que había pasado. Me volvió el alma al cuerpo. Por esas curiosidades inexplicables de las ciencias modernas, que son tan prodigiosas y también temibles, la primera vez se había interrumpido el mensaje en la mitad de la palabra “materialicen”, y al cabo del tiempo se había reanudado para continuarla. Parecía una broma mandada a hacer por el mismísimo Satanás.

La tecnología estuvo a punto de ocasionarme un infarto. Cuando me repuse, pude recordar, con una cierta sonrisa de ironía, aquellas atinadas reflexiones de Sigmund Freud, las cuales están circulando por estos días, como una burla del destino, por el mismo internet: “Las palabras tienen un poder mágico. Pueden proporcionar la mayor felicidad o la más profunda desesperanza”.

De Freud a la canoa

Pido permiso a ustedes para pegar un salto desde Freud hasta los verdaderos orígenes de un hermoso vocablo. Aquí entre nos, donde nadie nos está viendo, reconozco que he gastado largos años investigando algo que me ha obsesionado desde niño: ¿cuáles fueron las primeras palabras americanas que tuvieron el honor de ser adoptadas por la lengua española?

El trofeo de haber sido la primera de todas se lo gana una palabra de los indígenas taínos, que procedían del río Orinoco pero se dispersaron por islas y playas del mar Caribe, en lo que hoy son las Bahamas, Haití, República Dominicana y Puerto Rico.
Cortando árboles, y ahuecándolos, los taínos fabricaron sus primeras embarcaciones rústicas, a las que llamaron caná-oua, que significaba, precisamente, ‘árbol hueco’. Los descubridores españoles empezaron a decirles ‘canoas’. Fue la primera palabra del Nuevo Mundo que apareció en el Diccionario de la Academia.

El nuevo lenguaje

Ya que estamos hablando de palabras antiguas, y para que ustedes no me vayan a creer tan anciano, aprovechemos el rato para hablar también del nuevo lenguaje, el que hoy abunda, el de los muchachos en el salón de clases, el de las redes sociales, el de las páginas virtuales, el que está cambiando las formas de expresión.

Francisco Celis Albán, un amigo entrañable, lingüista respetado, autor de diccionarios, editor de EL TIEMPO y quien también padece ataques agudos de estas chifladuras lingüísticas, me escribe para advertir que está surgiendo por esta época lo que él llama “una fiebre periodística-millenialesca de términos que se ponen de moda en la prensa, y nos llenamos la boca repitiéndolos todo el día y para todo, como es el caso de ‘icónico’ o ‘emblemática’. Como si no hubiera más palabras”.

Eso en cuanto a los periodistas. En el resto de la sociedad las cosas no andan mejor. Para no ir más lejos, basta con echarle una ojeada al nuevo lenguaje que están empleando nuestros jóvenes, lo mismo verbalmente que por escrito.

La rebelión juvenil

Voy a decir, de entrada, que a mí esa sublevación de los muchachos con el lenguaje no me parece desastrosa ni condenable. Es el espíritu rebelde que los jóvenes siempre han tenido, a lo largo y ancho de la historia humana. Son altaneros y retadores. Lo cierto es que a esa edad todos hemos sido así.

Hoy en día, cuando escriben por celular o computador, una de sus mayores características es el afán de la abreviatura. Los jóvenes siempre están de carrera. La mamá de Carmencita, viendo que ya ha entrado la noche, le manda un mensaje: “¿Dónde estás, mijita, y en qué andas?”. La hija, que apenas tiene dieciséis años, le contesta por ahí mismo: “St cn jfn y lg ls nv”.

Traducción al anciallano, que es el castellano de los ancianos: “Estoy con Josefina y llego a las nueve”. Y, al final, pone las tres letras que la modernidad ha consagrado en todo el mundo de habla hispana: TQM. Te quiero mucho. En algunas regiones, la letra que va en la mitad no es Q sino K.

En el fondo, es la guerra de la tecnología contra los libros. El afán de resumir el lenguaje y de compendiarlo. Y, como el tiempo no les alcanza para hacerlo todo tan rápido, prefieren la economía, la síntesis, la abreviatura y el sacrificio de los signos de puntuación. Para ellos, las vocales ya no existen. Quién quita que, a lo mejor, sea el anuncio de una transformación histórica, como tantas otras que se han visto a lo largo de la humanidad.

‘El primer primogénito’

Pero si la juventud anda en esas, los mayores no se quedan atrás. En su afán de parecer cultos y de impresionar a los demás, ellos también se dedican a inventar su propio léxico, aunque sin tanta imaginación ni audacia. Son más solemnes y tímidos. El sentido del pudor los hace ser muy cuidadosos. ¿O será el miedo al ridículo? Mire usted: ya hoy nadie dice que va a mantener una conversación, palabra tan bella, sino un conversatorio, palabra tan insípida.

En estos tiempos frenéticos que van corriendo, a una persona decente y destacada, de buenas costumbres y sólidos principios, que es sobresaliente en su profesión o en sus actividades, y que se distingue en la sociedad por esas mismas virtudes, ya no se le dice que es un ejemplo ni se le llama modelo. Ahora le dicen referente, como si fuera el catálogo de una máquina podadora.

Conozco ejemplos realmente insólitos. A un amigo mío le nació su primer hijo hace unos meses. Un pariente suyo, desde Cali, le envió un cálido y generoso mensaje de wasap con estas palabras textuales: “Ojalá que tu próximo primogénito sea tan bello como este primer primogénito”.

Confieso ante ustedes que, a pesar de todos sus despropósitos, aquella frase me pareció bonita. Invadido por la curiosidad, en la acogedora soledad de mi dormitorio, me hice una pregunta: ¿y ese hombre qué creerá que significa la palabra primogénito?

El cují y la paternidad

Otra palabreja que me ha perseguido desde niño, por su misterioso origen y por su propio sentido, es cují. En esta franja de territorio colombiano bañada por las aguas cálidas del mar Caribe, la palabra siempre ha sido un adjetivo que se usa como sinónimo de avaro, tacaño, ruin, mezquino, aquel que –como dicen en mi pueblo– es más duro que un sancocho de tuercas.

Pero he aquí que una mañana de hace ya muchos años, estando en Maracaibo, encuentro que en su lenguaje cotidiano los venezolanos emplean la palabra cují más bien como sustantivo, y con otro sentido, para referirse a un árbol espinoso que equivale al que en Colombia llamamos trupillo.

Pero todavía falta lo más sorprendente. En Panamá, que está apenas a la vuelta de nuestra esquina, me quedé con la boca abierta y los ojos despepitados cuando supe que allí solo utilizan el vocablo cují para describir al hombre aquel al que le atribuyen la paternidad de un niño que no es realmente hijo suyo. La farsa de una paternidad fraudulenta. Nada que ver con la tacañería. ¿Qué tal esa?

El coquí de la rana

Revisando con cuidado las páginas de su diccionario de costeñismos colombianos, encuentro una anécdota curiosa del sacerdote Pedro María Revollo. Dice él que, probablemente, cují es una derivación de la palabra coquí, que en la lengua catalana de España significa exactamente lo mismo: tacaño, avaro, mezquino. Y que debieron haberla traído a América los primeros colonizadores catalanes.

Y para agregarle la última pata que le faltaba al cojo, en el diccionario de la Real Academia Española, el genuino, aparece coquí con otro sentido: dice que es una rana típica de Puerto Rico que se pasa el día entero cantando en los patios con una gran variedad de notas y melodías.

Otro de los grandes lexicógrafos colombianos, Mario Alario di Filippo, descubrió en sus investigaciones que antiguamente, en pueblitos y caminos de la orilla del mar, los niños practicaban un juego llamado cují. Y que los adultos crearon la expresión jugador cují para describir al que hacía una apuesta en los juegos de barajas sin tener dinero para pagar.

Adolfo Sundheim, barranquillero él, comenta en su Vocabulario costeño que el uso de cují como sinónimo de tacaño probablemente se origina en aquel árbol venezolano del que ya hablamos, que tenía la corteza áspera y rasposa. Dice él que, en el siglo diecinueve, era frecuente oír que la gente se refiriera a una persona tacaña diciendo de ella: ‘Es más duro que un cují’. Y desde entonces se volvió sinónimo de avaro, mezquino y roñoso.

Epílogo

No lo duden: los jóvenes están buscando su propia personalidad más con la tecnología que con los sentimientos. También es natural que desaparezcan muchas palabras: ¿quién usa ahora el término telégrafista si el telégrafo ya no existe?

Y, para terminar, déjenme contarles que, como en el caso aquel del primogénito, del cual hablamos hace un rato, ayer me llegó un correo desde Montería, a propósito de mi último libro. El mensaje es hermoso, a pesar de su disparate, porque parece una paradoja escrita por un poeta surrealista francés de los años sesenta. Dice textualmente: “No he podido ver tu libro. Solo he leído lo que me han contado”.

Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO


Tomado del portal del diario EL TIEMPO

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