La filósofa que prefirió la ficción

Foto: Ida Kar (Mary Evans Picture Library / ACI)

El legado de la escritora irlandesa adquiere nueva relevancia a los 100 años de su nacimiento. Recientes ediciones de sus ensayos y novelas ayudan a comprender su reivindicación de la literatura en un mundo dominado por la ciencia

Por: Andreu Jaume

Babelia / El País (Es)

«La literatura hace muchas cosas, la filosofía sólo una”. Con esta concisa respuesta a una pregunta de Bryan Magee, Iris Murdoch (1919-1999) describía la diferencia entre las dos disciplinas a las que había dedicado toda su vida. Fue en un programa de televisión emitido en 1977, cuando Murdoch gozaba de un prestigio intimidante, siendo calificada a menudo como “la mujer más brillante de Inglaterra”. Era entonces conocida sobre todo por sus novelas, pero también se la respetaba en los círculos filosóficos de Oxford y Cambridge, si bien como una pensadora excéntrica y radicalmente independiente. Su caso era y sigue siendo excepcional, puesto que había logrado destacar en dos ámbitos cuya confluencia es a menudo problemática e incluso deletérea. Iris Murdoch fue, por un lado, una novelista divertidísima y, por otro, como ha dicho Martha Nussbaum, una “gran filósofa moral”, una pensadora que se atrevió a enfrentarse a los dogmas de su época, abriendo un pequeño camino propio en el tupido bosque de la filosofía del siglo XX. El centenario de su nacimiento, que se celebra este año, es una buena excusa para volver a su obra y atender otra vez a sus preguntas.

Aunque nació en Dublín, Iris Murdoch pertenecía a una familia protestante y se crio en Londres. A finales de la década de 1930 empezó a estudiar filosofía y lenguas clásicas en Oxford, donde coincidió con una brillante generación de mujeres, como Philippa Foot, Mary Midgley o Elisabeth Anscombe, que acabarían siendo notables filósofas. En Oxford, Murdoch se relacionó también con emigrantes judíos que habían huido de la Alemania nazi, llegando a ser una de las discípulas predilectas del helenista Eduard Fraenkel, que estimuló su competencia en griego y cuyos seminarios sobre Esquilo nunca olvidó. Fue también en aquellos años cuando Murdoch empezó a estudiar a fondo a Platón, a cuya obra nunca dejaría de dar vueltas, sobre todo en lo relativo al concepto del bien. Su vida intelectual, por otra parte, fue tan intensa como su vida sentimental. Fascinada por los demás, como reconocía siempre, no se cansó de enamorarse de muchos hombres y de algunas mujeres, antes y después de su matrimonio en 1956 con el crítico literario John Bayley, su marido hasta el final. Uno de sus amantes más conocidos fue Elias Canetti a quien Murdoch conoció en Londres en la década de 1950, cuando ella empezaba a publicar sus primeras novelas y ensayos. Canetti ejerció una influencia y una fascinación demoniacas en la joven Murdoch, quien moldeó muchos de sus tiránicos personajes masculinos —por los que sentía una especial atracción y que protagonizan algunas de sus mejores novelas— a partir de la imagen de der Dichter, como le llamaba Bayley. Quizá por ello, Canetti, en Fiesta bajo las bombas (2003), unos esbozos autobiográficos publicados póstumamente y que él nunca escribió para que vieran la luz, le dedicó a Murdoch un retrato despiadado y resentido.

Otra de las magnéticas figuras masculinas que a veces se reconocen en sus personajes es la de Ludwig Witt­genstein, a quien Murdoch conoció en Cambridge en 1947, cuando empezó a cursar un posgrado en aquella universidad, después de haber trabajado en Bélgica y Austria para una institución de Naciones Unidas dedicada a ayudar a personas desplazadas por la guerra. En Cambridge, Murdoch profundizó en sus conocimientos de filosofía moderna y entró en contacto con el grupo de amigos y discípulos de Wittgenstein, por cuya obra sintió siempre una mezcla de devoción y repulsa, algo muy propio de su temperamento intelectual, que se negaba a militar en ninguna corriente, abierta siempre a unir extremos y a admitir puntos de vista opuestos a los suyos.

Después de impartir filosofía durante 15 años en Oxford, Iris Murdoch se retiró de la docencia en 1963 para dedicarse casi exclusivamente a su obra. Para entonces ya había publicado varias novelas y algunos ensayos. Como filósofa, se había adentrado con valentía en los vericuetos de las distintas escuelas anglosajonas y europeas. Básicamente, Murdoch constató lo que a su juicio eran tanto las insuficiencias de la filosofía analítica como del existencialismo para dar respuesta a los interrogantes que se le formulaban en la ruina moral de la posguerra. El interés por Platón que había adquirido durante sus años universitarios empezó así a ahondarse y a complicarse, gracias también al descubrimiento de la obra de Simone Weil, que le proporcionó el vocabulario crítico con que elaborar sus teorías acerca de la virtud y del bien en un mundo poscristiano y por tanto sin Dios. Para Murdoch, el bien es un concepto cuya trascendencia se descubre sólo a través de la inmanencia. O dicho de un modo más sencillo, el bien, en un mundo secularizado, es una experiencia misteriosa que cifra su valor tanto en el reconocimiento de su inutilidad como en la aceptación de nuestra finitud. La constatación de que “simplemente estamos aquí” es el fundamento de su ética.

Ocurrió, sin embargo, que a medida que avanzaba en su investigación, Murdoch se dio cuenta de las limitaciones de la filosofía para explorar lo que a ella le interesaba. Como dijo su amiga (y amante) Philippa Foot: “Mientras que a nosotras nos interesaba el lenguaje, a Iris le incumbía la vida moral. Al final nos abandonó”. Y por eso se dedicó cada vez más a la literatura, donde vio mayores posibilidades de estudiar y representar las relaciones entre individuos.

A pesar de que sus 26 novelas se describen a menudo como convencionales, Murdoch en realidad experimentó de un modo muy sutil y radical. Para superar los estragos de las vanguardias y evitar lo que ella llamaba la “literatura neurótica”, ensimismada, Murdoch cultivó un tipo de novela de clara filiación dramática, con mucho diálogo y estructurada por escenas, capaz de albergar a toda la variedad de nuestra condición, con un especial interés por la experiencia amorosa. Para ello, quiso enlazar con algunos grandes novelistas del XIX —sobre todo con George Eliot, Tolstói y Henry James—, pero prescindiendo de la historia o la política y sustituyendo esos componentes por una actualización velada de Shakespeare. Para Murdoch la novela era esencialmente un género cómico en el que lo trágico —entendido según la acepción griega del término— no tenía cabida. Inspirándose en el funcionamiento de las comedias y de los romances tardíos de Shakespeare, escribió, con una fecundidad inaudita y a veces contraproducente, fábulas protagonizadas por la gente de su tiempo, con la intención de reinsertar a los individuos de las modernas democracias liberales en una nueva naturaleza moral. Sus personajes suelen vivir en Londres y son profesores, funcionarios, filósofos mal enamorados, escritores mediocres o jóvenes extraviados. Hay siempre un mago luciferino que ejerce su poder despótico sobre los demás; también un duende, a veces un aspirante a santo, otras un ser angelical, a menudo un bufón, beodo y pelmazo. Todos son sometidos a experiencias extremas —enamoramientos, pérdidas, humillaciones— que ponen a prueba matrimonios y amistades. La lectura es siempre adictiva, por la habilidad de la autora para manejar la trama y aprovecharse de elementos propios del thriller o del folletín. Y en medio de esa desternillante comedia humana, Murdoch consigue abrir un espacio para la búsqueda de la verdad. Su imaginación habita siempre la isla de Próspero.

En La soberanía del bien (1970), su ensayo filosófico más programático, Murdoch dice en un momento que “siempre es pertinente preguntarse acerca de un filósofo: ¿de qué tiene miedo?”. Ella misma se apresura a admitir luego que su propio temor estriba en descubrir que toda su especu­lación acerca del bien sea en realidad un engaño y una ilusión. En ese sentido, sorprende comprobar cómo Murdoch somete sus propias convicciones filosóficas al suplicio de sus ficciones. A menudo inventa personajes con ideas parecidas a las suyas que acaban derrotados y haciendo el ridículo, poniendo de manifiesto así la fragilidad del bien y la insondable complejidad de la naturaleza humana. Como dice Charles Arrowby, el inclemente director de teatro que protagoniza El mar, el mar (1978), probablemente su mejor novela, “las emociones existen realmente en el fondo de la personalidad o en la superficie. En el medio se representan”.

Cuando Iris Murdoch murió, enferma de alzhéimer, en febrero de 1999, el filósofo Charles Taylor —que había sido alumno suyo en Oxford— escribió que era “imposible evaluar su contribución. Su logro es demasiado rico y aún estamos muy cerca de él”. Veinte años después de su muerte, el legado de Murdoch, tanto en su vertiente filosófica como novelística, ha adquirido una relevancia inesperada. Sus reflexiones acerca de la importancia de la literatura y del arte en un mundo dominado por la ciencia, su reivindicación de una espiritualidad sin religión o sus propuestas acerca de la virtud y la contemplación del bien son más concernientes y edificantes que nunca, sobre todo por la inteligencia y la autoridad con que ahora se enfrentan a la banalidad de ideas sólo aparentemente similares. Y su defensa de la novela como espacio dramático de averiguación moral no sólo sigue vigente, sino que constituye un estímulo y un ejemplo de lo que la literatura todavía puede hacer por nosotros.

Andreu Jaume es editor y traductor de ‘La soberanía del bien’ (Taurus), de Iris Murdoch.


Tomado del suplemento Babelia del diario El País (Es)