Lucia Berlin, las mil vidas de una escritora sin tinta para la autocompasión

Foto: Estate Lucía Berlín LP.

En 2015, una antología póstuma convirtió sus cuentos en éxito global. Otra confirma ahora su talento, mordaz y tierno a la vez. Sus memorias llegarán en 2020. Aquí, los hijos de la autora estadounidense recuerdan su lucha contra el alcohol. Además, fotos del arcón familiar.

Por: Raquel Garzón

Revista Ñ / Diario Clarín (Ar)

Cuando Manual para mujeres de la limpieza, una selección de relatos prologada por la exquisita Lydia Davis, se convirtió en la sensación literaria de 2015, Lucia Berlin, su autora, llevaba más de una década muerta y desde el más allá pasó a ser lo que The Vice Reader definió como “la mejor escritora estadounidense de la que jamás oíste hablar”.

Había vivido 68 años que Netflix está demorando en convertir en serie, con la intensidad del reguero de pólvora que arde al comienzo de Misión Imposible. Y había logrado transmutar esa fiebre en 77 cuentos políticamente incorrectos, que rezuman deseo, aventuras, alcohol e infortunios, sin perder jamás el ingenio ni el filo.

Su prosa hipnótica “puede llevarte de los alcohólicos de El Paso a los presos de Oakland con la misma facilidad con que te hace creer que fue capaz de cargar una dosis letal en la jeringa del marido adicto antes de irse al hospital a dar a luz a su hijo”, sintetizó una amiga, la escritora Elizabeth Geoghegan, en The Paris Review. Desde entonces, aquella antología, publicada en español por Alfaguara y elegida en 2016 como el mejor libro del año por el diario El País de Madrid, ha sido traducida a 21 idiomas y hay otras 10 traducciones en camino.

El reciente Una noche en el paraíso, que reúne otros 22 relatos, confirma la calidad de su escritura –mordaz y tierna a la vez–, que abrevó en su amado Chejov la lección de contar sin juzgar a sus criaturas: casi todas protagonistas femeninas, exigidas hasta el grito por realidades impiadosas, pero sin tinta para la autocompasión. Entretanto, esperamos la salida en castellano de Welcome Home, un libro prologado por su hijo Jeffrey, en el que Berlin rebobina en primera persona tres décadas, desde su nacimiento en Alaska en 1936 hasta sus años en el sur de México. Incluye papeles privados, cartas y fotografías y llegará a la Argentina en 2020.

Hasta entonces, Ñ ofrece un recorrido por algunas imágenes de su álbum familiar y testimonios de sus hijos: un puente entre vida y literatura significativo en el caso de Berlin, que “escribía historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco”.

¿Quién es esa chica?

Esa mujer que fuma despampanante y chic en la foto de la solapa de sus libros está en Taos, Nuevo México. La imagen es de de 1963 y la tomó Buddy Berlin, su tercer marido, saxofonista, heroinómano y padre de dos de sus cuatro hijos. “Mi madre era audaz. No tenía miedo de decir su verdad y era muy inteligente. Eso, su sentido del humor y una profundidad que nacía de su curiosidad por el mundo y la vida distinguen todo lo que escribió. De otro modo, serían solo chismes”, afirma David Berlin por teléfono desde California, con un acento mexicano que los años no han borrado.

Durante mucho tiempo, reconoce, tuvo una relación complicada con la obra de su mamá. “Hay un cuento que se llama “Inmanejable” sobre una alcohólica temblorosa a la que se le acaba el vodka en medio de la noche mientras sus niños duermen y sabe que tiene que encontrar una copa o empezará a convulsionar. Es una combinación de varios eventos que pasaron cuando yo tenía 12 o 13 años y mi hermano Dany, 8 o 9. Ella bebía demasiado en esa época y nos afectó muchísimo. Todos los hermanos tuvimos un papel en ese drama. Daniel, el más chico, era el inocente. Yo era el enojado. Jeff, el responsable. Y Mark, que murió hace algunos años, el más sensible, tal vez. Al leerlo me pregunté: ‘¿Por qué está escribiendo esto? Es muy privado, es muy doloroso.’ Ahora, con más perspectiva, veo que es un relato muy bueno”.

Aunque se ha comparado su mirada con la de Raymond Carver, a quien Berlin admiró hasta que, según ella, el viejo Ray empezó a “endulzar los finales”, en una de sus pocas entrevistas señaló como su “mayor influencia” la de los poetas de Black Mountain, como Ed Dorn y Robert Creeley, que le enseñaron a escribir sobre la vida real con los ojos tan abiertos como pudiera, sin tratar de alardear, de ser romántica o graciosa, “dejando a cada historia ser ella misma”.

Y sobre todo, el impacto de Williams Carlos Williams y el deseo de escribir en el lenguaje más claro y simple posible. “Por largo tiempo, le escribí a Williams dentro de mi cabeza, preguntándome si él habría pensado que algo era aburrido o lindo o presumido”, contaba la mujer que por entonces había dejado atrás el alcohol y era una de las profesoras más populares de la Universidad de Colorado.

Lucia Berlin (1936-2004), Brown de soltera, vivió en Alaska, Idaho, Montana, Arizona, Texas, Santiago de Chile (donde aprendió el español durante su primera juventud), Nuevo México, Nueva York, México, California y Colorado. Publicó seis libros de cuentos que abrevaron en vertiginosas experiencias personales (del primer cigarrillo de su vida que le encendió el príncipe Ali Khan en una fiesta en Santiago a las clínicas de rehabilitación en las que intentó dejar de beber hasta lograrlo a fines de los 80), pero salvo un puñado de lectores, que quizás recordaba el American Book Award recibido por las historias perturbadoras de Home Sick (1991), hasta el ruido que hizo Manual para mujeres de la limpieza, el mundo la desconocía.

Berlin, subraya Lydia Davis, empezó a hacer autoficción en los 60, usando sus experiencias en beneficio de la literatura. Tres matrimonios en cinco años. Cuatro hijos, en ocho. Un debut literario a los veintipocos con publicaciones en The Atlantic y The Noble Savage,la revista de Saul Bellow, divorcios, amantes, la rutina de una madre sola con oficios variopintos para subsistir (de telefonista y profesora en escuelas secundarias y en la cárcel a empleada doméstica) alimentan hoy su halo.

“Cuando empecé a escribir, estaba sola. Mi primer marido me había dejado, tenía nostalgia, mis padres me habían rechazado porque me había casado joven y luego divorciado. Escribí simplemente para ir a casa”, explicaba. Por entonces, en los años 60, la escritura era un lugar “donde sentía que estaba a salvo”. Con el tiempo, escribir se transformó en alegría: “Es el sitio en el que soy, donde siento que está mi yo más honesto”, definía en 1996.

“Ella era consciente de que tenía el respeto de muchos de sus compañeros y amigos escritores y estaba agradecida de que la publicaran, pero se sentía ignorada por el mundo editorial en general”, cuenta por mail su hijo Jeff, producto de su primer matrimonio con el escultor Paul Suttman. Jeff es el editor de Welcome Home, la memoria en la que Lucia trabajaba al morir, en noviembre de 2004. Aunque la considera una “voz única”, siente que el redescubrimiento de su madre es parte de un fenómeno generalizado: “El mundo editorial ha tenido más éxito con historias difíciles y desafiantes en los últimos 20 años y hay una mayor aceptación de la ficción de mujeres en general”.

Su hermano David disiente: “Ella sabía que esto iba a pasar. Nadie más que ella. En medio de una crisis de salud, pensando que se iba a morir, me envió una carta: ‘Guarda todo, no tires nada. Porque unos 10 años después de que muera, alguien va a acercarse. Querrán una colección”. Me dio una lista de gente en la que podía confiar para eso, incluso. ‘No pienses que creo que soy una Jane Austen que va a ser más famosa muerta que viva, pero …’. Recuerdo que cuando lo leí pensé: ‘No lo quieren ahorita, ¿por qué lo van a querer en 10 años?’ Pero aquí estamos”.

De todos los mapas que visitan los relatos de Berlin, El Paso, Texas, es el más abominable con una fauna que incluye a un abuelo del Ku Klux Klan, dentista venido a menos al que describe arrancándose de a uno todos los dientes. “Mamá me llamaba la Mala Semilla. Descargaba en mí toda su rabia. Hasta que fui mayor no me di cuenta de que ella y el abuelo probablemente ni siquiera recordaban lo que hacían. Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho morirían de vergüenza”, escribe.

En una carta a su amigo el poeta August Kleinzahler, Berlin ironiza sobre los devastadores años en “ese infierno solitario”: “Bien, aquí estoy en estas escuelas aterradoras y mi papá está en la guerra, mi madre, mi abuelo y mi tío borrachos, mi madre y mi abuelo me están abusando sexual y físicamente (no al mismo tiempo, no eran enfermos ni nada por el estilo). Mi abuela sabía sobre el abuelo, pero en lugar de protegerme, decidió que yo también era una pecadora y era cruel conmigo, más cruel que los demás. (…) La única razón por la que te digo esto es porque sé que he lidiado con estos pocos años ad nauseum. El problema es que cada vez que estoy asustada, herida, miserable, sola o en líos, vuelvo directamente a El Paso”.

Chile, Nueva York y otros mapas

Con el fin de la guerra, llegaron vientos mejores. Una foto de septiembre de 1949 muestra a los Brown –Molly, Mary, Ted y Lucia– a bordo del barco que los llevaría a Chile. Ese sería un territorio de felicidad con toda la opulencia que los dólares pueden comprar: colegios privados, cócteles, estancias. “Cuando mi abuelo volvió de la Segunda Guerra –había estado en la Marina– consiguió trabajo en las minas de Chile. Había rumores de que lo habían mandado por razones políticas. Se decía que estaba ahí para saber qué pasaba…”, cuenta David. En varios relatos, “Buenos y malos” por ejemplo, Berlin afirma que trabajaba para la CIA. “Es muy difícil separarlo de la ficción”, relativiza David, pero lo cierto es que en ese país, la jovencita vivió codeándose con la clase alta y las representaciones diplomáticas.

A mediados de los años 50, Berlin volvió a los EE.UU. y se matriculó en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque, donde gracias a su manejo del español estudió con el novelista Ramón J. Sender. A los 19 años se casó con el escultor Paul Suttman (contra los deseos de sus padres), quien la abandonó en 1957 con un hijo (Mark) y embarazada de Jeff. “Mi madre estaba convencida de que se había casado con ella solo para no ir a la Guerra de Corea”, afirma David. “Era muy controlador. Le decía, incluso, que tenía que dormir boca abajo ¡para corregir su nariz respingada!”, cuenta.

Parte de su vida juntos inspiró los relatos “La casa de adobe con tejado de chapa” y “Lead Street, Albuquerque”. “Cuando él la dejó, de un día para el otro, se pintó los labios de rojo, colgó un póster de Elvis, cambió la música clásica que él oía por James Brown, puso flores en un jarrón, abrió las ventanas y se tiró a fumar con los pies sobre la mesa, con un trago. Él regresó porque había olvidado algo y sorprendido preguntó: ‘¿Pero qué es esto?’ Y ella: ‘¿Pues no me dejaste?’ El chiste es que Suttman había estado fuera por media hora y mi madre ya había cambiado todo”.

En Albuquerque, conoció a los poetas Ed Dorn, una amistad decisiva (en 1994, él la invitaría a trabajar en la Universidad de Colorado, donde fue escritora visitante y finalmente profesora por 6 años), y a los músicos de jazz Race Newton y Buddy Berlin, amigos entre sí desde la universidad, que se convertirían sucesivamente en su segundo y tercer marido. Y empezó a escribir. Newton y Lucia se casaron en 1958 (ella firmó sus cuentos iniciales como Lucia Newton) y se mudaron a Nueva York un año después. “Mis primeros recuerdos son de mi hermano Mark y yo, montando triciclos, alrededor de nuestro loft en Greenwich Village, mientras mamá tipeaba en su Olympia”, escribe Jeff. Para entonces, dice, pensaban que solo escribía cartas porque las enviaba por docenas y parte de la diversión de los chicos era echarlas al buzón. Fueron años de efervescencia, fiestas y museos ( ”Ventisca en Nueva York, ¡sin autos! Camino tirando el trineo de los chicos hacia el MoMa, para ver una retrospectiva de Rothko…”). Por esos años inició su amistad con escritores como la poeta Denise Levertov, que era vecina del matrimonio. Una foto de 1961, la muestra junto a los niños en uno de sus típicos paseos por el Central Park. Ya se había divorciado de Newton. Otro mapa y nuevo hombre: se fue a México con Buddy Berlin, y se casó con él. Guapo, carismático y encantador, Buddy será además el fotógrafo de algunos de los momentos más felices. Acapulco, en 1961: retratos de ella y escenas de juego de los chicos en la terraza del Hotel Mirador (destino favorito para viajes de bodas del galán de su cuento “Las (ex)mujeres). Albuquerque, 1963: una tarde en el zoológico y la postal de Lucia y los niños (que ya eran tres) mirando los patos…

En 1964 recorren México en una combi Volkswagen. David aprende español antes que inglés y un año después nace Daniel, el benjamín. “Mi recuerdo favorito es una puesta de sol en Yelapa centelleando en el saxofón de Buddy Berlin, remolinos de bebop y humo de leña mientras mamá preparaba la cena en un comal, su cara radiante bajo la luz coral (…) mientras nosotros hacíamos los deberes a la luz de un farol oyendo discos rayados de Billie Holiday, descalzos en la arena gruesa”, recuerda en el texto introductorio de Una noche en el paraíso Mark, su primogénito. Se mudaban cada nueve meses más o menos.

La pareja se separó en 1967 (”mamá se cansó de lidiar con las drogas de mi padre; él quería vivir en México y ella no”, resume David), pero Lucia conservó el apellido y siguieron siendo amigos. Ella no volvió a casarse. “El problema del alcohol se agravó cuando dejamos Nuevo México. Fue muy dramático. Tenía novios que la maltrataban, que le robaban, que la golpeaban. Uno de ellos casi la mata, así que nos mudamos otra vez. Desde 1971 nos quedamos en California. Esos eran los tiempos más difíciles para la familia, porque estaba sola, no tenía nada de dinero y tomaba mucho”.

Escribía de madrugada, cuando los chicos dormían, pero de modo irregular. Los trabajos se multiplicaban; intentó varias desintoxicaciones; hubo recaídas hasta que finalmente logró dejar de tomar a fines de los años 80. Todo eso se reflejó en los relatos que comenzó a publicar en libros desde Angel’s Andromat (1981).

¿Hubo en ella una decisión consciente de explorar el borde de todo? “Simplemente sucedió”, responde Jeff. “Estaba escribiendo sobre su vida y siento que muchas veces fue una forma de exorcismo. No creo que pensara en el potencial literario de lo que contaba”. Sobre los que recuerda como “algunos de nuestros peores momentos”, comparte: “Excepto por proporcionar material para sus relatos, el alcohol se interpuso en su camino e hizo que la escritura fuera más difícil. Escribió mejor y más prolíficamente al recuperarse”.

En sus años de profesora en Boulder, Colorado, sus alumnos la idolatraron. Ni siquiera el tanque de oxígeno al que vivió atada los últimos años (la escoliosis que padecía desde la infancia le había perforado un pulmón), le quitó el talante: “Todo el mundo repetía que tenga un buen día, y miraban mi tanque sonriendo como si fuera un caniche o un niño”, le escribió a su amigo Stephen Emerson, amoroso editor de la selección de relatos que convirtió su nombre en una marca global. Y bromeó en una de sus últimas cartas : “Epitafio para mi tumba: Sin aliento”.

Lucia Berlin murió el día que cumplía 68 años en Marina del Rey, California, donde se había mudado para estar cerca de sus hijos. “Manual para mujeres de la limpieza”, el relato que da título a la antología que la hizo famosa, se estructura a partir del recorrido de los colectivos que usa la protagonista para llegar a las casas donde limpia por horas, algo que Berlin hizo para sobrevivir en Oakland y Berkeley a mediados de los años 70. El cuento fue rechazado 13 veces. Pero ella perseveró porque la historia le gustaba.

“El acto de escribir es una conexión, una entrega. Es como contar un chiste: querés que alguien se ría”, definió alguna vez. ¿Su ambición? “Me encanta la idea de una niñita entrando en una biblioteca un día y descubriendo uno de mis libros”.


Tomado de la Revista Ñ del diario Clarín (Ar)

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