‘No podemos desmantelar el orden multilateral’: Josep Borrell

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Entrevista con el canciller de la UE, Josep Borrell. Habla de la crisis por el virus y de Venezuela.

Por: Idafe Martín Pérez

EL TIEMPO

Josep Borrell Fontelles (Puebla de Segur, Cataluña, 1947), español y argentino, es el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad Común, el ‘canciller’ del bloque.

Ingeniero aeronáutico y economista de formación, Borrell tiene una dilatada carrera política que empezó en los años 70 en el Partido Socialista Obrero Español (Psoe). Desde los 80 fue ministro (Fomento y Transportes) en el gobierno de Felipe González y entre 2004 y 2009, eurodiputado, llegando a presidir el Parlamento Europeo entre 2004 y 2007.

Después de dejar la política unos años y dar la batalla contra el nacionalismo catalán, volvió a la primera línea en 2018 como canciller español y el año pasado ascendió al cargo europeo.

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Con un discurso claro y en algunas ocasiones diferente de las posiciones clásicas de Bruselas, Borrell intenta que el bloque mire más allá de su perímetro y que dé más importancia a África y sobre todo a América Latina.

Usted dice que esta crisis, más que un cambio de rumbo, es un acelerador de tendencias. ¿Vamos a un mundo menos globalizado, menos cooperativo?

De momento no hay mucha cooperación. Otras crisis de este tipo se habían resuelto con mucha más cooperación internacional y ahora en cambio estamos asistiendo a una confrontación chino-americana. Más que cooperación hay confrontación.

¿Esta crisis puede hacer que Europa, como en el período 2008-2012, deje de mirar al exterior para centrarse en su problema interno?

La crisis del euro fue la consecuencia de una crisis exterior, sin la cual seguramente no hubiéramos tenido la crisis del euro. Pero es cierto que para resolverla hubo un cierto ensimismamiento, por problemas de arquitectura de nuestra unión monetaria que todavía sigue siendo incompleta.

Ahora, por el contrario, hay una dimensión exterior a la solución de la crisis, porque es difícil imaginar que ninguna parte del mundo pueda superarla sola. Si África, nuestra vecindad inmediata, no controla sanitariamente la pandemia, no nos podemos sentir a salvo porque volverá salvo que interrumpamos sistemática y permanentemente los contactos humanos, lo cual tendría consecuencias mucho más graves. Y desde el punto de vista económico lo mismo.

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Si América Latina y África entran en una recesión grave, como desgraciadamente parece que va a ocurrir, también tendrá consecuencias para nosotros porque somos una gran economía exportadora y para que puedas exportar los demás te tienen que poder comprar.

Comparada con el resto del mundo, Europa vivió lo peor de la crisis. Ya tiene más de 170.000 muertos. ¿Hubo exceso de confianza?

Todo el mundo reacciona con la información de la que dispone. Si el virus hubiera llegado primero a América Latina seguramente en Europa hubiéramos reaccionado mejor. Ustedes, los latinoamericanos, reaccionaron mejor porque vieron las barbas del vecino remojar.

Recuerdo cuando el presidente Donald Trump decía en Davos que eso era una gripe que posiblemente dejaría un par de muertos y en Estados Unidos hay casi 100.000. Es fácil criticar a posteriori pero cada uno ha ido reaccionando en función de lo que ha visto que ha pasado a los demás.

¿La reacción de la Comisión Europea no fue lenta al principio? ¿No se pudieron sentir solos los italianos e incluso los españoles?

Sin duda. Hubo una primera reacción muy de cada país. Pero hasta cierto punto es explicable porque la Sanidad es competencia de los Estados miembros, la Unión Europea no tiene esas competencias. Muchas veces se pide a la Unión Europea que haga cosas que no puede hacer porque no tiene competencias para ello. Y la Sanidad es una de estas cuestiones.

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Al principio cada Estado miembro lo hizo como pudo o supo. Pero después se ha entrado en una fase de convergencia y coordinación. En cuanto a las medidas económicas sí se actuó muy rápido, mucho más rápido que en la crisis del euro.

¿En qué situación quedará Europa en el mundo post-virus?

Hay una confrontación dialéctica, una batalla de narrativas, de quién cuenta mejor la historia y se presenta como el más capaz de resolver problemas como estos, pero que esconde un conflicto potencial por la hegemonía mundial. Europa tiene que estar en una posición autónoma.

Ciertamente compartimos con EE. UU. un mismo sistema político de representación democrática y consideramos a China como la gran potencia que es desde una perspectiva múltiple y compleja. China, inevitablemente, es nuestro gran socio comercial, son más de 1.000 millones de euros diarios, es un competidor económico y tecnológico y también lo hemos calificado de rival sistémico porque tiene un sistema distinto al nuestro.

Y esto todo a la vez. Eso hace que la relación sea complicada y que no se pueda simplificar. Pero no estamos en una confrontación con China.

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  1. UU. anunció que abandona el acuerdo de cielos abiertos, abandonó el acuerdo nuclear iraní, amenaza con salir de la OMC y de la Organización Mundial de la Salud. ¿Hasta qué punto son disruptivos estos movimientos?

Lo son, y mucho. El abandono del tratado de cielos abiertos va a disminuir nuestra seguridad porque permitía establecer relaciones de confianza basadas en una posibilidad de información mutua. Creo que es una muy mala decisión y hemos pedido a EE. UU. que la reconsidere.

Desde el punto de vista comercial necesitamos una instancia que dirima los conflictos comerciales. En una economía globalizada es imprescindible. No podemos desmantelar el orden multilateral. Es cierto que antes de la crisis del virus ya tenía una situación frágil porque responde a unos parámetros del mundo que surge después de la Guerra Fría. Habrá que adaptarlo, pero desmantelarlo a golpe de piqueta no es la solución.

No nos gusta nada que EE. UU. se haya retirado del acuerdo nuclear con Irán ni del acuerdo para el control de las armas nucleares de alcance medio, porque en el alcance medio estamos los europeos. El acuerdo de cielos abiertos fue muy útil por ejemplo durante la crisis de Ucrania.

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Europa apoya en el Club de París una moratoria en el pago de intereses de la deuda de los países más pobres. ¿No debería apoyar una condonación de la deuda de esos países y de economías en desarrollo?

Es cierto que hasta ahora las decisiones han sido muy tímidas. Las decisiones tomadas por el G20 y por el FMI se refieren únicamente a los pagos de intereses, moratorias por seis meses y solamente a los países más pobres.

Hemos pedido al FMI que extienda esas medidas a los países en el grado de desarrollo intermedio, y hay muchos de ellos en América Latina, algunos muy grandes e importantes, que se pueden ver abocados a situaciones de crisis de balanza de pagos si la situación de coma inducido que vive la economía mundial continuara. Pero para ello haría falta que el FMI emitiera nuevos derechos especiales de giro, a lo que desgraciadamente se oponen algunos países, entre ellos EE. UU.

¿Y la Unión Europea unilateralmente, sin pasar por el FMI?

La discusión está sobre la mesa, pero en este momento el gran acreedor de los países en desarrollo es China, principalmente en África.

El anuncio del acuerdo franco-alemán para el fondo europeo de recuperación es un paso importante, ¿pero es suficiente?

De momento no es más que una propuesta de dos países. Cualquier cosa tiene que ser propuesta por la Comisión Europea, que está trabajando en ello y que en pocos días debería ser capaz de presentar una propuesta que lograse la unanimidad (la presentación es hoy).

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La propuesta franco-alemana tiene puntos muy interesantes, como los tenía también el proyecto que presentó el gobierno español. Significa un salto cualitativo en la forma en que se organiza la solidaridad europea.

Hasta ahora esa solidaridad se hacía a base de préstamos. Si usted era un país en dificultades se le ayudaba a que se endeude.

Pero las deudas hay que devolverlas. Ahora se está planteando que, dadas las peculiares características de esta crisis, en vez de ayudar a endeudarse haya transferencias a fondo perdido. Eso es un salto cualitativo. Pero para eso hace falta unanimidad. Estamos en el inicio.

¿Si el plan no está para antes de verano podemos hablar de fracaso?

Vamos a esperar a ver qué propone la Comisión Europea. Francia y Alemania tienen una propuesta. Otros países tienen otras. La Comisión tiene que hacer la síntesis.

Yo quiero creer que seremos capaces de encontrar una solución a la altura del desafío que representa esta crisis, que tiene consecuencias muy diferentes para los diferentes países porque los sectores de actividad económica muy dependientes de la movilidad humana, como el turismo, se ven muy afectados y los países que dependen más del turismo se ven muy afectados y otros no tanto.

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Europa está rodeada de conflictos: Ucrania, Siria, Libia. ¿Tiene los medios para influir en esos conflictos y la voluntad de usar esos medios?

Evidentemente en la crisis siria Europa ha tenido mucha menor influencia que la que han tenido Rusia y Turquía porque la Unión Europea no es una unión militar y no ejerce poder militar en conflictos como el de Siria.

Hemos estado pidiendo una solución política argumentando que no había una solución militar y sin embargo sí ha habido una solución militar impuesta por las potencias que han ejercido la fuerza militar: Rusia y Turquía. Europa es un ‘soft-power’.

¿Y en un país como Libia?

Podemos decir lo mismo. En estos momentos estamos viendo un aumento de la presencia directa e indirecta de Turquía y de Rusia, apoyando a una u otra de las partes en conflicto. Pero la Unión Europea no va a hacer lo mismo, porque no está ni en su diseño ni en sus capacidades.

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¿Debería hacerlo?

¿De dónde viene el deber?

Del interés europeo de controlar un conflicto que le afecta.

Sí, claro. Los conflictos de nuestra vecindad nos afectan, pero la Unión Europea no es una unión militar y no tiene capacidades de intervención militar en el terreno.

¿Y usted cree que debería tener esa capacidad y debería intervenir en esos conflictos que la afectan?

Cada país europeo tiene sus capacidades militares propias y existe una política de construcción de una Europa de la Defensa para coordinar y armonizar esas capacidades, pero de momento el tratado no va más allá de eso.

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Israel parece decidido a anexionarse partes de Cisjordania. ¿Qué respuesta europea se puede esperar?

Hemos estado discutiendo las perspectivas e implicaciones que podría tener una hipotética anexión y 25 países se han pronunciado en la línea de considerar que tal cosa sería contraria al Derecho Internacional, pero 25 países no son la unanimidad.

¿No cree poder convencer a esos dos países?

Mi papel no es convencer. Se trata de construir posiciones lo más comunes posibles. Una política exterior común es distinto de una política exterior única. Europa pasó mucho tiempo con una moneda común (el ecu) que no era única (el euro). Eso fue un salto muy importante.

En política exterior pasa lo mismo. Estamos en la fase de tener cada uno su política exterior y luego compartir parte, construir una política común pero no única. Una política exterior representa una cierta interpretación del mundo. Y esa interpretación del mundo tiene mucho que ver con la historia y con la cultura y cada país europeo tiene la suya.

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Forjar una interpretación común del mundo para países que han tenido historias tan diferentes es una tarea difícil porque tiene que basarse sobre consideraciones de tipo estratégico, de compartir la misma interpretación de las amenazas y extrapolar la propia historia.

En el tema de Israel las divisiones no se van a superar de la noche a la mañana. Pero es importante hacerlo porque si Europa quiere tener una voz en el mundo tiene que estar unida en torno a una interpretación, aceptada por todos los Estados miembros, de cómo funciona el mundo.

La Unión Europea organizó este martes una conferencia de donantes para ayudar a los refugiados venezolanos. ¿Qué pueden esperar de Europa los vecinos de Venezuela que han recibido ya a más de cinco millones de venezolanos?

Tratamos de ayudar a los países receptores a hacer frente a los costes que representa acoger a esta población. Según Naciones Unidas son más de cinco millones. Según el gobierno venezolano no pasan de dos millones. En todo caso son muchos. Es cierto que ahora muchos están intentando volver a Venezuela porque su situación no se ha vuelto fácil en los países de acogida.

Por eso es necesario que la comunidad internacional aporte recursos. Desafortunadamente América Latina no está lo suficientemente presente en la pantalla del radar político de Europa, que está muy concentrada en los problemas de su vecindad inmediata, pero tiene que prestar más atención a lo que pasa en América Latina y en particular a este problema.

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Canalizar ayuda a Colombia es sencillo. ¿Pero cómo se hace llegar la ayuda a Venezuela? Porque Europa reconoce a Juan Guaidó como presidente encargado pero es Maduro quien controla la Administración y el territorio.

Así es, es un hecho objetivo que no es posible ignorar. Pero para eso están los organismos internacionales y las agencias de Naciones Unidas. Cada país donante decidirá qué parte de su ayuda se dedica a la emigración venezolana en los países vecinos o se dedica a hacer frente a la situación dentro de Venezuela, provocada también por las consecuencias de las sanciones económicas. Pero cada país decidirá dónde poner sus recursos.

Europa reconoció a Guaidó como presidente encargado, pero la situación política está totalmente bloqueada. ¿Cuál es el siguiente movimiento?

La situación está bloqueada y hay que llamar al diálogo político. Probablemente las circunstancias creadas por la pandemia y la necesidad de una mayor acción humanitaria deberían facilitar ese diálogo porque las necesidades del pueblo venezolano son muchas y solamente se pueden resolver a través de una normalización de la situación política.

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Ahora vamos a intentar hacer frente a la urgencia humanitaria. Pero después tendremos que volver a plantear el necesario diálogo político que hasta ahora lamentablemente ha fracasado.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Para EL TIEMPO
BRUSELAS


Tomado del diario EL TIEMPO