Tiger, la oscura historia de un deportista único

Foto: Tiger Woods, junto a su caddie Steve Williams tras ganar el Open Británico meses después de la muerte de su padre. ROSS KINNAIRD GETTY IMAGES

Mientras derribaba las barreras sociales y batía todos los récords, el golfista cayó en una espiral de adicciones y destrucción. Una minuciosa biografía reconstruye esta odisea

Por: Juan Carlos Galindo

EL PAÍS (ES)

En octubre de 1978, un niño de dos años maravilló al público estadounidense con su aparición en el show de Michael Douglas, donde mostró un swing de golf perfecto. Con cinco años, Eldrick Tiger Woods destrozaba campos de pares tres y lucía maneras de profesional en el popular programa televisivo That’s Incredible. A los 12 había practicado más de 10.000 horas. El joven Woods siguió batiendo récords año a año. Tras haber sido el primero en ganar tres veces el U.S Amateur, en 1997 se anota su primer major como profesional, el Masters de Augusta. Nadie lo había hecho tan pronto ni con tanta diferencia. Era el inicio de un dominio único en la historia del deporte. Su popularidad era mayor que la de Michael Jordan; su origen étnico le convertía en una gran esperanza para muchos. Era El elegido, como no se cansaba de repetir su padre Earl, figura monstruosa y dominante. Jack Nicklaus, 18 grandes en su haber, reconoció en 1999 que no había visto nada igual. Su eclosión le convirtió en el deportista mejor pagado de la historia y, de paso, hizo millonarios a cientos de golfistas que vieron cómo los premios y los patrocinios se multiplicaban. Nike y la agencia IMG construyeron un imperio a su alrededor. Pero, mientras la leyenda deportiva crecía la vida privada de Tiger se oscurecía. “La dinámica de la familia Woods convirtió a Tiger en el deportista más misterioso de su tiempo. Un enigma obsesionado con su privacidad que consiguió dominar el arte de ser invisible a vista de todos”, resume Jeff Benedict, autor junto a Armen Keteyian de Tiger Woods (Contra), una biografía no oficial, un relato preciso y multidisciplinar del auge y caída de un deportista único.

El 27 de noviembre de 2009, a las 2.25 de la noche, un accidente dejó a Woods inconsciente sobre el asfalto tras huir de su casa después de que su esposa Ellin Nordegren descubriera una de sus infidelidades. Era el principio de un escándalo que se llevó por delante su imagen y su carrera. Luego vino la resurrección. Gracias a más de 250 entrevistas durante más de tres años Benedict y Keteyian tratan de comprender la grandeza y la miseria de “una persona extraordinariamente compleja, de un golfista único en la historia”, según resume Benedict por teléfono.

No se puede entender nada de la increíble historia de Tiger Woods, que no ha querido hablar con los autores, sin aproximarse a la figura de Earl, su padre, el creador del mito. El libro se inicia en un cementerio en Kansas donde la familia Woods entierra al patriarca en secreto, en una fosa sin lápida. Antiguo boina verde, veterano de Vietnam, Earl Woods era un alcohólico lenguaraz y mujeriego, un hombre que construyó durante años la mentalidad ganadora de su hijo a través de entrenamientos que rozaban el maltrato y que caían continuamente en las peores humillaciones. Sin embargo, de una forma compleja, Tiger lo admiraba y la sombra que proyectaba sobre la figura de su hijo solo encogió en los últimos años de su vida.

Tiger creció en una familia en la que él y sus éxitos eran lo único que mantenía juntos a sus padres. Kutilda, su madre, le enseñó a no tener piedad con los rivales, a ser un “asesino”. Era ella quien lo llevaba a los torneos, quien anotaba cada golpe, quien siguió con él en la caída. “Lo ideal es que los padres se esfuercen porque los niños sean populares por las razones correctas, hagan amigos, sean respetuosos. Pero Tiger recibió muy poco de todo eso. En su lugar, Earl y Kutilda crearon un universo alternativo para su hijo, uno en el que ellos controlaban todo y él era el pequeño emperador que algún día sería el mejor del mundo”, resumen los autores. Lo terrorífico es que funcionó, al menos en lo deportivo. Pero tras el escándalo que supuso conocer la adicción al sexo de Tiger, su red de mentiras y manipulaciones, su vida oculta en clubes nocturnos y hoteles de lujo, se vio la persona que era fuera del campo, cuando espectadores, entrenadores, asesores y agentes desaparecían: alguien vulnerable y frágil, un hombre extremadamente solitario que, en el fondo, se había pasado la vida solo.

Obsesión militar

La existencia de Tiger solo tenía sentido en los 18 hoyos, con cada récord batido. Su búsqueda de sentido más allá le llevó, por ejemplo, a plantearse dejarlo todo y unirse al ejército. Obsesionado con emular a su padre, tras su muerte en 2006 Tiger se perdió en las montañas del sur de California para entrenarse con un grupo de SEALS. Ya lo había hecho antes, pero esta vez quedaban 15 días para el US Open. Por primera vez en 37 grandes, Tiger no se clasificó para el fin de semana. Un mes más tarde ganó el Open británico con 18 golpes bajo par y una de las mayores exhibiciones de la historia del golf. En 2008, con su vida a punto de derrumbarse, sin ligamento anterior cruzado en una rodilla y con dos roturas en la tibia, ganó el US Open, su decimocuarto grande. Así escribió su leyenda en el campo.

Tiger volvió a jugar en Augusta en 2010, tras meses de terapia contra las adicciones y búsqueda. Estaba más relajado, más sonriente, no parecía el mismo. Entonces su agente le dijo que, si quería ganar, tenía que dejar de ser “tan majo”. Tiger se divorció, pero pasó mucho tiempo con sus hijos, tenía por primera vez otras cosas en la vida y no arrasaba en el campo. La pregunta en torno a Woods es siempre la misma. ¿Es incompatible ser el mejor de la historia y ser un buen tipo? “Para nada”, comenta Benedict, “nadie ha estado en la posición de Tiger. Pero es muy difícil ser el mejor del mundo en algo y no meterse en situaciones comprometidas”.

El infierno de Tiger continuó. En los años siguientes, los dolores de espalda no le permitían casi andar y su golf parecía el de un amateur. El 29 de mayo de 2017 fue detenido por conducir bajo un fuerte cóctel de opiáceos que podría haber sido mortal. Toca fondo de nuevo, a lo grande. Sin embargo, tras la cuarta operación de espalda reaparece. En 2018 una multitud invadió el campo en el hoyo 18 de East Lake para celebrar su victoria Tour Championship. Solo la seguridad privada evitó que sea aplastado, pero no dejó de sonreír. En 2019 su décimoquinto grande, el Masters de Augusta, a los 43 años, en el que quizás fue el regreso más impresionante de la historia del deporte. No hay nada que guste más a un aficionado que una relato de redención y resurreción. Tiger ha encarnado varias. El libro termina antes de esta última. “La belleza de la victoria en Augusta es que va más allá del deporte”, resume Benedict. ¿Existe un nuevo Tiger? El último capítulo de la historia está todavía por escribir.

AMIGO DESAGRADECIDO, CLIENTE DÉSPOTA

Tiger creció creyendo que todo lo que quisiera estaba a su alcance, que el mundo le debía devoción. Eso limitó y complicó mucho su relación con la gente, como ha reconocido tras su rehabilitación. Rodeado de guardaespaldas, en el circuito era intocable incluso para sus compañeros. Cuando terminaba una relación, era por las bravas y para siempre. La mayoría de las veces, ni se despedía. Así ocurrió Dina, su primera novia, a la que apartó de su vida de un día para otro; su entrenador de Stanford; el periodista que cubrió sus hazañas desde niño; su abogado; el entrenador que le dio el swing que le hizo invencible; el caddie con el que ganó 13 grandes… la lista es enorme. Dos historias con Mark O’Meara, uno de sus pocos amigos golfistas, ilustran cómo iba por la vida. Tras años de aguantar a su lado y ser su guía, en 2015 el O’Meara ingresó en el Salón de la Fama. Tiger estaba en St Andrews para jugar el Open pero no acudió al acto que coronaba la carrera de su amigo. “Tarde o temprano te tienes que comportar como un ser humano”, le dijo entonces. Antes, durante años Tiger se había quedado en la casa de Augusta que alquilaba la familia O’Meara durante el torneo. Nunca pagó nada por ella. Cuando se cruzó con la dueña, Peggy Lewis, ni la saludó. El primer año que acudió sin O’Meara, la casa sufrió graves daños. Nunca pidió perdón, nunca agradeció nada. Así era el antiguo Tiger.


Tomado del portal del diario EL PAÍS (ES)

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