Cambio climático: cómo la industria del petróleo nos ha hecho dudar sobre el calentamiento global (usando la estrategia de las tabacaleras)

Foto: La industria petrolera ha usado campañas de confusión sobre el cambio climático. Algo parecido a lo que hicieron las compañías tabacaleras.

A medida que el cambio climático se convierte en un foco de las elecciones estadounidenses, varias empresas energéticas están acusadas de minimizar su responsabilidad en el calentamiento global.

Phoebe Keane BBC News

El pasado mes de junio, el fiscal general del estado de Michigan en Estados Unidos demandó a la compañía petrolera ExxonMobil y a otras por llevar a cabo «campañas fraudulentas» en las que intentaban restar importancia a la evidencia científica detrás del calentamiento global.

Pero, ¿qué hay detrás de estas acusaciones? ¿En qué se parece este caso al de la industria tabaquera, cuando hace décadas trató de maquillar los efectos nocivos del tabaquismo?

Para entender lo que sucede hoy hay que remontarse 40 años atrás.

Incoherencias

Marty Hoffert se inclinó hacia la pantalla de su computadora. No podía creer lo que estaba viendo. Era el año 1981 y entonces trabajaba en un área científica considerada nicho.

«Éramos solo un grupo de cerebritos con grandes computadoras», dice ahora, recordando aquel momento.

Pero sus hallazgos eran alarmantes.

«Creé un modelo que mostraba cómo se estaba calentando la Tierra de forma muy significativa. Y ese calentamiento provocaría cambios climáticos sin precedentes en la historia humana. Me explotó la cabeza».

Marty Hoffert fue uno de los primeros científicos en crear un modelo para predecir los efectos de la acción humana sobre el cambio climático. Lo hizo mientras trabajaba para Exxon, una de las compañías petroleras más poderosas del mundo, que después se fusionaría con Mobil.

Entonces Exxon gastaba millones de dólares en una investigación innovadora. Quería liderar la carrera científica emergente para comprender cómo el calentamiento global causaría cambios en el clima que dificultarían la vida humana.

Hoffert compartió sus predicciones con sus superiores, mostrándoles lo que ocurriría si continuaba la quema de combustibles fósiles en carros, camiones y aviones.

Fue entonces cuando notó ciertas incoherencias entre los hallazgos de Exxon y algunas declaraciones públicas de los jefes de la compañía.

Por ejemplo, la del antiguo director ejecutivo Lee Raymond, quien dijo que «actualmente, la evidencia científica sobre si las actividades humanas tienen un efecto significativo en el clima es inconclusa».

«Decían cosas que contradecían a sus grupos de investigación de clase mundial», afirma Hoffert.

Enojado, el científico abandonó Exxon y se convirtió en académico líder en este campo.

«Lo que hicieron fue inmoral. Sembraron dudas sobre el cambio climático cuando sus propias investigaciones confirmaban lo grave que era la amenaza».

Entonces, ¿qué fue lo que cambió?

Acción política

Las temperaturas altas récord del caluroso verano de 1988 fueron la clave. La gran noticia se difundió. De acuerdo al científico de la NASA Jim Hanse, «el efecto invernadero se había detectado y estaba cambiando nuestro clima».

Los líderes políticos tomaron cartas en el asunto. En Reino Unido, la primera ministra Margaret Thatcher reconoció la amenaza global: «El desafío medioambiental que involucra a todo el mundo requiere una respuesta equivalente por parte de todo el mundo».

En 1989, el jefe de estrategia de Exxon, Duane Levine, redactó una presentación confidencial para el directorio de la empresa. Se trata de uno de los miles de documentos de archivo de la compañía que luego fueron donados a la Universidad de Texas en Austin.

«Estamos comenzando a escuchar el inevitable llamado a la acción», decía el documento y añadía que debían darse «pasos draconianos irreversibles y costosos«.

Kert Davies ha revisado los archivos de Exxon. Solía ​​trabajar como director de investigación en la organización activista Greenpeace, donde investigó la oposición empresarial al cambio climático.

Esto le inspiró a crear el Centro de Investigaciones Climáticas.

«Les preocupaba que el público tomara acción y promulgara cambios radicales en la forma en que consume energía y se afectara su negocio», explica.

Añade que este miedo también se puede ver en otro documento del archivo que establece la llamada «posición de Exxon», que debía «enfatizar la incertidumbre» sobre el cambio climático.

Lucha judicial

Algunos investigadores afirman que esto fue solo el comienzo de varias décadas de campañas para influir en la opinión pública y sembrar incertidumbre sobre el cambio climático.

En junio de 2020, el fiscal general de Minnessota, Keith Ellison, demandó a ExxonMobil, el Instituto Americano del Petróleo (API) e Industrias Koch por engañar al público.

La demanda argumenta que «documentos desconocidos previos confirman que los imputados tenía bien entendidos los efectos devastadores que sus productos causarían al clima».

Agrega que, a pesar de contar con esta información, la industria «ejecutó estrategias de comunicación públicas que no solo eran falsas, sino también altamente efectivas», que servían para «deliberadamente restar importancia a la ciencia» detrás del cambio climático.

Las acusaciones en contra de Exxon y otros, que la compañía ha calificado de «sin fundamento», se basan en las investigaciones que durante años han llevado a cabo personas como Kert Davies o Naomi Oreskes, profesora de historia de la ciencia en la Universidad de Harvard.

«En vez de aceptar la evidencia científica, decidieron luchar en contra de los hechos«, dijo Oreskes.

Campaña de incertidumbre

En el mismo año de la presentación de Levine, en 1989, muchas compañías energéticas e industrias dependientes de combustibles fósiles se juntaron para formar la Coalición Global por el Clima, que involucró a políticos y medios estadounidenses.

Luego, en 1991, el organismo comercial que representa a las empresas eléctricas en los Estados Unidos, el Instituto Edison Electric, creó una campaña llamada Consejo de Información para el Medio Ambiente (ICE) que tenía como objetivo «Reposicionar el calentamiento global como teoría (no como hecho)«.

Algunos detalles de la campaña se filtraron al periódico The New York Times.

«Ejecutaron campañas publicitarias diseñadas para socavar el apoyo del público, enunciando cosas como: ‘bueno, si el mundo se está calentando, ¿por qué Kentucky se está enfriando?’ Hicieron preguntas retóricas con el propósito de crear confusión y dudas», explicó Oreskes.

El Edison Electric Institute no respondió a las preguntas sobre el ICE, pero le dijo a la BBC que sus miembros están «liderando una transformación de energía limpia y están unidos en su compromiso de obtener la energía que proporcionan lo más limpia posible».

En 1990 hubo muchas campañas de este tipo.

La industria planeó «identificar, reclutar y capacitar a un equipo de cinco científicos independientes para participar en la divulgación de los medios».

Esta fue una táctica importante que asumía que el público sospecharía si la propia industria petrolera desestimaba el cambio climático, pero confiaría en la opinión de científicos aparentemente independientes.

Las compañías impulsaron a estos científicos a participar en debates de televisión, confundiendo a la audiencia general con detalles técnicos complejos.

El problema es que algunos de estos científicos que se mostraban escépticos sobre el cambio climático estaban recibiendo dinero de la industria petrolera.

Bob Brulle, profesor emérito de la Universidad de Drexel en Estados Unidos, estudió la financiación del «movimiento en contra» del cambio climático. Identificó 91 instituciones que negaron o restaron importancia a los riesgos del cambio climático, incluyendo al Instituto Cato y el ya desaparecido Instituto George C. Marshall.

Brulle descubrió que, entre 2003 y 2007, ExxonMobil dio US$7,2 millones a estos organismos. Mientras, entre 2008 y 2010, el Instituto Americano del Petróleo donó casi US$4 millones.

En un reporte de 2007, ExxonMobil aseguró que cortaría la financiación a estos grupos en 2008.

Por supuesto, muchos investigadores argumentarían que ese dinero no influyó en sus investigaciones en contra del cambio climático. Parece que algunos tenían otra motivación.

Y es que la mayoría de las organizaciones que se oponían o negaban la ciencia del cambio climático eran expertos de derecha, que solían estar en contra de las regulaciones.

Estos grupos fueron aliados convenientes para la industria petrolera, ya que tenían motivos ideológicos para pronunciarse en contra de la lucha contra el cambio climático.

Confusión prolongada

Jerry Taylor pasó 23 años en el Instituto Cato, uno de esos think tanks de derecha. Antes de irse en 2014, aparecía regularmente en televisión y radio, insistiendo en que el cambio climático era incierto y que no había necesidad de actuar.

Ahora reconoce que sus argumentos estaban basados en una mala interpretación de la evidencia científica y lamenta el impacto que ha tenido.

«Durante 25 años, los escépticos climáticos como yo convertimos en una cuestión central de identidad ideológica que si uno cree en el cambio climático, entonces es por definición un socialista. Eso es lo que han hecho los escépticos climáticos«.

La BBC preguntó al Instituto Cato sobre su trabajo sobre el cambio climático, pero este no respondió.

Esta división ideológica ha tenido consecuencias de gran alcance.

Encuestas realizadas en mayo de 2020 mostraron que solo el 22% de los estadounidenses que votan por los republicanos cree que el cambio climático es provocado por el hombre, en comparación con el 72% de los demócratas.

Desafortunadamente, muchos de los «científicos expertos» citados por los periodistas para tratar de ofrecer un equilibrio en su cobertura del cambio climático, como Jerry Taylor, estaban haciendo argumentos basados ​​en sus creencias más que en investigaciones relevantes.

«Por lo general, estas personas tienen algunas credenciales científicas, pero en realidad no son expertos en clima», dice la historiadora de Harvard Naomi Oreskes.

Orenkes comenzó a investigar los antecedentes de los principales escépticos del clima, incluido Fred Seitz, físico nuclear y expresidente de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU.

Descubrió que él era profundamente anticomunista, y que creía que cualquier intervención del gobierno en el mercado «nos pondría en la pendiente resbaladiza del socialismo».

También descubrió que había participado activamente en los debates sobre el tabaquismo en la década de 1980.

El «manual del tabaco»

«Nos dimos cuenta de que no se trataba de un debate científico. Una persona con experiencia en el cambio climático no sería de ninguna manera un experto en oncología, salud pública, enfermedades cardiovasculares o cualquiera de los temas clave asociados con el tabaco. Que las mismas personas estuvieran involucradas en ambos debates fue una pista de que algo sospechoso estaba sucediendo«, dice Oreskes.

La historiadora pasó años revisando los archivos del tabaquismo en la Universidad de California en San Francisco. Contiene más de 14 millones de documentos que se pusieron a disposición gracias a un litigio contra empresas tabacaleras estadounidenses.

Décadas antes de que la industria energética intentara socavar el cambio climático, las empresas tabacaleras habían utilizado las mismas técnicas para desafiar los vínculos emergentes entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón en la década de 1950.

La historia comenzó en las navidades de 1953. Los líderes de las tabacaleras se reunieron en lujoso Hotel Plaza de Nueva York para discutir el nuevo peligro que amenazaba su modelo de negocio.

Los detalles de las conversaciones fueron registrados en documentos escritos por el gurú de las relaciones públicas John Hill, de la consultora global Hill and Knowlton.

Revistas de gran difusión como Readers Digest y Time Life habían comenzado a publicar artículos sobre la asociación entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón.

Los investigadores que habían descubierto que los ratones de laboratorio pintados con alquitrán de cigarrillos tenían cáncer estaban atrayendo cada vez más atención mediática.

Como escribió John Hill en el documento de 1953, «los vendedores de la industria están frenéticamente alarmados y la caída de las existencias de tabaco en el mercado de valores ha causado una gran preocupación».

Hill recomendó luchar contra la ciencia usando la propia ciencia.

Un documento posterior de la compañía tabacalera Brown y Williamson resumió este enfoque: «La duda es nuestro producto, ya que es el mejor medio para competir con el ‘conjunto de hechos’ que existe en la mente del público en general».

Oreskes destaca que el poder de la duda es vital.

«Se dan cuenta de que no pueden ganar esta batalla haciendo una afirmación falsa que tarde o temprano quedaría al descubierto. Pero si pueden crear dudas, eso sería suficiente, porque si la gente está confundida sobre el tema, hay una buena posibilidad de que ‘sigan fumando'».

Hill recomendó la creación del «Comité de Investigación de la Industria del Tabaco» para promover «la existencia de opiniones científicas de peso que sostienen que no hay pruebas de que fumar cigarrillos cause cáncer de pulmón».

Como en el debate sobre el cambio climático décadas después, el objetivo era enfrentar científicos contra otros.

«El propósito de estos programas no era promover la comprensión científica, era crear suficiente confusión como para que el pueblo estadounidense dudara de la evidencia científica existente», explica Oreskes.

Los periodistas eran uno de los principales objetivos de la industria tabacalera.

El Comité de Investigación de la Industria del Tabaco celebró reuniones en sus oficinas del Empire State con los principales editores de periódicos. Incluso persuadió a uno de los periodistas televisivos más famosos de la época, Edward R. Murrow, para que entrevistase a sus expertos.

Al igual que sucedería después con el cambio climático, para la audiencia era difícil formar una opinión cuando los científicos se contradecían entre sí.

Crear incertidumbres estaba dando éxito. Durante décadas, ninguno de los retos legales contra las compañías tabacaleras prosperaron.

En parte, se debió a la efectividad de esta campaña de incertidumbre, como apunta un memorándum interno de la firma de tabacos RJ Reynolds de mayo de 1979:»Gracias al testimonio científico favorable, ningún demandante ha cobrado un centavo de ninguna compañía tabacalera en juicios que afirmen que fumar causa cáncer de pulmón o enfermedades cardiovasculares, a pesar de que se han presentado 117 casos de este tipo desde 1954 «.

Pero la presión sobre las industrias tabacaleras continuó intensificándose.

En 1997, la industria pagó US$350 millones para resolver una demanda colectiva presentada por asistentes de vuelo que habían desarrollado cáncer de pulmón y otras enfermedades que, según ellos, eran causadas por el humo de cigarrillo de los pasajeros.

Este acuerdo allanó el camino a una resolución histórica en 2006, cuando la jueza Gladys Kessler declaró culpables a las empresas tabacaleras estadounidenses de tergiversar de manera fraudulenta los riesgos para la salud asociados con el tabaquismo.

Kessler detalló cómo la industria «comercializó y vendió sus productos letales con celo, con engaño, con un enfoque único en su éxito financiero, y sin tener en cuenta la tragedia humana o los costos sociales».

Puede que las compañías tabacaleras hayan perdido su batalla para ocultar los efectos dañinos del tabaquismo, pero la campaña de confusión diseñada por John Hill y sus colegas demostró ser muy efectiva.

«Lo que escribió es el mismo memorando que hemos visto posteriormente en múltiples industrias», dice David Michaels, autor de El triunfo de la duda, un libro que detalla cómo las industrias de plaguicidas, plásticos y azúcar también han utilizado estas tácticas.

«Lo llamamos ‘el manual del tabaco’ porque esta industria lo desarrolló con mucho éxito», dice.

«Hicieron un producto que mató a millones de personas y la ciencia ha demostrado eso con solidez durante muchos años. Pero a través de esta campaña para generar incertidumbre, retrasaron primero el reconocimiento formal del terrible impacto del tabaco y luego retrasar la regulación y derrotar los litigios durante décadas, con consecuencias obviamente terribles», agrega Michaels.

Hill and Knowlton fue consultado sobre su trabajo para las compañías tabacaleras, pero no respondió.

Poca confianza en la ciencia

La empresa petrolera ExxonMobil dijo a la BBC mediante un comunicado que «las acusaciones sobre la investigación climática de la compañía son inexactas y deliberadamente engañosas».

«Durante más de 40 años, hemos apoyado el desarrollo de la ciencia climática con gobiernos e instituciones académicas. Ese trabajo continúa hoy de una manera abierta y transparente. Las declaraciones deliberadamente seleccionadas atribuidas a un pequeño número de empleados sugieren erróneamente que se llegaron a conclusiones definitivas hace décadas».

ExxonMobil agregó que recientemente ganó el caso judicial presentado por el fiscal general de Nueva York, que había acusado a la compañía de contabilizar de manera fraudulenta los costos de la regulación del cambio climático.

Pero académicos como David Michaels temen que el uso de la incertidumbre en el pasado para confundir al público y socavar la ciencia haya contribuido a una peligrosa erosión de la confianza en hechos y expertos en todo el mundo hoy en día.

Como ejemplo, cita las actitudes de la sociedad hacia temas modernos como la seguridad del 5G, las vacunas y el coronavirus.

«Al manipular cínicamente y distorsionar la evidencia científica, los fabricantes de dudas han sembrado en gran parte del público sobre la ciencia, lo que hace mucho más difícil convencer a la gente de su utilidad y vital importancia. No hay duda de que esta desconfianza hacia la ciencia y los científicos hace que sea más difícil detener la pandemia de coronavirus».

Parece que el legado del «manual del tabaco» sigue vivo.


Tomado de portal BBC Mundo