De la esperanza al dolor: hace 29 años mataron a Bernardo Jaramillo

Foto: Archivo / El Tiempo

El asesinato del líder de la Unión Patriótica fue declarado de lesa humanidad. Recordamos quién era.

En la memoria de parte de una generación colombiana está grabado un eslogan que representa al mismo tiempo esperanza y dolor: “Venga esa mano, país”. Esa frase encabezaba el afiche verde con el que la Unión Patriótica (UP) hacía campaña presidencial en favor de su candidato, Bernardo Jaramillo Ossa. «Porque Colombia es un sueño de todos», era el otro eslogan en la pieza en la que se veía al entonces líder de la UP con una camisa amarilla lanzando un saludo con su mano arriba. «Bernardo Jaramillo, presidente», cerraba el afiche. Pero a Jaramillo lo mataron, un día como hoy, y el sueño de esa colectividad política se sumió todavía más en la frustración por el asesinato sistemático de sus miembros, desde los de base, hasta sus candidatos presidenciales.

La esperanza

Serían los últimos años del bipartidismo. La izquierda irrumpía como una tercera opción después de años de disputa política entre liberales y conservadores. El gobierno de Belisario Betancur emprendió procesos de paz con las guerrillas, y de la conversación con las Farc surgió, en 1985, el partido político Unión Patriótica. Del seno de este partido, un manizaleño católico, abogado de profesión y militante comunista, emergería como figura de liderazgo nacional: su nombre era Bernardo Jaramillo Ossa.

Había nacido en 1955, en Caldas, donde comenzó su formación política desde la juventud. Su «vena contestataria» venía de su abuelo paterno, quien había sido un líder comunista, según le dijo Bernardo Jaramillo Ríos a EL TIEMPO en el 2015, cuando se cumplieron 25 años del asesinato.

Desde esa época ingresó a la Juventud Comunista (Juco), donde llegó a roles de liderazgo, mientras adelantaba su carrera de Derecho en la Universidad de Caldas.

A comienzos de los años 80, fue concejal del Partido Comunista Colombiano (PCC) en Apartadó, municipio del Urabá antioqueño donde los movimientos de izquierda eran fuertes de la mano del movimiento sindical bananero. Para ese entonces, el PCC no había roto su vínculo como brazo político de las Farc. Sin embargo, la formación política de Jaramillo lo llevó a alejarse a través de los años de la idea de la lucha armada. Aún más: lo convirtió en contradictor de esta, así como de la idea de la «combinación de formas de lucha» defendida por las Farc.

Luego, en 1986, Jaramillo fue elegido como representante a la Cámara por Antioquia, esta vez como miembro de la Unión Patriótica. En sus primeras elecciones, este movimiento marcó un hito al lograr elegir 14 congresistas, 18 diputados y más de 300 concejales en todo el país. Pero la respuesta a este ascenso de parte de sectores de extrema derecha iba a ser la violencia física, que ya se venía ejerciendo desde 1985, pero que se profundizó en 1987 con la práctica de la «guerra sucia», es decir, la persecución irregular a personas en condición civil hasta el punto del asesinato, por parte de actores paramilitares aliados en muchos casos con agentes del Estado.

Fue entonces cuando asesinaron a al excandidato presidencial de la UP, Jaime Pardo Leal, el 11 de octubre de 1987. Jaramillo Ossa fue su reemplazo como presidente del partido. Al año siguiente, sería elegido representante a la Cámara por Antioquia.

Tanto desde su curul como desde su liderazgo, y en el contexto de persecución a la UP, Jaramillo buscó ampliar la Unión Patriótica, así como alejarse cada vez más de las Farc, como una medida para evitar que sus miembros siguieran siendo asesinados. No se trataba de un capricho suyo, sino del espíritu de la época, pues por esos años estaba ocurriendo la Perestroika, que fue la serie de reformas económicas que precedió a la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La izquierda empezaba a despojarse de sus viejos modelos y Jaramillo no era la excepción.

Pero así como buscaba desmarcarse de las Farc, pedía airadamente al establecimiento que combatiera efectivamente al paramilitarismo. En un conocido discurso, lo dijo de esta manera:

«No se puede hablar de paz, ni ser consecuente con la paz, cuando no se castiga ejemplarmente a los miembros del Estado comprometidos con la violencia hacia la población civil».

El tiempo le daría la razón. El paramilitarismo era entonces una amenaza real con tentáculos que para parte de la sociedad colombiana eran desconocidos o improbables. Luego, quedaría probada la participación de agentes estatales, no solamente en la persecución de la Unión Patriótica; en muchas de las acciones de la década siguiente.

Así llegaron los años 90, con la relativa apertura política que resultó de la desmovilización del M-19, un movimiento con el que Jaramillo llegó a pensar en la posibilidad de alianzas políticas. Pero también, y sobre todo, con la oposición de sectores asociados al narcotráfico y al paramilitarismo que estaban dispuestos a torpedear esa apertura política. Habían pasado pocos meses desde el asesinato de Luis Carlos Galán y se acercaban unas nuevas elecciones presidenciales.

Jaramillo fue entonces el candidato de la Unión Patriótica. Su convicción no era ganar. Él ya daba por triunfador a César Gaviria. Su objetivo era ser una «piedra en el zapato», pero no alcanzó.

El dolor

«Yo pienso que -con toda serenidad lo digo y a veces con frialdad-, que yo sé que me van a asesinar», dijo Jaramillo Ossa en una entrevista que resultaría siendo profética.

El 22 de marzo de 1990, a las 8:05 a.m., cuatro balas atravesaron su cuerpo, pese a que estaba rodeado por un equipo de 16 escoltas del DAS. Un joven de 16 años, Andrés Arturo Gutiérrez Maya, fue el encargado de accionar el fogonazo que salió de la ametralladora mini ingram en el Puente Aéreo del aeropuerto El Dorado. Dos años después sería asesinado.

Su pareja de ese momento, Mariela Barragán, lo recibió en brazos y, según ha contado, escuchó sus últimas palabras: «Mi amor, no siento las piernas. Estos hijueputas me mataron».

Jaramillo Ossa murió en el Hospital Central de la Policía, en la avenida El Dorado, una mañana como la de este viernes del 2019, cuando no solamente se conmemoran los 29 años de su asesinato, sino que se recuerda que todavía hay responsabilidades por encontrar en este crimen, por el cual fueron condenados los hermanos Fidel Antonio y Carlos Castaño Gil, y que fue declarado en el 2014 como de lesa humanidad.


Tomado del diario El Tiempo