El estilo de Boris Johnson: una oda a la excentricidad de la clase alta británica

Foto: Getty. Boris Johnson ofreciendo tazas de té a la prensa en el jardín de su casa en 2018.

El primer ministro es el epítome de niño de familia rica que entró en Eton por la puerta grande y salió como si lo acabaran de centrifugar

Por: Xavi Sancho

Icon / EL PAÍS (ES)

Después de casi un siglo en busca de su Winston Churchill, Reino Unido al final ha terminado consiguiendo su Donald Trump. Más allá de las enormes similitudes como estadista que se encuentran entre el actual Presidente de EE.UU. y el recientemente nombrado primer ministro británico hay algo en su estilo, en su forma de vestir, de gesticular, incluso en su educación y en su forma de relacionarse con sus amigos y sus enemigos, tanto de su mismo sexo como del femenino, que le empareja. Si fueran dos personajes de Los Simspon -aún está por confirmar que no lo sean-, Trump sería Nelson Muntz -el abusón traumatizado- y Boris Johnson sería Homer Simpson, la simple, llana y a veces hasta entrañable inoperancia.

Boris Johnson (Nueva York, 1964) es el epítome de niño de familia rica que entró en Eton, uno de los colegios más prestigiosos del mundo, por la puerta grande y salió como si lo acabaran de centrifugar. Con un aspecto desastrado, descuidado, histriónico, sobrado de peso y corto de habilidad para peinarse o para hallar trajes de su talla, el estilo del político que fuera alcalde de Londres entre 2008 y 2016 fue una vez descrito por el Financial Times como “chic arrastrado”. Por entonces, el nivel de miedo (político) y de hilaridad (estética) que provocaba eran similares. Era habitual hacer mofa de sus formas, sus andares, sus gestos y sus ropajes. Solo los grandes almacenes Harvey Nichols, en un movimiento algo peculiar teniendo en cuenta su pedigrí, parecían tomarse a este tipo medio en serio y llegaron a crear una sección en su web llamada como él en la que se podían comprar prendas inspiradas en las que lucía en sus apariciones públicas. Hoy, esa página se reduce a una camisa azul cielo llamada Eton y a un cepillo para el cabello -o para las crines de un caballo, es complicado diferenciarlo- con la bandera británica en el mango.

El político conservador cuenta con el cuerpo y la actitud de estar constantemente en una sobremesa de un club privado de la City de Londres. Todo lo que no sea estar semitumbado en un reservado después de dar buena cuenta de un menú a base de langosta, entrecot, borgoña y Oporto parece resultarle incómodo. Esta tan británica excentricidad de clase alta esconde mucha más intención de la que se podría creer. Mientras Trump estilísticamente no es más que un vendedor de coches de segunda mano de Arizona, Johnson está más cerca de alguien como Pete Doherty, por poner un ejemplo igual de contemporáneo y disfuncional. A ambos les emparenta el disfrutar de sentirse y hacerse los diferentes, de enfatizar sus carencias a base de hacer ver que no les importan nada. Pero mientras Doherty utiliza la excentricidad para alejarse del rebaño, Boris lo hace para atraerlo. Y le ha salido tan bien que ha conectado con esa parte del electorado que admira a los poderosos porque son distintos a ellos. No le ha salido mal. Hoy es primer ministro.

Pero Boris, el Churchill de aquellos que fueron a Eton solo por las risas y las fresas con champán, un tipo que hace que David Cameron parezca Felipe González época ‘OTAN de entrada no’, ha cambiado de imagen en los últimos meses. Ha perdido casi 10 kilos. Cuentan que el secreto de su éxito con la báscula se debe a que ha dejado el alcohol y, sobre todo, las excursiones nocturnas a la cocina a por queso y chorizo. Se ha cortado el pelo en una peluquería de la circunscripción por la que es diputado. Según el Daily Mail, el establecimiento cobra 70 euros por repaso. Han pasado diez años desde que en Boris recibiera el premio Byrcleem al famoso con el mejor pelo de Reino Unido. Al subir a recogerlo, Johnson casi se ahoga de la risa: “Es imposible de imitar, es fruto del azar y de las fuerzas imparables de la naturaleza”, anunció.

Como es normal en estos casos, con estas gentes y con lo que publican sobre ellos los medios afines, al parecer esta sutil reformulación de Boris Johnson es mérito (o demérito, depende de qué relación estético emocional mantenga usted con la excentricidad británica etoniana) de su nueva novia. Se llama Carrie Simmons, tiene 30 años y es relaciones públicas. La asignatura pendiente ahora son los trajes. Si antes le iban anchos, ahora la cosa ya se ha desmadrado. Cabe recordar que estamos hablando de un tipo que, en una ocasión, promocionando la sastrería de la londinense calle Savile Row dijo: “Londres es al traje lo que Parma al queso parmesano. Y cuando los grandes quesos del mundo quieren ponerse elegantes vienen a nuestra gran ciudad”.


Tomado del portal Icon del diario EL PAÍS (ES)

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