Gabriela Wiener: «Hay que descentrar lo hegemónico: los cánones de belleza, la heterosexualidad, la monogamia, lo blanco»

Foto: Daniel Mordzinski

En su libro «Llamada perdida», la escritora, periodista y activista Gabriela Wiener (Lima, 1975) reconoce que ha hecho cosas que algunos consideran audaces, como irse de putas en París o atreverse a vivir en un trío amoroso estable.

Por: Carolina Robino / BBCMundo

«He visitado mundos raros para contarlos. He tenido experiencias», escribe en su primer capítulo, titulado Advertencia.

Es de esas vivencias, exteriores e interiores, de donde la autora peruana -destacada como una de las mejores cronistas latinoamericanas de su generación- saca el material para su escritura.

Pero su autorreferencia no es necesariamente un ejercicio de egolatría. O no solamente.

Con un estilo honesto, desenfadado, y una prosa clara y directa, Wiener narra los mundos que habita y visita para mostrar la validez de las diversidades, de todo lo que no se ajusta a los cánones tradicionales de belleza, amor, sexo, maternidad o género. Va de lo particular a lo colectivo para darle voz a otras formas de vivir.

Radicada en España desde 2003, ha publicado cinco libros, un cómic y escrito y protagonizado dos performances literarias junto a su marido, Jaime Rodríguez Z.

La han traducido al inglés, italiano, portugués y polaco, es columnista del New York Times en español, Eldiario.es de España, y La República de Perú, y en 2018 ganó el Premio Nacional de Periodismo IPYS en Perú junto al periodista Diego Salazar por una investigación sobre un caso de violencia de género en su país.

Conversamos con ella en Costa Rica, donde la semana pasada participó en el festival literario Centroamérica Cuenta.

¿Qué buscas como escritora cuando hablas de ti misma?

Nunca he apostado por un tipo de escritura ensimismada. Aunque parta de mi punto de vista y mi subjetividad, lo que me interesa es que la gente se sienta retratada, que se mire en esas páginas, que cuando hablo de mis experiencias relacionales, maternales, sexuales o de mi intimidad, ese material sirva para hablar de unos lazos que van más allá de mí, mi familia y mi vida privada, de lazos y conflictos que compartimos todos, afectos en los que estamos todos metidos. O desafectos, pasiones y odios.

En el fondo, hablamos de la búsqueda de lo universal que siempre se ha tenido en lo literario.

Me interesa lo comunitario, y creo que hay cosas que deben salir a la luz, ser visibles, cosas que deben decirse por primera vez y que es importante que alguien empiece a hablar desde ese yo, que haya testimonios personales que activen cambios, como ha ocurrido con luchas históricas como el feminismo y el antirracismo.

En el caso de «Llamada perdida» hablas de sexo, de un fin de semana enfrentando tu propia muerte, de visitas a moteles, de tu relación casi obsesiva con el número 11, de darle besos en la boca a los hijos, de que te digan fea, gorda, chola, del poliamor… Muchas son experiencias muy distintas a las de la gran mayoría.

Siempre me he situado, o he sido situada, en algún lugar al margen, como disidente. No siempre ha sido fácil, pero ahora estoy bien ahí.

Creo que estamos viviendo un despertar muy grande de auto identificación y, de alguna manera, un orgullo y una reivindicación de tu propia condición. Y son los propios colectivos los que están alzando la voz, las mujeres, los homosexuales.

Yo he trabajado eso desde hace tiempo en mis libros, desde esa diversidad, que es lo que antes llamaban -de una manera injusta- minorías, porque en realidad todo es diverso. Lo que tenemos más bien es un sistema que hace que unos tengan la hegemonía de todo.

Para mí, no se trata entonces de trasgredir los límites, sino de descentrar lo hegemónico, lo que domina, por ejemplo, los cánones de belleza, o la heterosexualidad, la monogamia, lo blanco, que es precisamente todo eso en lo que yo, y muchísima otra gente, no hemos estado. Y es desde esos márgenes desde donde relatamos.

Tu supuesta fealdad es un tema recurrente. ¿Estás diagnosticada realmente con trastorno dismórfico corporal, como el paciente ruso de Sigmund Freud del que escribes en el libro, ese mal que hace que una persona se preocupe exageradamente de sus defectos físicos, sin importar sin son reales o imaginarios?

No, no lo tengo, yo me lo autodiagnostico para hacer una denuncia, porque a mí lo que sí me pasa es que muchas veces me detesto, detesto mi cuerpo, mi cara.

Como mujer, he estado sometida a ese mandato estético en que si no tenías cierto tipo de cuerpo, si no eras blanca, si no eras rubia… Ha sido un machaque constante, que hace que chicas jóvenes que incluso podrían considerarse dentro de las normas tengan tantos problemas alimenticios o se estén autolesionando.

Y el tema es que cuando yo lo dije, cuando lo escribí en ese libro, aparecieron otras mujeres que vivían en ese auto-odio constante, que no es una cosa psicológica, que es lo que nos dicen: loquita, acomplejada, es tu problema; cuando es una problemática social que padecemos las mujeres a las que nos han dicho cómo tenemos que ser.

Entonces, lo que se está desarrollando es una reacción a eso, para mi revolucionaria, que lo que hace es decir, no, aquí también valen otros cuerpos, otras bellezas, stop gordo-fobia, stop viejo-fobia, stop trans-fobia, todos los odios y fobias posibles, que hacen que el mundo esté lleno de personas dañadas, heridas, que no se pueden mirar al espejo sin dolor, de mujeres que no son capaces de sentirse amadas ni deseadas nunca, porque siempre vuelven a ese momento fundacional en que fueron despreciadas, discriminadas, o abusadas sexualmente, y toda tu sexualidad acaba por estar condicionada por ese dolor.

Y cuando escribes sobre tu imposibilidad de ser monógama y tu decisión de vivir en un trío, ¿hay una reacción similar, aparecen mujeres y hombres que se sienten identificados?

Yo creo que en la práctica sigue siendo una cosa minoritaria, sobre todo cuando se habla de un tipo de no-monogamia o de relacionarte de manera no excluyente sin que esté mediando la mentira. En ese sentido, son relaciones que tienen una ética, unos acuerdos y unos compromisos dados para amarse de esa manera.

Pero también pienso que mucha, mucha gente, está sintiendo mucha curiosidad por eso, porque lo que hemos hecho en todo este tiempo es relacionarnos de manera poli, pero no amorosa, no afectiva y no cuidadora.

Lo que hemos hecho casi siempre es tener a otra persona, a un tercero, una tercera, en el chat, en Instagram, en el hotel, escondidos, en secreto, amantes clandestinos, o amores que suplantan a otros, que nunca suman y siempre restan, y cuando estalla finalmente la verdad, le hace daño a familias, a niños, al otro.

Entonces, hay gente que está pensando -llámese poliamoroso, no monógamo, o como sea- que es importante atravesar este tipo de experiencias nuevas e intentar cambiar eso, ir en contra de lo que nos han enseñado del amor romántico, monógamo, hetero.

Para mí, es atravesarlo de feminismo, de una mirada en la que no estamos yendo a consumir cuerpos para luego dejarlos tirados, regando cadáveres por todos lados, cadáveres amorosos, como los llaman las personas que están estudiando esto.

Hay que hacerse cargo y ser responsables. No estás obligado a ser un liberal o un poliamoroso si no lo vas a hacer bien, sin ningún control, sin ética, sin cuidados.

Los que estamos intentando trabajar nuestros celos, nuestra posesividad, las cosas de las que estamos hechos porque la cultura nos lo ha enseñado así, los libros, las películas, la tele, tratamos de decir mira, no tengo referentes, pero voy a intentar cuidar, que mi libertad y mis deseos individuales lleguen hasta las necesidades y la vulnerabilidad de tus compañeros y compañeras de vida.

Es llegar a acuerdos en los que puedes realizar tu deseo pero sin destrozar a nadie, sin mentirle.

Pero no debe ser fácil deshacerse de esos celos, de esa posesividad. ¿Cómo ha sido ese proceso de ti?

Durísimo.

De hecho, he escrito una obra testimonial que vamos a estrenar en agosto en Perú con la dramaturga y directora de teatro peruana Mariana de Althaus, que tiene que ver con mi experiencia y mis intentos no siempre felices de abrir mis relaciones. Porque me he estrellado muchas veces.

Yo decidí hace tiempo que no iba a hacer ninguna propaganda por el poliamor, porque yo también he sido un cadáver y también he dañado. O sea, ejercemos violencia todo el rato y en lo afectivo es muy fácil hacerlo.

Al igual que las parejas de a dos, el poliamor plantea muchos retos, muchas dificultades. Yo durante años tuve una relación de a dos, y había complejidades. En mi caso, la posibilidad de ser tres siempre estaba latente. Hasta que di ese paso, porque no quise dejar a mi pareja ni dejar a mi nuevo amor.

Pero cuando en la calle alguien que no nos conoce se entera de que Jaime (Rodríguez), Ro (Rocío Bardají) y yo somos tres, lo felicitan a él, ¡eh, campeón, qué bien!

A mí no me felicita nadie, aunque deberían hacerlo, porque en este trío soy yo la única que tiene dos parejas. Pero en una relación como la nuestra, lo que el patriarcado ve es a un hombre que tiene dos mujeres.

¿Y a ti no te insultan, no te dicen puta?

Eso es más antiguo, ahora me acusan más de fea, de chola, de feminazi, de amargada, de monstruosa.

De tanto mirarte ¿qué has descubierto de ti y de tu escritura?

Hasta que me descubrí como escritora, yo iba dando tumbos como tantas, ni siquiera soñaba con ser escritora. Por eso creo que el descubrimiento de una vocación, de una insistencia, o una especie de testarudez, el encuentro de una pequeña trinchera, ha sido mi hallazgo más importante.

Con todas las limitaciones e inseguridades que uno puede tener, la escritura es para mí un lugar en el mundo. Pero no lo digo como algo fácil. También me tortura bastante.

¿Dismorfia escritural?

Jajaja. Eso. Así como tengo el complejo de la fea, tengo el de la mala escritora. Siempre nos estamos mandando muchos mensajes negativos. Los que no confiamos en la autoayuda podemos terminar muy mal. Hay como una voluntad de verdad que a veces me hace ser demasiado dura conmigo misma, pero esas son cosas de la psicología.

En el ámbito literario, creo que la literatura es capaz de coger esas luchas internas, esas contradicciones, y convertirlas en algo.

¿Y en qué te interesa convertirlas en términos literarios?

Como narradora, me interesa tener una voz, ser capaz de crear un universo que funcione estructuralmente para contar una historia y que esa historia esté escrita con un lenguaje que brille en sus descubrimientos.

Me interesa que en mis ensayos y crónicas haya ideas fuertes, pero me interesa también lo poético, llegar a momentos de verdad a través de eso que no se puede aprehender que es la poesía, que para mí es de las cosas que más representan el misterio de nuestra condición, de nuestra existencia.

Por eso me parece lo más puro literariamente y, aunque yo escriba poca poesía, tengo un libro nada más («Ejercicios para el endurecimiento del espíritu»), me gusta que siempre en mis textos existan momentos de esa sustancia poética en que la lectora, el lector, se pueden asomar realmente a lo que le estamos dando vuelta los escritores.

¿Y escribir sobre tu fealdad entre comillas, nombrarla, te sirve para hacerla menos dramática?

Yo creo que sí, porque si te das cuenta ninguno de mis textos es completamente dramático. En mi escritura puedes pasar de la luz a la oscuridad, porque yo busco eso, sorprender. Lo que podría ser un dramón total sobre mi propia autoestima, por ejemplo, se convierte en unas risas.

Sí que puede ser un poco curativa, aunque por momentos también te loquea. La escritura no es necesariamente una terapia, porque vuelves y vuelves sobre unos temas de manera obsesiva, y eso de sano no tiene nada.

Pero en lo literario de tanto darles vueltas y vueltas a algo quizás aparecen cosas muy bruñidas, limadas, a veces logras sacarle brillo a un descubrimiento.

Curiosamente, el libro no termina con un texto sobre ti, sino con sendos perfiles de Corín Tellado e Isabel Allende llenos de observación, compasión y humor. ¿Cómo vives la experiencia de salir de tu yo y escribir sobre otros?

La verdad, no es mi especialidad. El relato que me ha hecho es el de la autorreferencia, y cuando salgo hacia otro me siento un poco más nerviosa, como si estuviera caminando en un territorio desconocido.

El reto principal era introducirme lo mínimo, dejar que el otro tuviera el protagonismo. Pero como viste igual me metí, aunque lo fundamental para mí era saberlo todo del personaje.

¿Y por qué eliges a Corín Tellado e Isabel Allende?

Yo creo que mis oscuras intenciones se ven claramente, trabajar con dos escritoras denostadas culturalmente, despreciadas, que les han dado la posibilidad del chiste fácil durante años a unos intelectuales que podrían entregarse a otras cosas más divertidas o burlarse entre ellos. Por el tema del éxito, porque son vendedoras o porque hacen literatura de género o romántica.

Yo lo que quería contar era que ahí había era una mirada discriminatoria y machista, porque tú puedes hacer crítica literaria, puedes hacer una lectura de la obra de escritores de otra manera, no pavoneándote absolutamente de tu brillantez, y eso que lo han hecho escritores que yo respeto mucho, tipo (Roberto) Bolaño, al que le encantaba hablar mal de estas dos.

No se trata de ser condescendiente, pero sí de tener un poco de empatía, ternura, humor, contar las cosas con otra dimensión.

En una parte llegas a decir que quizás ellas tienen algo que escritores que venden menos no tienen. Y sin duda ambas son muy entretenidas. ¿Te parece importante entretener como escritora?

Me parece importantísimo entretener, así como me parece importantísimo no solo entretener.

Creo que hay un tipo de cultura que se consume solo para entretenimiento pop y ya está, para eso hay miles de series, de libros.

Un libro no es necesariamente algo que te va a dar las grandes respuestas filosóficas y la gran trascendencia. Al contrario, estamos llenos de libros que pretenden eso y que no se acercan a un mínimo de profundidad de ningún tipo.

Creo que un escritor, una escritora, tiene el deber de mantener entretenido, enganchado y fascinado con su mirada del mundo a sus lectores.

Sin duda, un libro aburrido, pesado, es el libro de un narcisista espectacular, porque está claro que encontró un placer maravillo en escribir eso, entreteniéndose a sí mismo, pero no ha tenido una mínima consideración por la gente. No es que como escritores tengamos que ser frívolos o fáciles, pero sí tenemos que ser generosos.


Tomado del portal de la BBC Mundo

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