La metódica carrera de Trump hacia una guerra fría con China

Foto: Jim Watson / AFP

El presidente estadounidense renueva el rol de su país como policía y controlador del globo.

Por: Enrique Posada Cano*

EL TIEMPO

El golpe del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra las relaciones chino-estadounidenses al cerrar el consulado chino en Houston la semana pasada es un ‘jab’ a la mandíbula del gigante asiático, pero está lejos de ser un ‘knock out’.

La “respuesta adecuada” de China a esto, solo unos días después, fue el cierre del consulado estadounidense en la ciudad de Chengdu, en el extremo occidental, medida considerada proporcional si se la compara con la de Houston y con la excesiva pretensión de algunos sectores nacionalistas del Gobierno chino que pedían cerrar el consulado estadounidense en Hong Kong.

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A cuatro meses de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, todas y cada una de las movidas de Trump, sean domésticas o internacionales, constituyen jugadas en busca de su reelección.

Se define frecuentemente a Trump como un personaje “impredecible”, pero, mirado con lupa su relacionamiento con los chinos en estos dos años largos, desde el inicio de su guerra comercial, se cae en cuenta de que se trata de una carrera metódica, paso tras paso, hacia esta nueva guerra fría que se distingue de la primera en lo ideológico, pero no en su huella hegemónica.

Un paso anterior al de Houston, como represalia contra la denominada ley de seguridad de Hong Kong aprobada por la Asamblea Popular Nacional de China el pasado 30 de junio, lo dio Trump al suprimir el estatus preferencial de Estados Unidos para dicha región autónoma dejando a esta tan expuesta como China continental en materia de impuestos arancelarios a sus exportaciones y vetos a importaciones de elementos de alta tecnología desde Estados Unidos.

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Para ello, Trump promulgó una Ley de la Autonomía de Hong Kong por medio de la cual, además, se sanciona a personas y bancos extranjeros que negocien con funcionarios chinos involucrados en la aplicación de la nueva ley de seguridad de Hong Kong.

Estas acciones punitivas de Trump han venido siendo replicadas por otras naciones de la antigua Commonwealth que, empezando por Canadá, han anulado sus tratados de extradición con Hong Kong ante el temor de que ciudadanos hongkoneses con doble nacionalidad de Canadá, Inglaterra o Australia, que residen en uno u otro de estos países y con negocios en Hong Kong, puedan ser pedidos en extradición por dicho territorio como culpables de diversos delitos, sobre todo de corrupción.

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Ante esto, en un auténtico toma y daca, Pekín hace poco anunció la suspensión de sus tratados de extradición con Reino Unido, Australia y Canadá. Esto habla claramente de cuál será, en el próximo futuro, el panorama de las relaciones chino-estadounidenses y de su impacto tanto económico como político en el resto del mundo.

Un acuerdo chino-estadounidense de primera fase suscrito en enero pasado había pausado una guerra comercial de cerca de dos años, pero seguían sin resolverse varios contenciosos pendientes, entre otros, el creado por la detención en Canadá en diciembre de 2018, con solicitud de extradición estadounidense, de la hija del fundador de Huawei y directora financiera de esa compañía.

Esto provocó la reacción inmediata de Pekín, que arrestó en represalia a un exdiplomático y un empresario canadienses a quienes acusó de “robo de secretos de Estado”.

Trump arreció su campaña contra Huawei logrando que varios países europeos y Japón se unieran a él para impedir el avance de esa firma hacia la conquista de redes de telecomunicaciones de quinta generación (5G), así como la compra de China a países europeos de semiconductores y otras tecnologías informáticas con patentes estadounidenses. Menos de seis meses después, China respondió anunciando al mundo ser poseedora de la red 5G.

He aquí, en el pulso por el dominio de la tecnología informática y del ciberespacio, el meollo de esta nueva guerra fría, nombre que algunos analistas rechazan por creer que no dejaría espacio alguno para salidas del conflicto. Pero la verdad es tozuda.

Cuando Pekín declaró ante la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el mundo que en la provincia de Wuhan se había desatado una pandemia por causa del coronavirus, Donald Trump se refirió a este como el “virus chino” y con dicho apelativo –calificado de discriminatorio y racista por la OMS– continuó tuiteando de manera sucesiva.

Poco más tarde, ante serias argumentaciones científicas en contrario, avanzó hacia la teoría conspirativa de que dicho virus había sido producido artificialmente, en el Instituto de Virología de Wuhan, uno de cuyos funcionarios lo habría transportado “incidentalmente” al mercado de mariscos de esa ciudad.

La respuesta de los chinos no se hizo esperar: varios funcionarios y analistas de ese país asiático declararon que el coronavirus habría sido llevado a China por delegaciones deportivas o de militares estadounidenses en fechas anteriores al brote.

Los siguientes pasos dados por Trump para meter más fuego a la candela del coronavirus fueron nuevos mensajes en Twitter exigiendo que los chinos admitieran recibir una comisión “independiente” que, capaz de llegar al Instituto de Virología de Wuhan, investigara la verdad sobre el origen animal o artificial del coronavirus.

La previsible respuesta de Pekín fue que una investigación como esa era de su absoluta potestad y que, de implementarse, sería conducida por quienes ellos soberanamente escogieran.

Vacunas para el covid-19

La OMS, en cabeza de su director, Tedros Adhanom Ghebreyesus, se pronunció en el sentido de que la peste del coronavirus tendría por nombre oficial covid-19 y que era inconveniente llamarla “virus chino”.

Trump acudió por enésima vez a su Twitter para condenar a la OMS como un títere del Gobierno chino y poco después, en un nuevo mensaje, amenazó con el retiro de los 400 millones de dólares que constituían su aporte anual a esa organización. No tardó mucho en cumplir su palabra.

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Un tema tan sensible y de carácter tan humanitario como las vacunas contra el coronavirus se suma en estos momentos a la guerra fría entre Estados Unidos y China.
Al mismo tiempo que el gigante asiático se vale del poder blando y fleta aviones cargados de material sanitario contra la pandemia para repartirlo en diversos países del mundo, Trump arremete una vez más acusando a China de espionaje contra los laboratorios que trabajan en el descubrimiento de la vacuna.

Este es el pretexto que el presidente de Estados Unidos ha esgrimido, sin mostrar evidencias, para cerrar el consulado chino en Houston, inflamando enseguida este episodio con un incidente más: la detención de una estudiante china, acusada de espiar para su país secretos sobre la vacuna, para corroborar lo cual solo se ha podido mostrar a la prensa una foto suya vistiendo el uniforme del ejército chino.

Un vez que se superen las etapas de pruebas de diversas vacunas descubiertas y patentadas en diversos países, pero puestas en las manos de firmas farmacéuticas para su producción y comercialización, lo que ocurrirá pronto, el planeta verá hasta qué punto el mundo ha mutado haciéndose más humano y solidario, en particular la parte del mundo desarrollado respecto de esa otra parte, pobre y subdesarrollada. Se comprobará entonces si, como han afirmado los chinos, la vacuna debe venir “en beneficio de la humanidad”.

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En esta segunda guerra fría, con Trump a la cabeza de su ‘America first’, Estados Unidos renueva su rol de policía y controlador del globo.

Él se muestra más activo que sus predecesores en la aplicación de la denominada Ley para Contrarrestar a los Adversarios a Través de Sanciones (Caatsa, su sigla en inglés).
Gracias a sus acuciosos asesores, este –“el peor presidente en la historia de Estados Unidos”, según ‘The Washington Post’– demuestra estar en todas partes con su látigo punitivo que blande no solo contra China, sino también ahora contra las empresas comprometidas en la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que, a partir de Rusia y cruzando por debajo de las aguas del mar Báltico, llegaría a Alemania.

Estas fueron las palabras del secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, para amenazar a las empresas constructoras y a los socios de dicho proyecto: “Salgan ahora o arriésguense a las consecuencias”, desestimando el hecho de que las repúblicas comprometidas en ello –Alemania, Rusia y algunos países bálticos– son todas naciones soberanas.

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Para alzar la voz así, el Gobierno estadounidense se vale de una situación como la actual en que la Unión Europea, golpeada como pocas regiones del mundo por el coronavirus, además del viacrucis del brexit, se debate entre la espada y la pared, incapaz de revirar con fuerza a las determinaciones de Trump, el gran supremacista del siglo XXI. Así va el mundo.

ENRIQUE POSADA CANO*
Para EL TIEMPO

*Sinólogo, exdiplomático y escritor, fundador del Instituto Confucio y director del Observatorio Virtual Asia Pacífico de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.


Tomado del portal del diairo EL TIEMPO