«Nosotros entendemos lo que significa perder la felicidad»: Ishmael Beah

Foto: Revista Arcadia

A propósito de la conmemoración del Día de las Manos Rojas, el escritor y vocero contra el reclutamiento infantil fue invitado a Colombia por la OIM y Unicef para compartir su experiencia como sobreviviente del conflicto. ARCADIA conversó con él sobre su proceso creativo, la búsqueda de la felicidad tras el conflicto y las consecuencias de asumir que los niños se van a la guerra por voluntad propia.

Por: Erika Mesa

Revista Arcadia

Ishmael Beah no cree en el olvido. Al contrario, cree que recordar y registrar le ha permitido entender la guerra de la que fue víctima durante su adolescencia: “Yo experimenté muchas cosas y el proceso de escribirlas me ayudó a aprender más sobre mí, sobre mi país y sobre lo que pasó allí”. Este sierraleonés es sobreviviente del reclutamiento infantil: las fuerzas armadas de su país se lo llevaron cuando apenas tenía trece años para combatir a los rebeldes durante la guerra civil. Durante ese tiempo fue deshumanizado, manipulado ideológicamente y adicto a las drogas, lo cual complicaba la posibilidad de escapar de la guerra por su cuenta. Entonces, se mantuvo en las filas hasta que fue rescatado por la Unicef.

Ahora, casi 26 años después de haber obtenido su libertad, radicado en EE. UU., casado y con tres hijos, Beah apoya a la agencia que le tendió la mano: se dedica a crear conciencia sobre las causas y consecuencias del reclutamiento infantil en los conflictos armados. Su trabajo con Unicef lo hace viajar por el mundo constantemente; conocer tantos nuevos lugares ha sido de provecho para sus procesos creativos, que han concluido con dos best-sellers (A Long Way Gone, publicado en 2007, y Radiance of Tomorrow, que vio la luz en 2014) y un nuevo libro, Little Family, que será publicado el próximo mes de abril. “Por lo general observo mucho durante mis viajes. Presto atención al comportamiento humano y cosas que suceden que nunca he visto en la literatura, pero que yo quisiera encontrar allí. Entonces, me surge una idea y una pregunta. Por ejemplo: ¿cómo definir la libertad en un sitio donde no existe?”.

Una vez definida la pregunta, Beah empieza a imaginar a sus personajes: sus principios, su lugar de origen y su edad. Estas nuevas personas viven en su cabeza por meses hasta que él se anima a registrar sus historias de vida en el papel. Aunque dice no tener una metodología para escribir ni hace una planeación narrativa previa, sí ha encontrado en sí mismo un patrón: redacta hasta las dos de la mañana, aproximadamente, y usa la mañana del día siguiente para hacer las veces de editor.

Sin embargo, este proceso de escritura implica para Beah un paso adicional: la traducción de sus pensamientos. El mendé es su lengua materna, así como la de cerca de un millón y medio de personas entre las que se pueden contar sierraleoneses y liberianos. Entonces, sus personajes hablan mendé dentro de su cabeza y luego él se presta como su intérprete; el primero de muchos, si consideramos que su obra ha sido traducida a más de 40 lenguas. Además, Beah sueña en mendé y piensa en esta lengua cuando se siente muy feliz o abrumado. Insiste en que hay sentimientos que solo puede expresar en su lengua materna porque el inglés no tiene traducciones exactas para lo que quiere decir.

La felicidad tras el conflicto

Ishmael cuenta que la palabra en mendé para “felicidad” describe un estado de “corazón dulce”. Ahora, ¿es posible la felicidad para un sobreviviente del conflicto armado y del reclutamiento forzado? Ishmael, quien dice apreciar la felicidad y la paz más que nadie, opina que la felicidad tras estas experiencias consiste en la capacidad de reconstruirse como individuo y recuperar la esperanza. Además, este sentimiento se expresa al apreciar todos los momentos de la vida: “nosotros entendemos lo que significa perder la felicidad, la esperanza y nuestra humanidad. Nos asusta mucho perder estas cosas porque ya las perdimos en la guerra una vez”.

El proceso personal de Ishmael para alcanzar la felicidad fue de apertura. Dice que, cuando recién salió de la guerra, evitaba a toda costa hablar de sus vivencias. Su propósito principal era retomar y reconstruir su vida. Además, recibía con frecuencia el consejo de olvidar todo lo que vivió porque repasar los recuerdos siempre es más doloroso. Sin embargo, con el tiempo sintió la necesidad de compartir su experiencia con otras personas: primero con las de su entorno cercano, que mostraron una empatía excepcional, y luego a través de la escritura, que le sirvió para organizar sus pensamientos, conocerse mejor e intentar cambiar la narrativa que gira en torno a los sobrevivientes del reclutamiento forzado.

Sin embargo, insiste en que la felicidad tras el conflicto solo es alcanzable cuando hay un compromiso de voluntades sociales e institucionales. “El proceso requiere que los gobiernos ofrezcan apoyo y acceso real a oportunidades. Sobrevivir a la guerra cuando se es un niño requiere un carácter e inteligencia considerables; el sobreviviente ya es lo suficientemente resiliente para superarse. Todo lo que ellos necesitan es que se les brinde el espacio para volver a ejercitar su inteligencia”. Para él, la sociedad debería celebrar los esfuerzos que hacen los jóvenes desmovilizados en su afán por reencontrarse consigo mismos.

Acoger, no estigmatizar

Los niños y adolescentes reclutados en los conflictos armados son estigmatizados con frecuencia y Beah lo sabe. De ellos se dice que eligieron el camino más fácil, que no son inteligentes, que estarán heridos de por vida, que solo entienden el mundo en términos de violencia y que nada se puede hacer para ayudarles; que son unas bombas de tiempo. Estos prejuicios dificultaron el inicio de su nueva vida en EE. UU. “Los humanos juzgamos a los demás a la ligera, sin escuchar su experiencia con atención. Todo eso que se dice sobre nosotros es una mentira y una injusticia contra varias generaciones de personas que han sido forzadas a estar en esa situación”, afirma. Lo que es peor: estos prejuicios “validan” las violencias de todo tipo que sufren los desmovilizados de todo el mundo, desde la discriminación social y laboral hasta su eliminación física.

Sin embargo, estos prejuicios desdibujan la raíz del problema. “La mayoría de las personas que llegan a integrar cualquier grupo armado son motivadas por la negligencia de los gobiernos encargados de los lugares donde viven: no hay oportunidades, seguridad ni educación de calidad. Entonces, los jóvenes encuentran en esos grupos una forma de sustituir una necesidad insatisfecha. Nadie que tenga la posibilidad clara de tener una vida buena y apacible elegiría la violencia”. Beah añade que es muy alto el riesgo de que los niños y adolescentes vuelvan a elegir “la única opción disponible, que es usualmente la violencia” si esa negligencia persiste.

Beah llevaba un poco más de una década sin venir a Colombia. En el Día de las Manos Rojas, deja un mensaje claro: para que el proceso de paz prospere de verdad, es necesario apoyar los procesos de las víctimas de reclutamiento infantil. “Estos jóvenes también son colombianos y protegerlos es responsabilidad de todos. Si el proceso de paz se cae, no se puede decir sin más que a la gente solo le gusta la violencia”.


Tomado del portal de la Revista Arcadia