Por qué seguimos inventándonos quimeras

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En algún momento de la historia, la quimera se convirtió en un sueño o una ilusión que se anhela y hasta se persigue pese a ser muy improbable que se realice.

Por: Dalia Ventura

BBC News Mundo

Don Quijote de La Mancha fue un maestro en esta materia, y varios siglos más tarde, los boleros hicieron su parte por mantenerlas vivas.

Pero su origen data de esa época a la que se remontan tantas cosas de nuestra civilización: la Antigua Grecia.

Las quimeras de entonces más que un sueño eran a menudo una pesadilla, una mezcla de especies que resultaba en seres más o menos monstruosos, según la necesidad.

Antes de la Quimera ya existían

Una de las más antiguas que conocemos es el centauro: mitad caballo, mitad humano.

En la Antigua Grecia aparecieron por primera vez, hasta donde sabemos, en los períodos de arte geométrico y arcaico temprano (entre 1000 a.C. y 750 a.C.), pero no fue sino hasta principios del siglo V a.C. que llegaron a la literatura.

No eran tan aterradores, pero sí eran seres salvajes, sin ley e inhóspitos, y esclavos de sus pasiones animales.

Había, sin embargo, una excepción: Quirón, «el más sabio y justo de todos los centauros», mentor de muchos de los grandes héroes de la mitología, como los argonautas Jasón y Peleo, el dios de la medicina y la curación Asclepio y Aquiles de Troya.

Como los centauros, el minotauro -cuyo cuerpo es de hombre pero su cabeza y cola de toro-, apareció en el arte 150 años antes de llegar a la literatura, alrededor del año 500 a.C., feroz y con un apetito voraz por los humanos, razón por la cual fue confinado en el centro del laberinto.

La ineluctable

Pero es en «La Ilíada» de Homero que aparece la «ineluctable» Quimera, un «ser de naturaleza no humana, sino divina, con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas», a la que Belerofonte, «a quien los dioses concedieron gentileza y envidiable valor», mató.

Más tarde, en «Teogonía», el poema fantástico escrito por Hesíodo (siglo VII a.C.), Quimera, «la de aliento terrible, horrenda, enorme, cruel y robusta«, lo que tenía era «tres cabezas: la primera de león feroz, la otra de cabra y la tercera de dragón vigoroso».

Con tres cabezas o una sola, fue con el nombre propio de ese híbrido interespecies con el que empezamos a denominar a las bestias fabulosas que nos seguimos inventando, a pesar de que los antiguos nos habían dejado toda una plétora de ellas.

Aunque, si juzgaras por el nivel de autoridad de algunas de las personalidades que las describían en el Medioevo, a veces parecía que no eran tan inventadas.

El erudito del siglo XIII Bartholomaeus Anglicus, por ejemplo, detalló que la mantícora -un león con cara de hombre y la cola de escorpión- tenía una «voz horrible, como la voz de una trompeta, y corre rápidamente y come hombres».

Ibn Battuta, también erudito y explorador musulmán del siglo XIV, afirmó haber encontrado cinocéfalos -seres con cuerpo de hombre y cabeza de perro, conocidos desde la antigua Grecia- en una isla entre India y Sumatra: «Sus hombres tienen la forma de nosotros, excepto que sus bocas tienen la forma de los perros».

Manos a la obra

Aunque algunas quimeras pasaron a la historia, otras muchas -como esos híbridos de humano y ave que conocemos como ángeles- sobrevivieron el paso del tiempo.

Hubo incluso un momento en el que la taxidermia proveyó lo que faltaba: modelos en tres dimensiones y, en ocasiones, hasta «evidencia» de su existencia, confeccionado una serie de imaginativas criaturas que en unos pocos casos hasta llegaban a confundir a los expertos.

En el siglo XIX, por ejemplo, aparecieron varias «sirenas de Fiyi» y causaron sensación.

A mediados de la década de 1800 el famoso empresario, político y artista circense P. T. Barnum tuvo unas expuestas en su museo en Nueva York.

El P. T. Barnum’s American Museum solía ser una mezcla de zoológico, museo, sala de conferencias, museo de cera, teatro y espectáculo de monstruos y, para esa ocasión, se desplegaron carteles que mostraban atractivas mujeres disfrazadas de sirenas.

No obstante, al entrar, los asistentes se encontraban con algo muy similar a esto:

Lejos de ser esas míticas seductoras que hipnotizaban a los marineros con su canto, de las que Ulises tuvo que proteger a su tripulación amarrándola al mástil, estas sirenas eran unas grotescas combinaciones de mono y pez, cuyos rostros invariablemente parecían haber quedado congelados en medio de un grito espeluznante.

Las mató y las resucitó

Hoy en día, la taxidermia es considerada un arte y sigue creando quimeras.

Y nosotros seguimos siendo humanos, por lo tanto seguimos inventando quimeras, esos sueños que se anhelan aunque sabemos que difícilmente se harán realidad.

Pero las quimeras que se inventaban para aterrar o para poblar mundos desconocidos fueron desapareciendo, víctimas del conocimiento y la ciencia.

No obstante, fue la misma ciencia la que -al mismo tiempo- las resucitó.

Aunque el concepto científico también es antiguo -derivado del latín hybrida, se utilizó por primera vez para describir a la descendencia de una cerda domesticada y un jabalí, y también se utilizó para describir a los soldados romanos de descendencia mixta (Horacio, Sátiras 1.7)-, fue a finales del siglo XVIII que se empezó a usar a menudo.

Además, comenzó a desempeñar un papel en la reflexión científica.

En esa época, los híbridos eran considerados por muchos científicos como violaciones de la naturaleza, pero eso fue cambiando ante la irrefutable existencia de híbridos naturales; de hecho, uno de los capítulos de «El origen de las especies» de Charles Darwin, titulado «Hibridismo», intenta evaluar el significado evolutivo de los híbridos y exponer la diferencia esencial entre especies y variedades como arbitraria.

El término «quimera» en sí fue utilizado por primera vez en un sentido científico en alemán «Chimäre» en 1907 por el botánico Hans Winkler en el contexto del fitomejoramiento.

No obstante, hay quienes puntualizan que en la actualidad, para que una criatura inventada sea una quimera tiene que ser una mezcla de humano y animal, aunque no todos los científicos se ajustan a esta definición.

La fase más reciente en el desarrollo del concepto de hibridación ocurrió con la aparición de la ingeniería genética.

En ese contexto, la palabra describe cualquier criatura que contenga una fusión de tejidos genéticamente distintos.

Eso puede ocurrir naturalmente, si los embriones gemelos se fusionan poco después de la concepción, con resultados sorprendentes.

Sin embargo, con mayor frecuencia, las células se mezclan para formar un mosaico más sutil en todo el cuerpo, y las quimeras se ven y actúan como los demás individuos de la misma especie.

¿Eres una quimera?

La pregunta no es chiste.

Existe la posibilidad de que tú mismo seas una quimera.

Resulta que a veces hay mellizos que mueren muy temprano en el útero y el que sobrevive absorbe células del mellizo «fantasma».

Generalmente no te enteras. En un caso de 2002, una mujer se dio cuenta de que era una quimera solo porque necesitaba un riñón y los exámenes revelaron que tenía un conjunto diferente de ADN en sus células sanguíneas al de los otros tejidos de su cuerpo.

Por otro lado, en la década de 1990, los científicos descubrieron que una mujer embarazada puede retener algo de ADN de su bebé, si algunas células fetales migran fuera del útero.

Y también puede ocurrir el «quimerismo artificial» a través de células madre sanguíneas transfundidas o mediante un trasplante de médula ósea.

Hecho por y para nosotros

Pero el quimerismo moderno es aquel que intenta crear una fábrica de órganos humanos, proclamando una nueva era de la «medicina regenerativa».

La idea es que en vez de esperar a que, por ejemplo, haya un riñón disponible de la manera acostumbrada, que en promedio toma unos 3 años, se puedan ordenar órganos hechos a medida que crezcan en un animal (probablemente un cerdo, por ser tan parecido a los humanos) y estén listos en unos pocos meses.

Esas quimeras también podrían, en teoría, proporcionar nuevas formas de estudiar enfermedades neurológicas y psiquiátricas en humanos.

Y, señalan los entusiastas, acortarían considerablemente el tiempo de prueba de medicinas pues permitirían descubrir si son tóxicas o beneficiosas para los humanos en etapas mucho más tempranas del proceso.

Pero es que…

Con ese objetivo en mente es que se crean criaturas en laboratorios como los cerdo-monos que nacieron (y poco después murieron) en el Laboratorio Estatal de Células Madre y Biología Reproductiva en Pekín este diciembre, y la de los mono-humanos, creados por un equipo de científicos liderado por el español Juan Carlos Izpisúa, también en China.

Lo que pasa es que ese tipo de noticias a algunos nos dejan… incómodos.

No solo nos producen ese amargo sabor al recordarnos que nuestra especie manipula a otras en nuestro propio beneficio, sino que además -a pesar de estar conscientes de lo insensato que ha sido en el pasado ir en contra del avance de la ciencia- evocan temores e interrogantes más profundos.

Una preocupación particularmente emotiva es que las células madre humanas que se le inyectan a los embriones de otros animales para hacer esas creaciones de laboratorio terminen, por ejemplo, en el cerebro de la quimera.

¿Significaría eso que compartiría algunos de nuestros comportamientos y habilidades?

¿Qué habríamos creado? ¿Un animal con conciencia? ¿Una mente humana atrapada en el cuerpo de un animal?

Y aunque eso se pudiera evitar tomando ciertas precauciones, como señalan expertos en esta tecnología, y aunque sepamos que la intención no es crear quimeras que sean más humanas de lo indispensable, ¿qué pasa cuando «lo indispensable» vaya cambiando?

¿Qué pasa si, en el futuro, se está probando un tratamiento que promete curar alguna de las terribles enfermedades que nos angustian en quimeras que son 20% humanas, pero si solo los pudiéramos probar en quimeras 40% humanas, la solución estaría al alcance de la mano inmediatamente?

¿Cuánto tiempo resistiríamos la tentación de ir más allá?

Y, ¿en qué momento -o porcentaje- empezamos a considerar a esas quimeras humanas o parcialmente humanas?

¿En qué se convertirá el concepto de ‘humanidad’?

Al final resulta que las quimeras que inventamos en el siglo XXI pueden llegar a ser más inquietantes que la Quimera original.

Y, a diferencia de las quimeras de los boleros, en estos casos sí parece ser probable que se realicen.


Tomado de portal BBC Mundo