Ted Chiang, el profeta de la ciencia ficción filosófica: «Me siento un inadaptado en la literatura»

Foto: Ted Chiang / Alan Berner

El escritor de ‘Exhalación’ lleva el género de la ciencia ficción filosófica a su techo a lo largo de su larga y esquiva carrera de culto.

Por: Ismael Marinero

El Mundo.es

Proyectores retinianos, mascotas virtuales, puertas para viajar en el tiempo, niñeras robot, «prismas» que permiten contactar con realidades paralelas… Todos esos artilugios aparecen a lo largo de las páginas de Exhalación (editado por Sexto Piso), la segunda antología de relatos de Ted Chiang (Port Jefferson, Nueva York, 1967). Y, sin embargo, la tecnología es lo de menos; sirve como pura metáfora para que el autor estadounidense de ascendencia china diseccione con precisión de cirujano una realidad que cada vez se parece más a una (mala) película de ciencia ficción. Lo que subyace tras cada uno de sus cuentos y novelas cortas, al igual que sucede con algunos de sus más ilustres predecesores, ya sea Philip K. Dick, Kurt Vonnegut, Ursula K. LeGuin o Stanislaw Lem, son preguntas de un calado filosófico abrumador. Y, por fuerza, adictivo.

Autor de una veintena de relatos a lo largo de 30 años de dedicación al oficio, Chiang es uno de los grandes referentes actuales de un género en permanente evolución en el que este hombre de maneras discretas y modestas se ha ganado un lugar por derecho propio. «La ciencia ficción permite plantear preguntas existenciales sobre qué es real y qué no, qué sabemos y cómo lo sabemos, cuestiones metafísicas y de epistemología…», afirma el escritor desde su casa en Bellevue, cerca de Seattle, a través de Zoom. «De lo que se trata es de dramatizar cuestiones que de otra manera podrían resultar demasiado abstractas, y en eso el género es difícilmente superable».

Su tarea como inventor de mundos, digientes (mascotas virtuales con inteligencia artificial) y realidades paralelas pasa entonces por «crear personajes emocionalmente comprometidos en los dilemas que este tipo de cuestiones filosóficas plantean. Si los lectores se sienten cercanos a esos personajes, tendrán un mejor entendimiento de por qué importa tanto la filosofía».

Chiang habla despacio. Muy despacio. Cuando va a iniciar una frase suele cerrar los ojos en busca de la palabra precisa. Esa y no otra. A veces parece contrariado por no encontrarla, por necesitar un atajo o una explicación más larga de lo necesario. En esos casos se detiene y vuelve a empezar. Probablemente, ese perfeccionismo a la hora de estructurar su discurso sea también el que está detrás de narraciones como El comerciante y la puerta del alquimista, un prodigio que se despliega en forma de muñecas rusas, inspirado tanto en Las mil y una noches como en las reflexiones del físico Kip Thorne sobre los viajes en el tiempo.

Quizá esa actitud, similar a la del escultor que se detiene para contemplar su obra antes de hacer una nueva incisión con el cincel, sea también la culpable de un ritmo de producción insólito en el panorama literario, más aún en un género pródigo en trilogías y mamotretos de mil páginas.

«Me siento como un inadaptado», dice mientras ensancha una tímida sonrisa. «Cuando era joven pensaba que iba a ser físico, pero tras estudiar informática vi claro que podía dedicarme a escribir por un lado manuales técnicos de software y por otro ciencia ficción. Sabía que nunca podría escribir lo suficientemente rápido como para dedicarme por completo a esto. Me siento incapaz de hacerlo al ritmo que demanda la industria editorial».

Tres décadas después de sus primeros cuentos publicados en revistas especializadas, Chiang lo tiene claro: «creo que esta no es una buena manera de ganarse la vida. Si tu meta es el dinero deberías buscarte otro trabajo. Casi cualquier otra cosa supone un mejor uso de tu tiempo si calculas los dólares por hora que puedes ganar con esto».

Chiang es el mismo tipo que escribió La historia de tu vida, relato en el que está basada la película Arrival (La llegada), de Denis Villeneuve, el mismo que ha ganado cuatro Premios Hugo, cuatro Nébula, seis Locus y el British Science Fiction Award, los galardones más codiciados del género. Y, sin embargo, parece abrumado ante tanto reconocimiento. Pese a la insistencia de Hollywood para que traslade su talento a la pantalla, grande o pequeña, no se plantea seguir ese camino. «No tiene sentido apostar por ello, es como jugar a la lotería. Ya la gané una vez con La llegada, y en ese sentido tengo algo de ventaja porque he podido comprar más billetes de lotería. Pero incluso si tienes un montón de billetes, la probabilidad de que me toque otra vez el premio gordo es mínima. Lo de los guiones ni siquiera me lo planteo, no sé escribir de esa manera. De hecho tengo la sensación de que apenas sé escribir en prosa. Ya he tenido suficientes problemas con eso, así que no tengo muchas ganas de saltar a otro medio en el que no me siento cómodo».

Rastrear sus influencias es una tarea casi imposible; su lentitud a la hora de escribir es inversamente proporcional a su voracidad como lector. Pero hay dos momentos clave: su encuentro con la trilogía de La Fundación a los 11 años fue similar a una epifanía: «Fue lo que me llevó a desear convertirme en escritor de ciencia ficción». Afortunadamente, explica, se puso a ello antes de leer a Borges. «Me asombra Borges. Tanto, que me intimida. Tuve suerte de leerlo tarde. De él diría que es alucinante, pero probablemente peligroso para alguien que lo lea antes de desarrollar su músculo literario».

Chiang tiene alcance de filósofo, pero su manera de ver el mundo, sostiene, es similar a la de los científicos. «Ellos ven el universo como una inmensa e increíblemente complicada máquina cuyo funcionamiento podemos descubrir si nos aproximamos al enfoque adecuado. Creo que esa visión subyace en la mayor parte de mi obra». Sólo hace falta leer las primeras páginas de El ciclo de vida de los elementos de software para corroborar cómo esa mirada es capaz de cartografiar los engranajes del alma humana (y de la robótica).

Libre albedrío y determinismo, un cuento de Philip K. Dick, experimentos conductistas o un sketch de los Monty Python, todo es susceptible de inspirar a Chiang, según se desprende del apéndice en el que desgrana las influencias y derivas de cada relato. El manual de instrucciones de un prestidigitador que, después de hacer un truco, lo explica. Pero, en lugar de arruinar la magia, lo que consigue es dibujar un mapa del tesoro para satisfacer la curiosidad del lector.

«Es mi manera de proporcionar pistas o caminos a seguir para pensar en el tema central de cada historia, una versión idealizada de la sesión de ruegos y preguntas después de una presentación o una lectura», apunta.

Quizá el elemento que más sorprende de la narrativa de Chiang es la ausencia de futuros apocalípticos, una tendencia del género que la actual pandemia sólo puede acrecentar. Hay un cierto optimismo en sus visiones futuristas, por más que él se reconozca aterrado ante el creciente poder que ejercen las grandes corporaciones tecnológicas. «El capitalismo es la mayor amenaza a la que nos enfrentamos ahora mismo», afirma con rotundidad, sin sus titubeos habituales. «En las últimas décadas hemos visto cuánto daño puede causar el consumismo descontrolado. Está destruyendo las vidas de las personas y mucha gente piensa en ello como algo inevitable. Pero no lo es. Y si no empezamos a ponerle freno, pronto será demasiado tarde». Tómenlo como advertencia, augurio o predicción.

Sea como sea, Chiang no suele fallar en el diagnóstico.


Tomado del portal del diario español El Mundo