Destierro y resurrección de Chavela Vargas

Foto: Claudio Álvarez

Madrid, que la expulsó tras una desafortunada actuación en 1973, fue la ciudad de su renacimiento artístico y humano veinte años después

Por: Miguel A. Ortega Lucas

El País (Es)

–Chavela, tiene usted que ir a España porque allí sí la quieren. Esta gente no se entera de quién es usted.

–Pues lléveme.

–Es que yo solo hago libros…

–¿Entonces para qué entra aquí?

Me lo dijo con mucho desdén. Yo no sabía cómo salir de aquello. Le dije bueno, quizá pueda buscar a alguien que la lleve a Madrid.

Así empezó: como un desafío entre bravos de cantina. Era otoño de 1992 en Cayoacán, México, y el editor español Manuel Arroyo Stephens arrastró al novelista cubano Eliseo Alberto, en pleno derrumbe sentimental, a beberse y conjurar el llanto con las canciones de una septuagenaria que un día había sido leyenda en América, y que ahora bramaba en un escenario decrépito, tratando de hacerse oír por entre el escándalo de los borrachos.

“Había reaparecido el año anterior”, recuerda Arroyo, en un lugar llamado El Hábito, adonde él había ido a verla cada viernes. Pero ya en septiembre de 1992 “el local estaba vacío. La gente no quería saber nada de ella”. Para cuando hablaron, cantaba “en una cantina horrorosa, La Bodega, en la calle Ámsterdam. Estaba muy deprimida; no tenía para comer. Dormía en un hotel de paso, es decir, de prostitutas. Hablaba obsesivamente de suicidio”.

Chavela Vargas, de cuyo nacimiento se cumplen ahora 100 años, ya había estado en España: exactamente al principio de su caída, veinte años antes de aquello. La voz de las rancheras de José Alfredo Jiménez había paseado su señorío en Madrid, a principios de los años 70. Trató a Rocío Jurado y Lola Flores, cantó con Serrat. Pero en 1973 una actuación en TVE truncó su camino: cantó muy bebida, y tuvo que repetir la canción varias veces. Una tonada que, además, a la censura franquista le pareció “obscena”: Macorina. “Cancelaron la gira que tenía pendiente”, dice Arroyo. “Volvió a México y entró en declive”. En el 78 hubo una devaluación salvaje en México y perdió el dinero y su casa de Cuernavaca: “Se fue a vivir a un piso, al final de una calle que ella llamaba El bulevar de los sueños rotos”.

“Yo había estado en 1980 en México y la gente decía que había muerto”. Lo cual era mentira solo a medias: “Era lo que llaman allí un teporocho”, un desahuciado sin redención. “Pasaba la vida vestida de hombre en las cantinas, y tirada en medio de la calle. Fue Alicia Elena Pérez Duarte, con quien tuvo una relación amorosa, quien la sacó de ahí. Cuando triunfó todos la querían mucho, pero tenías que verla en La Bodega: era la cosa más humillante del mundo, para salir llorando”.

Para Manuel Arroyo, que se había criado oyendo sus canciones, no era sin embargo un símbolo personal. Pero algo más allá de él mismo le impulsó a recoger ese guante que Chavela Vargas, 73 años entonces, arrojó a sus pies aquella noche de 1992 en el camerino, con una mano que a Arroyo le impresionó por encontrarla “helada”. Le impresionó aún más “como ser humano. Realmente había estado en el infierno”, veinte años, “y se notaba”. Arroyo era amigo de causas “difíciles”: había apoderado a “un torero medio cojo” (Rafael de Paula), y se centraba como editor en vindicar a autores para él injustamente ignorados. “Quería ver a Chavela triunfando en España, y que se enterasen los mexicanos. Algunas que ahora aparecen en las películas hablando de ella son garrapatas que la despreciaron hasta que volvió a cantar en el Teatro Bellas Artes” del D.F. Algo que también consiguió Arroyo, con la ayuda de Carlos Monsiváis. Pero eso fue después de Madrid.

Arroyo acudió a la ya desaparecida Sala Caracol. Habló con las dueñas: “encantadoras”, pero que “no sabían quién era” Vargas. Además, solo programaban flamenco. Pero poco después pasó por allí Pedro Almodóvar. Las dueñas le contaron la historia de Arroyo, y aquél dijo: “Que la traiga”. La programaron tres días seguidos, un fin de semana después de Semana Santa, abril de 1993. La trajeron con dos guitarristas, y la alojaron en la Residencia de Estudiantes (“otro acierto”). “La duda”, cuenta Arroyo, “era qué iba a pasar. A falta de una semana no había reservado nadie”. Entonces pidió a Almodóvar que la presentara. Después de la primera noche, llenó otras cinco más. Legendarias.

“Fue una ceremonia absolutamente mística”, recuerda ahora, con emoción idéntica, la cantante Martirio. “Nos revoleó completamente a todos”, aquella mujer que cantaba “con una dignidad, valentía y verdad absolutas”. “Abría los brazos y dejaba que el alma tomara el mando. Llorábamos y reíamos. Yo vi a gente traer rollos de papel higiénico y tirarlos para que lloraran todos a gusto. Salíamos de los conciertos con la cara trasmutada, con los ojos brillantes, porque no era un concierto sino una ceremonia lo que oficiaba. Por eso la nombraron chamana los mismos chamanes de San Luis de Potosí, porque curaba con la voz”.

¿Se esperaba aquel recibimiento? “No lo creo. Pero la vida organiza las cosas muy bien cuando quiere. Imagínate que empezó a tocar en teatros aquí [el Lope de Vega de Sevilla fue el primero]. Luego el Colón de Buenos Aires, el Olympia de París…”. Hubo esas noches en la Caracol “muchas personas conocidas que podían hablar luego de lo que habían visto: Sabina, Almodóvar, E. Benarroch…”. De todos se hizo íntima. También del espectro de García Lorca, con quien aseguraba hablar en la Residencia de Estudiantes, sin bromear en absoluto.

“Aquí”, dice Arroyo, “se encontró con que la gente la escuchaba”. Reverencialmente. El editor tampoco sabía nada de grabar discos, pero consiguió alquilar un estudio “por García Noblejas”. “Tú me alquilas un estudio y yo me echo un disco en una tarde”, dijo ella. Se echó cuatro, en varias tardes. “El otro día me los encontré en una tienda de Berlín”, sonríe Arroyo. “Ahora me parece como de cuento”.

“Estas cosas maravillosas no suceden más que en Madrid”, declaró Chavela por esos días. “Dicen que uno vuelve siempre a los sitios donde amó la vida. Yo he vuelto. He vuelto por el amor que dejé aquí”. Madrid, que la había desterrado y señalado el camino hacia el infierno, fue también el lugar de su redención, veinte años después. Aquí donde, decía, “están las mujeres más hermosas del mundo”.


 

Tomado del portal de diario EL País (Es)

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