Eterna añoranza, señor Wayne

Foto: Fotograma de John Wayne, en 'La diligencia'.

El protagonista de películas como ‘Centauros del desierto’ o ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ es una de las presencias más grandiosas de la historia del cine

Por: Carlos Boyero

Babelia / EL PAÍS (ES)

Se llamaba Marion Robert Morrison, nombre escasamente cinematográfico. Sonaba mucho mejor John Wayne. Este martes hizo cuarenta años que se largó de este mundo. Creo que tenía 72 años, pero parecía invulnerable, era la imagen de la fortaleza, costaba imaginártelo devastado física y mentalmente, en una silla de ruedas o en estado vegetativo. Durante toda su vida estuvo afiliado a la derecha más dura, militó en la Legión Americana y en la Asociación Nacional del Rifle, apoyó las siniestras listas negras durante la caza de brujas que montó aquel delincuente tan patriótico llamado McCarthy, defendió hasta la militancia la intolerable guerra de Vietnam y la glorificó en Boinas verdes, la única y mediocre película que dirigió. Cuentan de él que siempre fue inquebrantable amigo de sus amigos, todas su esposas fueron de ascendencia latinoamericana, le gustaba beber y fumar. Dicen que el cáncer que le mandó al cielo, al infierno o a la nada fue consecuencia de la radiación a la que se expuso durante el rodaje de El conquistador de Mongolia, esa desmesurada osadía en la que se atrevieron a algo tan improbable como que Wayne interpretara a Gengis Kan.

De Wayne, aseguran los puristas de la interpretación, los antiguos apologistas de la expresión corporal, los feligreses del Método, que este hombre solo era capaz de interpretarse a sí mismo, que era nula su capacidad para desdoblarse, que no poseía matices, que siempre hacía de John Wayne. Estoy de acuerdo. Por eso me gusta tanto. También puedo admirar a los grandes camaleones. Pero lo del amor es otra cosa. Y Wayne me resulta una de las presencias más grandiosas de la historia del cine, alguien que me hipnotiza permanentemente y al que quiero, que me hace comprar la entrada por el placer de verle y oírle, que desde la sobriedad gestual me ha regalado muchas e impagables emociones. Y por supuesto, acusan al personaje real de fascista. Probablemente lo fuera. Pero eso es algo que jamás percibo en el arte que despliega su personalidad en una pantalla. Y ese fulano es legal y fuerte, inspira confianza, te sentirías bien con él en el peligro y en la fiesta. Y puede interpretar a gente atormentada o en derrota, pero es imposible que te lo puedas creer como villano. Le ocurre lo mismo que a los extraordinarios James Stewart y Henry Fonda (y no me olvido de esa tontería dormitiva de Leone titulada Hasta que llegó su hora. Son mis actores favoritos. Junto a Cary Grant y Robert Mitchum. Pero estos si podían ser perversos. Pruebas sublimes de ello: La noche del cazador, El cabo del terror, Encadenados. Y constato que todos ellos pertenecen a la misma época, en la que se rodó el mejor cine que ha existido. Perdón, el que más me gusta a mí.

Cuentan que los majestuosos andares de Wayne los copió de John Ford. A cambio, Wayne fue el transmisor ideal del universo y los sentimientos de ese inigualable poeta del cine, de ese señor que se presentaba desdeñosamente una y otra vez como un profesional que se limitaba a hacer su trabajo, que no tenía nada que ver con el lirismo ni con el arte. Ford se refería a Wayne como “ese pedazo de carne”, pero está claro que su relación, más allá del trabajo, debió de ser paterno filial. Y Ford debía de ser un padre duro, mordaz y gruñón. Rodaron juntos 12 películas, memorables casi todas. Y tres obras maestras. Muy tristes dos de ellas y otra un canto luminoso a la alegría de vivir. Pocas tragedias comparables a la de Ethan Edwards en Centauros del desierto y la de Tom Doniphon en El hombre que mató a Liberty Valance. El primero, más solo que la una bajo el sol del desierto en el escalofriante plano final. El segundo, quemando la casa que significaba el triunfo de sus sueños, matando a su enemigo a traición y desde la oscuridad, sabiendo que eso significa renunciar para siempre a la mujer que ama. En la maravillosa El hombre tranquilo, la plenitud acaba triunfando en ese paisaje mágico después de habérsela trabajado mucho el boxeador atormentado y la mujer que no quiere renunciar a su sagrada dote. Y por supuesto que en los tiempos actuales Ford no podría haber contado esa historia. O sería crucificado.

Wayne también trabajó en cinco ocasiones con Howard Hawks, otro creador que está más allá del elogio. Que divertida y emocionante es ¡Hatari!. Como es la ronda por el pueblo, acechados por todos los peligros, de Wayne y Mitchum, ambos lisiados, en El Dorado. Wayne solo recibió un Oscar, que sonaba a honorífico, por su admirable composición de ese cazador de recompensas, viejo, alcoholizado y tuerto, en Valor de ley. Yo se lo hubiera dado todos los años. El gran reaccionario era el tipo más auténtico y épico cuando le filmaba la cámara. Y la cámara no miente. Siempre acaba revelando la verdad. Su amor hacia determinados intérpretes está justificado.


Tomado de suplemento cultural Babelia del diario EL PAÍS (ES)

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