5 claves para entender que Jesús quiere que lo ame a Él pero también a la Iglesia

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Cuesta amar a la Iglesia en nuestro tiempo. Hoy que se ve sacudida, una y otra vez, por escándalos, pecados graves, rencillas e hipocresías, y una larga lista que pone a prueba la fe de todos los creyentes. Parecen resonar con fuerza las palabras del mismo Jesús: «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Lc 18,8).

¿Habrá querido Jesús a la Iglesia? Hay quienes sostienen que Cristo predicó el Reino de los Cielos, y los hombres fundaron la Iglesia, lo piensan, incluso, católicos. Muchos, de hecho, preferirían también una Iglesia solo «espiritual», sin obligaciones que cumplir y nada externo, donde solo contaría el sentimiento interior personal de seguir a Jesús.

Creo que es imposible disociar a Jesús de la Iglesia. Lo podemos decir a partir de una mirada sencilla a la vida de Jesús. Lo podemos decir también, quizás, a partir de esa necesidad de vivir la fe como parte de una comunidad de fieles. La fe, como el mismo ser humano, está incompleta si se vive solo de modo individualista.

¿Puedo seguir a Jesús pero no a la Iglesia?

Por supuesto que puedes… pero tendrías que cuestionarte si estas siguiendo a Jesús, o solo a una parte de Él, la que más te agrada (la que más te conviene). Cuando Jesús reveló a sus discípulos que tenían que comer su cuerpo y su sangre, mucha gente que lo seguía lo abandonó, diciéndole que su lenguaje era muy duro. Quizás algo similar nos pasa hoy con la Iglesia, nos parece increíble que haya pensado en llamar «su Iglesia» a un lugar con tantos pecadores. Hoy es difícil amarla, pero al no hacerlo perdemos innumerables regalos que Dios quiso hacernos llegar precisamente a través de ella y de otros seres humanos como nosotros o nuestros hermanos.

Es cierto que no hay en la vida de Jesús un momento fundacional de la Iglesia. Fue, más bien, un proceso que culminó con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Aun así, durante su caminar terreno podemos ver algunas acciones que solo tienen sentido si Él pensaba en la Iglesia, la Iglesia de Cristo.

Veamos algunos pasajes de la Biblia a partir de los cuales podemos concluir que de verdad Jesús quiso una Iglesia visible y estructurada, y que por tanto amarlo a Él sin amar también a la Iglesia no tiene sentido.

  1. Dios quiso que la salvación de las personas estuviese ligada a un pueblo

En el Antiguo Testamento escogió al Pueblo de Israel, y con la llegada de Jesús, se ve con mucha claridad cómo esa experiencia de comunidad de Dios se hace plena en la Iglesia. Escoger a doce apóstoles claramente manifestaba una relación de continuidad entre las Doce Tribus de Israel y el nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia.

  1. Cristo escogió 12 apóstoles

A quienes distingue del resto de los discípulos. A ellos les da una misión especial y poderes especiales para ser transmisores de la gracia. Ellos, guardando en su corazón las enseñanzas del Maestro, y asistidos por el Espíritu Santo, continuaron con la misma misión que tuvo Cristo. Son quienes hoy tienen el sacramento del orden sacerdotal.

  1. Jesús quiso que Pedro fuera la cabeza

Aparece siempre primero en las listas de los apóstoles, suele aparece como portavoz, y Jesús le dirigió unas palabras muy particulares: «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Las palabras Pedro y piedra en arameo son la misma -kefa- y nos da a entender una clara relación. Que haya una cabeza en una institución es lo más normal, y así configuró Jesús su Iglesia. No lo eligió precisamente por su carácter sólido… Pedro lo negó… pecó… y aun así, Cristo le renovó el encargo. ¿No hay mucho que aprender de este pasaje para quienes se escandalizan de la Iglesia?

  1. Jesús dijo «Hagan esto en memoria mía»

Lo dijo Jesús al instituir la Eucaristía. Fue un mandato a repetir aquello mismo que Él había hecho hasta que volviese. El discurso del Pan de Vida, en Jn 6, deja clarísimo que realmente se refería a su cuerpo y a su sangre. No estaba utilizando una metáfora ni era una simple alusión espiritual.

  1. El Reino de Dios sembrado en la tierra como una semilla

Al final de su vida terrenal, antes de la ascensión, Cristo se reunió con sus apóstoles. En sus últimas instrucciones «hablándoles del Reino de Dios» (Hech 1,3), Jesús mismo había dicho que el Reino ya estaba presente, como una semilla. Es la Iglesia de Cristo, que se va desplegando en la historia. ¿No les habrá explicado en esos días tantas cosas acerca de su Iglesia?

La Iglesia de Cristo sin duda debía tener todas estas características. Hoy muchas iglesias dicen ser la Iglesia verdadera de Cristo, pero analicemos lo siguiente: veamos entre las que conocemos cuales siguen atesorando todo aquello que Jesús pidió. Cuales tienen sucesores de apóstoles, cuales conservan la Eucaristía, como carne y sangre verdaderos de Cristo, cuales tienen una cabeza como le encargó Jesús a Pedro. Donde veamos esas características, encontraremos la Iglesia que Cristo quiso. En ningún lugar dijo Jesús que una característica de su Iglesia fuese que en ella no hubiese pecadores…

El mal y el pecado en la Iglesia existen y oscurecen la gracia de Dios. Él — que es el primero en dolerse por ello— se encargará de juzgar los corazones de las personas, quizás con mayor dureza los de quienes han conocido su verdad. No se puede ser complacientes con el mal. Aun así, si nos escandalizamos de que haya pecadores en la Iglesia, sean obispos, curas, o laicos como nosotros, y decimos «yo no creo que Jesús haya querido una Iglesia así», recordemos las palabras que el mismo Cristo dijo: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,32).

Entonces quizás nos consolaremos por estar no en un lugar utópico lleno de impecables (¿acaso existe en algún lugar?) sino en el lugar donde está Cristo, buscando a la oveja perdida, que muchas veces — admitámoslo — somos nosotros mismos. Nadie puede con justicia tirar la primera piedra. Te invito a compartir este post con todos aquellos amigos y familiares que hoy también sienten el dolor de la Iglesia.

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Redacción Paz Estéreo. Con información del portal CatholicLink.

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