La insólita vida de Gernot Zippe, el inventor de «la bomba nuclear de los pobres»

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Las historias de Gernot Zippe y su creación están llenas de drama, intrigas internacionales y guerras.

Por: Dalia Ventura

BBC Mundo

«Con un cuchillo de cocina puedes pelar una papa o matar a tu vecino».

Eso le dijo el doctor Gernot Zippe a Matthew Chapman de la BBC en la primera entrevista que le dio a los medios, en 2004.

En ese entonces era un jubilado de 86 años que vivía en Alemania y su frase era una analogía en respuesta a si lamentaba lo que había hecho, dada la dimensión de las consecuencias de su creación.

Es que la centrífuga de tipo Zippe puede iluminar toda una ciudad… o destruirla.

«Depende de los gobiernos utilizar la centrifugadora en beneficio de la humanidad», añadió.

El artilugio

La centrífuga de gas creada por Zippe es compacta y, a los ojos de expertos en este tipo de artilugios, hasta elegante.

Pero también fue por mucho tiempo uno de los aparatos más secretos y codiciados del mundo: era el método más efectivo de producir uranio enriquecido, el combustible de las bombas nucleares.

Las historias del dispositivo y su inventor están llenas de drama, intrigas internacionales y guerras.

Y ha ido de la mano con la proliferación de armas nucleares.

De nazi a prisionero

Zippe nació en 1917 en lo que entonces era el Imperio Austrohúngaro. Estudió física y pasó la Segunda Guerra Mundial como instructor de vuelo e investigador en radares y hélices para aviones de la Luftwaffe, la fuerza aérea de la Alemania nazi.

Pero terminó en un centro de detención soviético para científicos alemanes llamado «Instituto A», en Sujumi, Georgia occidental.

La orden de los rusos era que los prisioneros, muchos de los cuales habían trabajado para el programa de energía nuclear alemán, encontraran métodos para separar isótopos de uranio.

La primera persona que había usado centrífugas para lograr ese cometido había sido un físico estadounidense llamado Jesse W. Beams, de la Universidad de Virginia.

Pero su método no fue usado en el Proyecto Manhattan pues era más problemático que otras alternativas.

El siguiente gran salto en esta tecnología se daría en el «Instituto A».

«¡Felicitaciones! Logró quitarse la soga del cuello»

Zippe se unió al grupo que estaba trabajando en separación con centrifugas y se enteró de que inicialmente la meta era producir energía nuclear.

Pero todo cambió en 1945, cuando EE.UU. reveló que poseía una nueva arma devastadora.

Iósif Stalin estaba furioso por la alteración al equilibrio del poder.

Tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki convocó una reunión de los altos mandos e incluyó al jefe del Instituto A, a quien le dijeron claramente que tenían que construir una bomba nuclear.

«En ese momento, mi jefe pensó que si lo hacíamos, nunca volveríamos a casa, pues Moscú nunca liberaría científicos que supieran secretos tan delicados», le contó Zippe a la BBC.

Pero a Zippe se le ocurrió una idea para no correr ese riesgo, que fue aceptada por los soviéticos: los prisioneros alemanes se ocuparían solamente de producir el isótopo U-235 del uranio, que era lo más difícil.

Los científicos soviéticos se encargarían del resto de los componentes necesarios para tener un bomba completa.

Nikita Jrushchov, que más tarde sería dirigente de la URSS, «fue a ver a mi jefe y le dijo: ‘¡Felicitaciones! Logró quitarse la soga del cuello'», recordó Zippe.

«Aquellos que iban a ser ejecutados ahora serán héroes»

El trabajo para desarrollar una centrífuga apropiada se aceleró.

Supervisados por Lavrenti Beria, jefe del servicio secreto, los alemanes de ese equipo eran bien tratados por sus captores: recibían un buen sueldo y les permitían enviar dinero a sus familias.

No obstante, sabían que la amabilidad se tornaría en violencia si no lograban proveer el combustible para las bombas de Stalin.

De hecho, Beria tenía una lista de los castigos para cada uno en caso de que fallaran e iba desde ejecuciones a cadena perpetua en un gulag.

Tras la primera prueba, que para alivio de los científicos fue exitosa, Beria sacó la lista y dijo: «Aquellos que iban a ser ejecutados ahora serán héroes, los que iban al gulag, ahora recibirán la medalla de Stalin».

La invención de la centrífuga moderna

Los experimentos habían empezado con uranio natural. La meta era extraer el isótopo U-235, que es relativamente liviano y necesario para una reacción nuclear explosiva.

Las cantidades de U-235 en el uranio son mínimas pues está compuesto mayoritariamente del isótopo 238, que es más pesado.

Zippe y el físico Max Steenbeck se propusieron aprovechar la diferencia de peso de esos dos isótopos.

«La teoría y los cálculos los hacía Steenbeck y yo le proporcionaba la base para hacer esos cálculos, encargándome de la mecánica y los experimentos», explicó Zippe.

Brillante

Las centrífugas funcionan como las lavadoras de ropa: crean su propia fuerza de gravedad artificial para separar la relativamente pesada agua sucia de la ropa limpia.

Pero para separar los isótopos de uranio, la centrífuga tenía que girar a casi la velocidad del sonido. El problema es que a esa velocidad, el aparato, hecho de metal, se sacude, se deforma y se rompe.

La solución que encontró Zippe fue insertarle una junta flexible cada 20 centímetros al tambor de la centrifuga.

El siguiente obstáculo era la fricción, que eventualmente paraliza la máquina.

Para evitarlo, la centrífuga fue suspendida en el vacío, con un imán encima que la mantiene derecha. En la parte inferior, se sostiene sobre un alfiler, el único contacto físico de todo el aparato.

Este invento no solo fue un éxito sino que, crucialmente, la que se conoce como centrífuga tipo Zippe necesita menos energía para funcionar que una bombilla de bajo voltaje.

Por eso, décadas después sería conocida como «la bomba nuclear de los pobres».

La regla de oro

En 1956, tras 11 años en el centro de detención, le anunciaron a Zippe que podía regresar a Austria, pero sin llevarse ningún apunte.

«Me di cuenta que Occidente estaba muy atrasado respecto a Rusia y pensé que la centrífuga no debería ser un regalo para los rusos, así que decidí introducirla en Occidente», afirmó.

La Comisión de Energía Atómica de EE.UU. se lo llevó a la Universidad de Virginia en 1958 para que hiciera una réplica exacta de la centrífuga que había desarrollado en la URSS.

Cuando terminó, pensó que podría seguir mejorándola, pero algo cambió.

«Cuando se las mostré me dijeron: ‘Muy bien, joven. Ahora esto es secreto y como usted es extranjero, no puede trabajar en una operación secreta: tiene que volverse ciudadano estadounidense», relató Zippe.

Riéndose agregó: «Hay una regla de oro: si un europeo ha pasado menos de 2 años en EE.UU. quiere regresar a casa; si ha pasado más de 5 años en EE.UU., se quiere quedar. Yo llevaba una año y medio allá, y no quería quedarme».

Así que empacó y se volvió a su continente.

Por el bien de la humanidad

La otra razón por la que Zippe rechazó el ofrecimiento era porque pensaba que la tecnología de la centrífuga debía ser compartida para que todos la pudieran usar con fines pacíficos.

En la década de 1960 hubo una gran ola de apoyo a la energía nuclear, que era vista como una fuente limpia de energía para el futuro, que proveería electricidad tan barata que no valdría la pena cobrarla.

Zippe fue contratado por el gobierno alemán para desarrollar una centrífuga que doblara el rendimiento de todos los modelos anteriores y que pudiera ser producida en masa.

Lo logró.

«Mostramos (en el laboratorio) qué era necesario para la la separación de uranio a escala industrial. Ahora era el turno de la industria», señaló Zippe.

Secreto a voces

En 1970 URENCO, un flamante consorcio europeo para plantas nucleares, adoptó el diseño de Zippe.

Y ocurrió lo que, según expertos en proliferación, era inevitable.

Para poder implementar una operación comercial a gran escala, necesitaba miles de centrífugas, así que subcontrató gran parte del trabajo a varias compañías privadas europeas.

Eso quiere decir que se compartieron los secretos de la tecnología con mucha gente.

En esas condiciones, no importa cuántas medidas se tomen, detener a un ladrón dedicado es muy difícil.

Ese ladrón fue el ingeniero Abdul Qadir Khan, el padre de la bomba atómica de Pakistán, quien había sido contratado a principios de la década de 1970 por un subcontratista de URENCO.

No solo robó los secretos de la centrífuga tipo Zippe para su país, sino que pudo valerse de la cadena de proveedores de URENCO para conseguir las partes necesarias para hacerla.

Más tarde, le vendió los conocimientos a Corea del Norte, Libia e Irán, permitiéndoles también desarrollar su industria nuclear.

La filtración se repitió en los años 80, cuando Irak intentó adquirir la bomba. Saddam Hussein abordó en secreto a subcontratistas de URENCO y consiguió que unos científicos alemanes le vendiera las instrucciones para fabricar la centrífuga de Zippe.

«No me puedo arrepentir»

Zippe, quien murió en Viena en 2008 a los 90 años, aseguró en aquella entrevista con la BBC que nunca anticipó esas consecuencias.

Su deseo había sido que todo el mundo se beneficiara de energía barata.

Pero, dado lo que ocurrió después, dijo que su esperanza estaba puesta en que la proliferación de armas nucleares trajera estabilidad: «Los belicistas se aterrorizarán ante la amenaza de la aniquilación mutua, como ocurrió durante la Guerra Fría».

«Esperemos que haya suficientes personas inteligentes como para no usar la bomba contra la gente nunca más», señaló.

Y agregó: «Si es mal utilizada, lo lamento, pero no me puedo arrepentir de haber creado la centrífuga: ¡ahorra tanta energía para la humanidad!».


Tomado del portal de la BBC Mundo