Metallica: James Hetfield, una especie de monstruo

Foto: Ruta Rock

Silencioso, hijo de una familia devota y miembro de la Asociación del rifle, el vocalista de Metallica ha debido enfrentar al dolor, sea desde la separación de sus padres durante su adolescencia, a la batalla contra la adicción al alcohol que lo sacó de los escenarios nuevamente en 2019. En Culto perfilamos a uno de los músicos de rock más importantes de los últimos años.

Por: Felipe Retamal

Culto / La Tercera (Ch)

Cuatro cartas en el brazo derecho. El as de pica, el nueve de diamantes, el seis de corazones y el tres de trébol, arden en una hoguera que se levanta hasta el nacimiento del hombro derecho de James Hetfield. Los guarismos forman el año de nacimiento, pero más que del principio, parecen hablar de los baches en el camino. «Las llamas tienen importancia a este lado de mi cuerpo —comenta en el making de S&M— para recordarte que estás vivo y que sigues vivo», en referencia a las quemaduras que sufrió durante un concierto a comienzos de los noventa, cuando Metallica acababa de consolidarse como un coloso de estadios.

Porque en el rock, el precio a pagar por la grandeza suele ser alto. A menudo es la salud, en otras es la estabilidad emocional, y en las más extremas, la vida. En la carrera de Metallica, solo Cliff Burton —bajista y genio— alcanzó la santidad en la corte celestial del rock and roll, pero Hetfield, es el ángel en desgracia. Aquel que una y otra vez se ha levantado merced a su batalla celestial contra diversos enemigos. El alcohol, el más mediático y enconado de todos. Pero en silencio le ha hecho frente como una especie de monstruo implacable.

Hijo de un camionero conservador que dedicaba los domingos a predicar la palabra de Dios, y de una diseñadora gráfica divorciada, con cierta inclinación por las artes, el futuro vocalista de Metallica fue un niño sensible, taciturno y de humor extraño, al que le dejaban fuera de las clases de ciencias por petición de su familia, devota cristiana. Pero los caminos del señor suelen ser misteriosos. Las prolongadas ausencias del padre y el temor a que se volviera una persona hosca motivaron a la madre a inscribir a James en clases de piano. Las odiaba, pero estas le detonaron la flama incandescente de la música que solo se avivaría cuando el muchacho descubrió a Black Sabbath.

«Era más que solo música —recuerda en la biografía Nacer, crecer, Metallica, morir de Paul Brannigan e Ian Winwood—, ese sonido potente y pesado me conmovía el alma. Sabbath fue la banda que puso la palabra heavy en mi mente. El primer álbum de Sabbath era de mi hermano, y me lo ponía a escondidas en su tocadiscos. No me estaba permitido tocar nada suyo, pero lo hice, y ese primer disco de Sabbath se me metió en la cabeza. Si oías la primera canción, ‘Black Sabbath’, sentados a oscuras con los auriculares puestos, te acojonabas. Luego entra el riff del Diablo, ¡y ya eres suyo!».

Pero mientras el sueño americano se derrumbaba con la crisis del petróleo, el fiasco de Vietnam y los convulsos setentas, el matrimonio Hetfield acababa con una carta del padre anunciando que no regresaría. Con sus hermanos mayores ya emancipados, al joven James le cayó la pesada carga de convertirse en el «hombre de la casa». Un peso que le agobiaba y del que encontraba alivio solo en la música. «Sweet Home Alabama», el exitoso sencillo de Lynyrd Skynyrd, y el álbum Toys in the Attic, de Aerosmith, fueron las primeras piezas de una colección de discos que no paró de crecer, junto a las ganas por dominar la guitarra que uno de sus hermanos dejó olvidada en casa, como resabio de una infancia olvidada.

«Tenía el oído bastante desarrollado por las clases de piano, así que sabía si desafinaba o no, si sonaba bien o no —cuenta Hetfield—. Siempre me gustaron los riffs densos y rotundos. También me atraían los ritmos y la percusión, porque había estado enredando con la batería. Todo el estilo rítmico vino de la percusión, porque golpeaba las cuerdas de la guitarra igual que una batería».

Años después, con el cabello largo y las primeras borracheras escuchando discos de heavy metal llegados de europa, llegaría el encuentro con quien sería su socio. Bastó responder a un aviso en el periódico para reunirse por primera vez con un joven danés flacucho, exaspirante a tenista profesional, pero con una exagerada confianza en sí mismo. Lars Ulrich por entonces tenía más entusiasmo que habilidad para la batería y la sesión resultó un fiasco nada memorable. Pero al tiempo después, la posibilidad de aparecer en un compilado -gracias a la labia de Ulrich- derivó en la creación de Metallica -cuyo primer logo fue diseñado por James-. Ya no había vuelta atrás.

Pero salir de la habitación para ser el frontman de una aguerrida banda de metal, era difícil. A ese tipo de 1,85 metros y larga cabellera rubia, más parecido a un guerrero nórdico que a un músico novato, le resultaba difícil siquiera el compartir espacio con desconocidos. «En ese momento, Hetfield era la persona más tímida con la que me había cruzado en toda mi vida —recuerda Ulrich—. Le costaba horrores decir un simple hola y le era del todo imposible mirar a los ojos. Era supertímido y le incomodaba estar con gente. Recuerdo cuando conoció a mis padres: lo veías casi ocultándose, de tan retraído. Yo nunca había estado junto a alguien que se sintiera tan incómodo en presencia de adultos. Pero me di cuenta automáticamente de que teníamos una conexión». Solo el tiempo, los shows y la rutina de conciertos casi espartana del conjunto, le asentó como el hombre del frente.

Héroe del silencio

«La tentación me destroza la cabeza», canta un James brutalmente honesto. Tras una expedición de cacería de osos -y mucho vodka- a Rusia, el vocalista regresó al estudio en que grababan el álbum St.Anger (2003) con algunos textos que evidenciaban su lucha contra las adicciones. Como las sirenas acosando a Ulises, el alcohol era una llamada que acababa en la perdición. Desde los días en que al grupo le llamaban Alcoholica por su desenfreno con el alcohol, el músico había estado caminando al límite del barranco. Pero a comienzos de los 2000, con la banda en crisis, los viejos discos ya no fueron el refugio. «No, no, no, no puedo decir no», confiesa en «Temptation», un track que no se incluyó en el corte final. «Solo déjame en paz».

Porque Hetfield, pese a la fama, las incontables groupies, los premios y la abultada cuenta bancaria, es un hombre que conserva su tendencia a las pocas palabras. Como si el lenguaje de los riffs lanzado desde sus guitarras ESP le resultara más fácil y más rotundo. El primer bajista del cuarteto, Ron McGovney recuerda que cuando se le expulsó —para ser sustituido por Burton— no recibió ni una palabra del guitarrista, pese a conocerlo desde la secundaria. «Lo que más me molestó fue que James se limitara a quedarse sentado, dejando que las cosas siguieran su curso. Simplemente miró para otro lado».

En el documental Some kind of monster, que registra las sesiones de St.Anger mientras la banda se desintegra —una suerte de Let it be de Metallica—, un James abatido, achispado y desconfiado mira silente a sus compañeros Lars Ulrich y Kirk Hammett mientras estos comentan con entusiasmo el nuevo material que creaban, de la nada, en el rústico estudio montado en unas bodegas (llamado, irónicamente El Presidio). Como si al invocar el espíritu de los días de garage, superarían las tensiones internas. Pero el vocalista no se les suma. Lars lo mira algo molesto y lo increpa por ello. Le responde el silencio.

«Me siento culpable de que no estoy inspirado todo el tiempo —cuenta en el filme— sobre todo cuando todos los demás lo están. Es decir, llegamos al punto en que oímos la canción dos veces en ProTools y sé que Bob [Rock, el productor] vendrá a pedirme alguna idea para la letra. Mierda. Me daba terror el proceso».

Pero las cosas no mejoraron. Tras una pelea con Lars, la siguiente escena es la caída. El derrumbe del líder, sofocado por sus adicciones. «Las tardes de primavera se alargaban rumbo al verano, y el cantante de Metallica anunció su intención de apearse en marcha del proceso en busca del espacio y del tiempo necesarios para sopesar varias cuestiones en su vida, tanto profesionales como personales -detalla la biografía-. Y no dio ninguna garantía sobre cuándo regresaría (si es que lo hacía)».

Finalmente, Hetfield regresó a completar las grabaciones del álbum. Así, Metallica inició el nuevo milenio marcado por el revisionismo a su pasado con giras de tributo a sus días de gloria (como la dedicada al disco Ride the Lightning), un nuevo S&M, un desastroso álbum conceptual junto a Lou Reed (Lulu) y al fin, un disco (Hardwired… To Self-Destruct) que parecía buscar un lugar entre …And justice for all y el Black Album.

Tal vez su sigilo le sea de ayuda al momento de desarrollar una de sus pasiones: la cacería. De hecho, admite que se perdió el cumpleaños de su hijo por estar de caza en Rusia – lo que no impidió un traguito de vodka en honor del muchacho, que por entonces con suerte tomaba bebidas cola-. Alguna vez fue parte de un programa de televisión dedicado a la actividad, y durante los años de receso del grupo después de la descomunal gira del Black Album participó en varias expediciones de cacería, pasión que compartió, entre otros, con Dave Ellefson, de Megadeth

Pero su membresía de la controvertida Asociación del Rifle de Estados Unidos, que por años ha bregado en contra de la regulación a la posesión de armas -en especial tras la masacre de Columbine-, le ha acarreado consecuencias. Los fans ingleses pidieron la eliminación de Metallica del line up de Glastonbury 2014 por la afición de Hetfield y su participación en el programa de cacería de osos. Además, la presión activista le llevó a abandonar San Francisco. «Si no tienes sus visiones políticas, o sus visiones ambientales, te miran en menos», comentó. En cambio, tuvo mejores palabras para la gente de Colorado. «La gente no anda jugando a eso. Dicen cómo ‘Oh ¿Te gusta hacer eso? Cool, ¿cómo te va?’. Están menos obsesionados con detenerte de hacer cosas y más preocupados de hacer cosas que disfrutan».

Pero tan silencioso como James, el alcoholismo regresó. En septiembre de 2019, Metallica anunció la suspensión de sus fechas debido a que Hetfield ingresó nuevamente a rehabilitación. Pero un escueto comunicado anunció que fines de enero de 2020, el músico reaparecería, aunque en un contexto muy diferente. Se trata de una exhibición de autos en el Museo Petersen Automotive de Los Angeles, en que además de los vehículos, se presentarán guitarras, fotografías, recuerdos y se subastarán dos instrumentos ESP edición limitada, usados por él. Una instancia en que se cultiva el culto por el coleccionismo, que haría delirar a Simon Reynolds, el crítico inglés que en su libro Retromanía planteó la presencia permanente del pasado en el nuevo siglo, materializada en la ingente cantidad de reediciones, giras de reunión y revisiones de la cultura pop. Tal vez, eso es lo que le ocurre al músico.

“Supongo que así me enseñaron a amar las cosas —reflexiona en un momento en Some kind of monster— era asfixiándolas hasta matarlas”.


Tomado del portal Culto del diairo chileno La Tercera