Keith Jarrett: su retirada supone el silencio del pianista que resume el siglo XX

Foto: Keith Jarrett, un gigante del piano que ha anunciado su retirada – ABC

El pianista confesó ayer que dos derrames cerebrales le han reducido la movilidad y no podrá cumplir con sus conciertos programados

Por: Luis Martin

ABC

Pérdidas y retiradas anticipadas son hace tiempo moneda de cambio habitual en el jazz, una música con más de cien años de historia. Entre las primeras, la del contrabajista Gary Peacock, componente estable del Standards Trio de Keith Jarrett, es todavía una de las más recientes. Entre las segundas, el protagonista es ahora el propio Keith Jarrett, que, en entrevista que en estos días ha concedido al New York Times, ha reconocido tener serios problemas con su salud que le invitan a retirarse definitivamente del piano.

Keith Jarrett ha venido siendo, para muchas generaciones, algo así como el hermano mayor superdotado del pianismo en el jazz, el intérprete aventajado que marcaba un camino y resolvía de forma muy

 satisfactoria todos sus proyectos; no solo en el mundo de la música libre, sino también en el de la clásica, actividad por cuya recreación pianística de las «Variaciones Goldberg», de Bach, obtuvo toda clase de parabienes críticos.

Las edades del músico

Con su discreto pelo afro, su breve bigote y sus gafas oscuras y grandes -la imagen, probablemente, más difundida-, Keith Jarrett pareció durante un tiempo estar detenido en la treintena, en una madurez juvenil, con cierto aire entre posthippie y gran hermano del soul, aunque ninguna de estas estéticas definiesen su conducta artística. Hace tiempo, caímos en la cuenta de que ya se nos había hecho mayor. Y, justo, en ese momento, mediada la década de los 90, el síndrome de fatiga crónica nos lo arrebató durante un par de años en los que el músico no pudo hacer otra cosa que estar inactivo en su residencia de New Jersey.

La comparecencia más reciente de Keith Jarrett como pianista se produjo en febrero de 2017, en el Carnegie Hall neoyorquino. Una nueva visita a este auditorio se había programado para el mes de marzo, pero jamás llegó a materializarse. La cancelación fue explicada por los responsables de la fonográfica ECM con argumentos que hacían alusión a problemas de salud de etiología desconocida. En estos días, ha sido el propio pianista el que, finalmente, ha desvelado al periódico The New York Times haber sufrido dos derrames cerebrales en febrero y mayo de 2018, contingencia que le retiró de los escenarios y de la actividad pianística.

Cerrar aquí el relato informativo, no impide pensar, en cambio, que es paradójico que, en las mismas fechas en las que le sobrevenía al músico el primer derrame, ECM, la discográfica por la que fichó en 1972, publicaba el álbum «After the fall», testimonio de su recuperación definitiva de aquel síndrome de fatiga crónica. En un momento de desanclaje de la belleza y de una cultura de lo ínfimo, el álbum reproducía un concierto en directo realizado por el Standards Trio en Newwark, New Jersey, en 1998. En su temario, Keith Jarrett insistía en la experiencia conceptual, en la sensualidad de lo imprevisto.

Crecerse ante la adversidad

Las dificultades parecen haber cincelado la vida de este músico, dejándole -además de su rol incontestable como creador musical- el cometido de superar siempre toda clase de obstáculos y obtener ventaja en la victoria. Rara vez estuvo tan inspirado como cuando ofreció aquel concierto en Colonia, en enero de 1975.Aquella noche una concatenación de circunstancias adversas consiguió que todo funcionase del revés. Sin apenas haber descansado, con dolor de espalda y desolado por tener que enfrentarse ante un piano al que le faltaban los pedales y que mostraba problemas con las teclas de las zonas laterales, el músico fraguó un concierto que hoy está en los anales de la historia. Todo lo que sucedió entonces atesora un vigor conmovedor, hay un paisaje después de la batalla, triunfa la música. Y el disco resultante sigue siendo el más vendido de un intérprete de jazz en solitario.

Jamás tiene una idea concreta de lo que va a tocar en los conciertos que ofrece en solitario. Y añade: «Si la tengo, inmediatamente la rechazo»

En 2006, después de una comparecencia en el Carneggie Hall, Keith Jarrett declararía, igualmente, haber tenido la misma sensación que tuvo treinta años atrás en Colonia: «Mis gafas resbalaban de mi nariz, mis pantalones estaban retorcidos y, por si fuera poco, sudaba copiosamente. Sin embargo, solo pensaba que tenía que seguir, nada me podía detener». La clave está en el tesón, en el deseo de crecerse ante la adversidad, en la superación de toda clase de obstáculos.

Pérdidas personales

Podemos comprender, no obstante, que todo lo relatado se convierte en una minucia cuando se compara con lo que ahora sabemos que acontece al artista. Y yo les invitaría, además, a que añadiesen a la actual situación clínica del músico, esas pérdidas personales de las que hablábamos en el inicio de estas notas urgentes. Las del círculo próximo a Keith Jarrett son particularmente dolorosas. Además de la muerte de Gary Peacock, en septiembre pasado, hay que recordar que, en febrero del presente año, se produjo la de Jon Christensen, el baterista que formó en su cuarteto europeo de la década de los 70. En los mismos años, Jarrett mantuvo en paralelo otro grupo de idéntica formulación instrumental en Estados Unidos. De él ya desaparecieron también el baterista Paul Motian, el saxofonista Dewey Redman, y su querido contrabajista Charlie Haden.

El panorama descrito es tortuoso, difícil. Incluso para alguien tan rígido y disciplinado como para decir -como lo ha hecho con frecuencia- que jamás tiene una idea concreta de lo que va a tocar en los conciertos que ofrece en solitario. Y añade: «Si la tengo, inmediatamente la rechazo». Coincide en estas exigencias con el ideario de Charles Mingus, que, cuando sus músicos frecuentaban zonas de confort melódico, solía gritarles: «¡Cuando hayáis empezado a sentiros bien con un fraseo, abandonad inmediatamente y probad con otro nuevo!».

Breves conclusiones para un largo adiós

Instalado en la cima del jazz, con el abandono escénico de Keith Jarrrett se nos va un campeón en cualquier categoría. Formado en las entrañas del jazz y de la gran música clásica, Jarrett ha unido todas las estéticas imaginables en sus conciertos para piano solo. Corría el año 1965 cuando se instaló en Nueva York y empezó a trabajar para Roland Kirk y Tony Scott. Pianista superdotado, también saxofonista y percusionista que podía salir al paso, toda la fuerza de Keith Jarrett se unió poco después a los Jazz Messengers de Art Blakey, y posteriormente fue reconocido por el saxofonista Charles Lloyd en su grupo, donde coincidió con el baterista Jack DeJohnette.

Es posible que los aficionados conserven entre sus reliquias de vinilo algunos de los discos de aquel grupo de Lloyd, pero, a lo largo de su carrera en aquella segunda mitad de los años 60, Jarrett no dejó de materializar proyectos entusiasmantes, como aquel que protaonizó al frente de un trío que reunía a Paul Motian en la batería, y a Charlie Haden en el contrabajo. Este trabajo alfombró de facilidades el camino para que, en el inicio de la década siguiente, Miles Davis le convocase para integrar la poderosa banda de jazz galáctico con la que aquel trompetista consiguió que la música de jazz ya nunca volviese a sonar igual.

Desde entonces, a Keith Jarrett se le ha visto dirigiendo orquestas, interpretando música de órgano, conformando cuartetos, realizando grabaciones canónicas de obras de Mozart, Haendel, Bach o Shostakovich, y ofreciendo conciertos en directo. Y, justamente, cuando ya había alcanzado una fama mundial como genio raro del jazz, el músico probó fortuna y acertó de pleno con una apuesta que, por obvia, también era la más inesperada: el gran libro de estándares estadounidense.

Excéntrico, caprichoso, muy inteligente, Keith Jarrett bien puede presumir de que gran parte de su obra sea hoy un puente entre la música culta y el jazz

No se trataba solo de jugar de forma libérrima con las posibilidades de la melodía, como era habitual en la historia de esta música. Jarrett llevó esos estándares a su mundo, a esas sonoridades, timbres y tensiones tan característicos en su mística de creador personal. Y, para la aventura, su piano se reunió en 1983 con otros dos portentos de la discográfica ECM: el baterista Jack DeJonette y el contrabajista Gary Peacock. Tres personalidades fuera completamente de serie, que, durante casi cuarenta años, han venido ofreciendo una perspectiva completamente inédita del temario histórico del jazz.

Excéntrico, caprichoso, muy inteligente, Keith Jarrett bien puede presumir de que gran parte de su obra sea hoy un puente entre la música culta y el jazz. En 2018, se alzó con el codiciado León de Oro a toda una vida y una carrera en la música, concedido por la Muestra Internacional de Música Contemporánea de la Bienal de Venecia. El galardón es de los que enorgullecen a cualquier aficionado al jazz, tanto como pudieron hacerlo los Pulitzer de Henry Threadgill, Wynton Marsalis o Gunther Schuller. Largo será siempre el brazo de Keith Jarrett. De hecho, si uno de los grandes legados del siglo XX ha sido la unión de músicas negras y blancas en tierras de América, él ya ha dejado su huella para siempre en una obra que revela una coherencia sin tacha.


Tomado del portal español ABC